Fuimos - Octubre 2010.
Esa misma noche
Sabela
Quise irme al verla sentada al lado de él. No sé qué me detuvo.
Mis piernas no se movieron. Como si el muro me sostuviera porque yo ya no podía.
El aire salobre quemó mis ojos por dejar de pestañear, no quería perder ni un microgesto de él. Pude ahorrarme el ardor, no sucedió nada.
Quieto con la mirada perdida al frente. Solo se movió para sacarse de encima la mano de ella cuando cayó sobre su hombro.
—Deja de llorar por él —soltó una risa cínica—. Preocúpate mejor por lo que te creció mientras no estabas.
Todo mi cuerpo tembló.
Golpear. Arrancarle esa sonrisa. Gritarle que se callara. Llorar hasta quedarme sin aire. Lo deseé todo. No hice nada.
Mis manos se cerraron en puños. Las uñas se clavaron en las palmas.
No dijo que era mentira. No dijo que no pasó nada. Solo se quedó ahí, inmóvil.
Ella seguía hablando pero se mezcló con el sonido irritante de la música, dejó de importar.
Él en cambio dolía.
Lo miré fijo por varios minutos. Apretaba la mandíbula tan fuerte que podía ver la tensión. No paraba de pasarse las manos por el rostro. Su pierna derecha se movía aceleradamente.
Sonó sus dedos. Una vez. Dos. Pero siguió sin hablar.
Le giré la cara bruscamente hacia mí.
"Dime que no es verdad."
No lo dije en voz alta. Pero él podía verlo en mis ojos.
Bajó la mirada. No habló.
Me levanté. Mis piernas temblaban. El muro quedó atrás. Él quedó atrás.
No miré atrás.
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Zion
¿Por qué no podía moverme?
No sabía qué estaba diciendo mi ex. No quería escucharla, pero me quedé ahí sentado. Presioné la frente contra mis manos, fuerte, como si pudiera engañar al dolor de cabeza. No funcionó.
Sabela se había ido. No pude mirarla.
Podría haberle dicho que no pasó nada. Que solo hablamos. No lo hice.
Había dejado que mi ex dijera lo que quisiera. Y que Sabela creyera lo que quisiera creer.
Si lo desmentía, tendría que explicar. Y si explicaba, tendría que admitir que estaba asustado.
Era más fácil no decir nada.
El ruido de la plaza subió de golpe hasta taparlo todo. Esa voz se perdió entre la música. Dejó de importar.
Me levanté. Mi ex me agarró del brazo. Dijo algo que no escuché.
La miré fijo. No dije nada. Me soltó.
Me fui.
En casa no había nadie, como siempre. Las luces estaban apagadas. Entré sin encenderlas. Pensé que el silencio iba a ser un alivio. Pero un pitido se me quedó clavado en el oído. No me dejaba dormir.
Me senté en la cama, con las rodillas contra el pecho y la cabeza apoyada en la pared. Empecé a chasquear los dedos. Una vez. Dos. No podía parar. El sonido llenó el cuarto.
Ese sonido dejó de ser mío.
Y mis dedos no me iban a dejar olvidarlo.
Editado: 06.02.2026