Permanente

18. Mirar

Fuimos - Diciembre 2010

Un mes y medio después

Sabela

Las luces rebotaban de pared a pared, demasiado intensas, como si estuvieran celebrando también el fin de año. Bailaban al ritmo de la música y yo me movía con ellas de camino a la barra. Los globos dorados y los carteles de “Happy new year”, me distraían a cada paso. Hasta que conseguí sentarme en una de las banquetas.

Nunca imaginé que ese día la disco iba a estar tan llena. Se suponía que era un día familiar, pero era evidente que con dieciséis no hacía falta ser tradicional.

Había cenado en casa. Mis padres prepararon un pescado relleno que tampoco era lo típico, pero estaba delicioso. Cuando salí a las diez ya se habían acostado. No podía entender en qué punto de la vida llegas a dormirte sin esperar el nuevo año. Esperaba nunca enterarme.

Pedí una piña colada. Era lo único sin alcohol que no fuera refresco. Nunca me había emborrachado ni planeaba hacerlo, pero tampoco quería parecer tonta delante de mis nuevos amigos.

Lia cada vez salía menos. La veía apenas en el Instituto o cuando iba a casa. Siempre estaba con Neo. Mentiría si dijera que no la envidié por estar con el chico que quería, pero la alegría que sentía al ver el brillo en sus ojos borraba cualquier rastro de aquello.

Esa vez no estaba en la esquina de la disco. Estaba en el centro de la pista. Y aunque extrañaba a Lia, comenzaba a sentirse bien estar ahí.

Éramos cinco ocupando demasiado espacio. Beatriz, tan esbelta, con ese vestido ceñido que podía permitirse y tacones que me hacían ver incluso más chica. Mario, Elian y Keny, el trío más solicitado.

Mario era el que más me sorprendía. Pasó de ser el chico siempre disponible y aparentemente tranquilo en la secundaria, a ganarse la etiqueta de organizador de fiestas memorables. Fiestas exclusivas, por invitación. Prácticas cuestionables. Y aun así, el mismo chico que pasaba parte de sus recreos sentado en mi mesa.

En otro momento ese no habría sido mi grupo. Pero después de un mes saliendo con ellos cada fin de semana no solo me había acostumbrado, agradecía que me adoptaran al llegar.

Supongo que haberles ganado la apuesta les hizo reflexionar y escogieron tenerme de su lado. Intentaron convencerme de hacer una fiesta con el dinero que les saqué pero no lo consiguieron.

Después de aquel beso impulsivo intenté algo con Raiden. Duró dos semanas. Era amable, pero no era para mí. Desde entonces había estado sola. No necesitaba a nadie. Fluía. Sin preguntar. Sin explicar.

—Hagamos un brindis —exclama Mario por encima de la música.

Miré mi trago sin alcohol. Solo lo sabía yo y el de la barra.

Todos levantamos las copas.

—Por las fiestas que nos esperan en el 2011 —gritó Mario.

—Y por estar “solteros” —agregó Keny haciendo comillas en el aire.

A Beatriz no le gustó mucho esa última parte, pero Keny nunca notaba su mirada. No iba a hacerlo esa noche con tres tragos de más y la euforia del nuevo año.

—Y por los amigos que se reencuentran —dije moviendo mi copa hacia adelante.

Mario me lanzó el brazo por los hombros y me apretó contra él, como agradeciendo.

Chocamos las copas y bebimos.

El vapor del lugar comenzaba a pegarse en la piel, pero no quería irme.

Algo vibró en mi bolsillo. Aún no me acostumbraba a tener móvil. Después de tres semanas rogando, mi madre me lo regaló en Navidad.

Era un mensaje de Laura.

“Feliz fin de año nena, mi litera te extraña”

Tan típico de ella no hacerse responsable de lo que sentía.

“Yo también te extraño. Feliz año nuevo”

Guardé el teléfono. Sonreí.

La música cambió. Nuestra canción. Nos abrazamos en círculo, gritamos, brincamos. Mi pelo voló y ya me dolía la cara de reír. Giramos hasta quedarnos sin aire.

Cuando me enderecé, cerca de la barra vi a Zion.

No supe cuánto tiempo llevaba allí.

Estaba con su grupo de siempre. Ellos reían. Él no. Se pasaba la mano por la nuca, movía la cabeza, miraba hacia abajo cada pocos segundos. Allí estaban sus manos apretadas. Casi podía escuchar el sonido de sus dedos.

No me vio.

Cambié de posición con Mario para quedar detrás de él. Se movió sin problemas.

Intenté no mirar. Escuché a Beatriz contar algo sobre la chica que habló antes con Keny, pero no entendí nada. La imagen de Zion, su mandíbula demasiado tensa, se me había clavado en la cabeza.

Me incliné apenas para ver si aún seguía sonando los dedos.

Lo vi despedirse.

Caminó hacia la salida despacio, como si no supiera bien si quería irse.

Di un paso fuera del círculo.

No era asunto mío.

Di un paso atrás.

—¿Estás bien? —preguntó Beatriz.

Asentí.

No lo estaba.

Y algo en mí sabía que él tampoco.

______________

Zion

¿Para qué brindar si no se va a cumplir?

Había salido temprano de casa. Total estaba vacía. Iván me había invitado a cenar con su familia, pero nunca me acostumbré a esas cenas de fin de año.

No podía quejarme. Cerraba el año con mi pizza favorita y nadie preguntando nada.

Llegué primero a la disco. El barman me sirvió la cerveza sin preguntar la edad. Si había pasado por la puerta, se suponía que era mayor. Esa noche solo tomé una.

Cuando Iván y los demás llegaron nos quedamos cerca de la barra, como siempre.

La música estaba demasiado alta. Apenas podíamos hablar. Iván contaba sobre la última chica que conoció. Todos la conocíamos. Imposible no hacerlo en este pueblo.

—¿Y cómo está ese internado? Ya sabes —dijo haciendo señas exageradas con las manos.

Había estado con una chica a principios de mes. Duró poco más de una semana. No supe bien cómo terminó. Empecé a pasar más tiempo en el gym, en el laboratorio, en mi habitación. Las horas con ella dejaron de existir y lo agradecí.




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