Fuimos - Noviembre 2010.
Un mes después
Sabela
Las risas elevadas desde patio me hicieron mirar por la ventana. La voz de la profesora de Español al frente del aula se sentía cada vez más lejos. Hubiera sido mejor sentarme en otra mesa, pero esa ventana había sido mi única interacción con el nuevo Instituto, más allá de mi clase y de Lia.
Había estado una semana sin clases cuando dejé el internado. Lo que tardó mi madre en arreglar todo para transferirme al Instituto detrás de casa. Tenía que ponerme al día con todas las materias, pero aún así mi mente se perdía hasta con las hojas de las palmeras balanceándose.
Sonó la alarma del recreo. Las sillas parecían estar en compás. La profesora no había terminado de hablar y ya algunos estaban en la puerta. En el internado eso no pasaba, estaba mal. Y aún así me parecía de una rebeldía refrescante.
Las primeras semanas no salí nunca al recreo. Cuando llegué las miradas y comentarios en voz baja me habían agobiado. No supe si era por ser la nueva o por él. Pero preferí no preocuparme y centrarme en lo importante: mantener mi media.
La conversación con mis padres había dejado claro que apoyaban mi decisión, pero sabía que mi madre estaba preocupada. En el pueblo tendría menos oportunidades para escoger carrera al año siguiente.
No me había costado adaptarme a la nueva rutina. Levantarme una hora más tarde, desayunar con mis padres, pasar tiempo con mis amigos, comer comida caliente cada día. Mi almuerzo y cena el último año había sido sandwich o galletas con mayonesa. Obvio mi madre no lo sabía.
Cuando el aula quedó vacía decidí salir. En la puerta me detuvo Mario que justo entraba.
—¿Vas a salir? —preguntó con los ojos muy abiertos. Desde que llegué noto más el azul de sus ojos.
De vez en cuando venía a mi mesa en el recreo. Yo le explicaba geometría y él las fórmulas químicas.
—Si, voy a ver a Lia.
Sin preguntar nada más se apartó de la puerta.
Bajé hasta el primer piso. Al final de la escalera había un grupo de chicos de mi clase pasando dinero a escondidas. El patio estaba lleno, todos en sus grupos, como si cada uno tuviera asignado un espacio bajo la poca sombra detrás del edificio.
Unos pasos más adelante encontré a Lia con dos chicas de su clase. Las saludé y me limité a escuchar. Chismes, críticas a las uñas exageradas de alguien, ranking de los chicos más guapos. Hasta que una de ellas se dirigió a mí.
—Me sorprende que estés sola, la verdad.
Mi ceño se frunció.
—¿Sorpresa por qué? —le pregunto.
—Deberías aprovechar la novedad que se pasa rápido —dijo mientras se arreglaba la camisa del uniforme— eso sí, evita a Elian y Raiden, esos dos están apostando.
Miré a Lia, ella solo encogió los hombros. Con razón, esos dos habían estado tan tontos en clase desde que llegué.
—Si fuera yo escogería a Elian sin dudas —dijo la otra entre risas.
—Que vas a escoger tú que llevas doscientos años con el mismo —le soltó Lia y cambió el tema al notar mi incomodidad.
Cuando sonó el timbre para regresar a clase me acerqué un poco más a Lia.
—Tú apuesta por Raiden —le dije y le pasé un pequeño rollo de dinero, mi paga de la semana.
—¿Bel qué haces?
—¿No quieren jugar? Yo solo juego si gano.
La dejé negando con la cabeza pero sabía que iba a apostar todo lo que tenía.
Regresé al aula. Raiden estaba a punto de sentarse en su mesa. Sabía que alardeaba de ser bueno en geometría.
—Tengo unas dudas de trigonometría, ¿podrías explicarme? —le dije aun en el pasillo entre las mesas.
—¿Tú tienes dudas? —dudó por un segundo.
Alcé un poco las cejas con una sonrisa ladeada.
—¿Qué pasa, no quieres ayudarme?
—Por supuesto princesa —sonrió como si le hubiera facilitado la vida.
Odié cada segundo que tuve que escuchar la palabra “princesa” en la siguiente hora.
La clase avanzaba. Cada vez me salía menos fingir que no entendía. Me preguntaba cómo se había atrevido a apostar cuando no hacía nada para ganarme.
—Es viernes y voy a estar aburrida en casa —le dije.
Si no aprovechaba esa oportunidad iba a retirar mi apuesta.
—¿Quieres salir conmigo? —preguntó.
Golpeaba sin parar el lápiz contra la libreta. Las mejillas se le tornaron de rosa y le resaltaban las pecas alrededor de su nariz.
—Dale, nos vemos en la plaza a las nueve —le dije.
Una cosa era salir con él y otra que fuera a buscarme a casa.
Esa noche llegué un poco antes a la plaza. Habían comenzado las fiestas tradicionales del pueblo. Hasta fin de año todos los fines de semana estarían decorados de luces navideñas, adornos rojos y música de tambores que obligaba a moverse.
Caminé entre la multitud. Era sencillo colarme entre los grupos midiendo metro sesenta y en tenis. Hasta que choqué directo al pecho de alguien.
Era Mario. Me saludó con un beso en la mejilla. Le costaba. Siempre tenía que inclinarse.
Regresé a la esquina Lia y Neo habían llegado.
—Cuñi tú no paras —me dijo Neo.
—No hay que parar en la vida —le dije por ser amable.
Lia me miró con los ojos muy abiertos. Entendí que era mejor callarme aunque no me gustara.
—¿Viste a la ex? Anda con otro chico —dijo Lia, señalando con la cabeza.
Me pregunté qué hubiera pasado si ella no se hubiera entrometido. Pero ya no tenía sentido.
—¿Has intentado llamarlo? Ya sabes que no pasó nada.
—Eso nunca lo sabré —respondí— ni muerta lo llamo.
Neo no entendía de qué hablábamos y ella no preguntó nada más.
A las nueve llegó Raiden.
Mentiría si dijera que no le quedaba bien la camiseta negra holgada con los jeans ajustados.
No saludamos apenas rozando las mejillas.
—Estás hermosa princesa —dijo y se me revolvió el estómago.
Editado: 28.02.2026