Zion
¿En qué momento esto se volvió normal?
La vi acomodar el mantel y poner dos platos en la mesa. Ese mantel con marcas de doblado, de no usarse más que una vez al mes.
—Vamos a comer para que no se enfríe cariño —dijo mi madre mientras traía la bandeja de ensalada.
Permanecí en el sillón de la sala un minuto más. Miré el reloj. A las diez de la noche ya no tenía hambre, tenía incomodidad.
Me senté a la mesa frente a ella. La silla de la esquina permanecía vacía, un poco separada, como si esperara por mi padre. Yo le podía asegurar que iba a cansarse de esperar.
Lo había visto subir a su auto con otra mujer. Fue hace dos semanas. Los padres de Sabela me habían dejado en casa. Él me vio. Ese día no regresó hasta la madrugada, pero yo esperé despierto. No tuve que obligarlo a hablar, no lo negó y fue peor.
“Es normal después de tantos años”.
“Es pasajero”.
No pude escuchar más ese día.
—¿Has pensado en buscar trabajo acá mamá?
Levantó la vista de su plato como si la hubiera sacado de un pensamiento importante.
—No, no puedo dejar mi trabajo mi vida.
Eso fue suficiente. No dije nada más.
Comí un bocado de aquella pasta mal cocinada, un poco pegajosa por el exceso de queso derretido. Parecía que se enredaba en mi garganta. Bebí agua pero no mejoraba.
Ella siguió centrada en comer.
El golpe de la puerta al cerrarse nos obligó a mirar hacia la entrada del comedor. Llegó mi padre con su maletín de trabajo y las llaves del auto bailando en su dedo.
Mi madre se levantó. Se saludaron. Siguió hasta la cocina.
Él me tocó apenas el hombro antes de sentarse en la silla de la esquina. Al menos esa ya dejó de esperar.
Yo regresé a comer, a intentarlo.
Ella colocó un plato delante de él. Le sonrió. Volvió a sentarse, esta vez más atenta a nosotros.
Por unos minutos solo escuché el sonido de la succión de la pasta. Constante, punzante. Me subía el calor lento pero imparable hasta la cabeza.
—¿Cómo estuvo el internado esta semana? —preguntó mi padre.
Levanté la vista hacia él. Sonreía.
Eché la silla hacia atrás y recogí mi plato. Lo llevé hasta el fregadero. Seguí directo a la puerta.
Mi madre se había levantado detrás.
—¿A dónde vas? —me dijo.
Me detuve antes de salir. Pero no giré.
—Como si te importara —dije y el apretón en el pecho me hizo mirarla.
Mi padre se puso de pie enseguida y levantó la voz.
—Hey, a tu madre no le hablas así.
Lo miré. Fijo. Sin pestañear.
El calor ya estaba demasiado concentrado en mi cara.
Cerré la puerta y me fui.
Ni siquiera el aire de la bici calmaba aquel vapor dentro de mi. No supe bien a dónde ir. Pasé por el frente de casa de Iván, pero no me detuve. La disco ya comenzaba a llenarse, pero no quería ruido.
Seguí hasta el muro.
Dejé la bici a un costado. Me senté frente al mar a observar el mismo vacío que ya conocía. La piedra fría era un alivio. El sonido del agua llenaba despacio mi silencio.
Soné mis dedos, una, dos, tres veces.
Subí las piernas y apoyé mi cabeza en las rodillas. Pero la presión en el pecho no se iba.
Saqué el móvil y escribí.
“No quiero convertirme en él”
Lo borré.
“Es normal no importarle…”
No terminé. Lo borré otra vez.
“No puedo llorar”
Guardé el móvil. No podía enviar ningún mensaje.
Solo había una persona que habría sabido qué decir.
Y no estaba.
Editado: 28.02.2026