Permanente

14. Dejar

Fuimos - Octubre 2010.

Una semana después

Sabela

Las manecillas del reloj en la pared despintada parecían inmóviles. Dijeron que teníamos que esperar sentados a que nos llamara el director. El plástico de la silla se pegaba en mis muslos y empezaba a arder. Tenía que haber usado la falda más larga, pero esa semana había sacado el uniforme sin mirar a la taquilla.

Una semana exacta desde que lo dejé en aquel muro. Esa noche tardé cinco minutos más en llegar a casa. No supe si iba por el camino correcto, pero la bici me llevó directo. Entré sin encender las luces, mis padres dormían. Me acosté vestida, boca arriba con los ojos en el techo. El ventilador giraba lento. No lloré. Tampoco dormí.

Cuando regresé al internado el lunes Laura me preguntó cómo había pasado el fin de semana. No pude responder. No lo recordaba.

Diez minutos más y seguíamos en las mismas sillas rígidas. Laura con la espalda apoyada contra la silla, brazos cruzados y mirada clavada en el chico sentado al frente. Nuestras otras dos cómplices entretenidas mirándose las uñas y ajustándose la coleta. Mis ojos seguían rogando que las manecillas avanzaran.

Todo tan estático como el momento antes de que el caos comenzó. Aquel chico había entrado de golpe en el aula. Gritos que nos acusaban de copiarle un proyecto. Laura no lo pensó dos veces para abofetearle y él respondió lanzándola de un empujón al suelo. El resto fue nosotras a la defensa, gritos que alertaron a los demás y caminata obligada hasta esta oficina.

Mi pierna se movió inquieta. Laura intentó tranquilizarla con su mano. Me miró apenas un segundo. Mi cara roja era una explosión contenida desde hace más tiempo.

—Es mi culpa no te preocupes —susurró.

—Ni lo sueñes, todas estamos en esto.

Solo asintió. Cuando volvió a mirar al frente el chico sonrió.

La sonrisa heredada del director.

Ella intentó levantarse de la silla. La presión de su mano en mi pierna me alertó a sujetarla.

—Ya pueden entrar —dijo la voz desde la oficina.

Caminamos en silencio hasta la mesa. Todas de pie, alineadas. Excepto el chico que se sentó en una silla que casi llevaba su nombre.

El director habló de decepción y medidas disciplinarias. En algún punto dejé de escuchar. No era tan importante, esa semana nada lo era.

Salimos de aquella oficina con una suspensión de ir a casa por un mes, limpieza de baños por una semana y una obligación de disculpa pública.

Nuestras amigas siguieron a merendar, lo típico a esa hora. Laura me pasó la mano por los hombros y fuimos directo a la habitación. Cada paso se sentía más corto. El pasillo lleno de estudiantes que no prestaban atención, parecía vacío.

Cuando me senté en la cama comenzó el desagüe. Una maratón de lágrimas que no podía detener.

Laura se sentó a mi lado.

—Nena no es para tanto —intentó consolarme.

Intenté respirar profundo y soltar lento, como si una técnica de yoga fuera la solución en ese momento. No tenía control.

—Olvídate, esos baños les tiramos agua y ya —repetía.

La miré entre sollozos.

—Ok —fue lo único que me salió.

Me abrazó fuerte.

Me odié por no saber exactamente por qué estaba llorando.

Luego de la cena, como cada tarde, hice la fila en el teléfono público para llamar a casa. Ese día parecía estar en mi contra. Cada persona tardaba un minuto más de lo previsto.

Marqué el número. Respiré profundo. Me preparé para hablar despacio y soltar algún chiste malo.

—Hola mami.

—Mi vida, ¿cómo te fue el día?

Apoyé la frente contra el teléfono.

—Eh… bien —tragué saliva— los baños van a estar más limpios esta semana.

—¿Y eso?

—Nada. Nos toca hacerlos.

Sentí un silencio del otro lado.

—¿Estás segura que estás bien? —preguntó.

Me quedé callada, no sabía mentirle.

—Sí, todo bien.

Traté de cambiar el tema. Pregunté por toda la familia, como si no hubiera llamado todos los días anteriores. Incluso le pedí que me contara sobre los planes de su nueva exposición, aunque no me interesaba en absoluto. Nos despedimos con el “te amo” habitual.

En la noche, el tiempo de estudio en el aula fue un alivio. Todos charlaban, flirteaban, escapaban en los pasillos. Mis ojos recorrían cada letra de los problemas de geometría. Hasta que sentí el toque suave de su mano en mi hombro.

Mi madre. Sin avisar. Justo a tiempo.

—¡Mamá! —exclamé con los ojos demasiado abiertos.

Se sentó a mi lado. Me acomodó el pelo hacia atrás.

—¿Qué pasó? —preguntó.

Mis ojos se humedecieron.

—Tuvimos una pelea.

—¿Estás bien?

Su mirada recorrió mi cuerpo completo en segundos.

—Sí, fue más gritos que otra cosa.

Apretó los labios. Frunció el ceño.

—¿Hay algo más? —insitió.

—Quiero irme.

No sé de dónde salió la fuerza para soltar aquellas palabras. Pero no se escaparon. Las dije.

—¿Estás segura?

Mis hombros se aflojaron.

Podía dejar el internado. Sin decepcionarla. Esa escuela había sido suya antes. Siempre la quiso para mi. El año anterior me quise convencer de que era lo mejor, mi cuerpo ya no creía lo mismo.

—Sí, estoy segura.

Sin decir nada más me ayudó a recoger los libros de la mesa.

Caminamos hasta la habitación. Guardamos lo que cupo en mi maleta.

Laura y las chicas llegaron agitadas.

—¿En serio te vas? —soltó Laura.

—Si.

Se paró frente a la taquilla para impedirme sacar nada más.

—No puedes irte joder —dijo y una lágrima le corrió por la mejilla— si es por la pelea yo me hago responsable.

Me paré frente a ella, en calma, como si todo el peso que cargaba se estuviera desvaneciendo.

—Lau, ya sabes que no es solo la pelea. No estoy bien aquí.

—Pero pensé que ya te sentías mejor —agregó y dejó de bloquear la taquilla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.