Fuimos - Diciembre 2010.
La misma noche
Zion
¿Por qué le dije que no estaba bien?
Dio un paso atrás cuando me enderecé. Me miraba fijo. Podía ver sus ojos a pesar de que solo había una luz amarilla que iluminaba el banco.
—¿Puedo sentarme? —preguntó.
Asentí.
Se sentó en la otra esquina. De lado, con una pierna doblada encima del banco y la otra apoyada en el suelo. Y aún así cabía una persona entre nosotros.
Yo permanecí sentado de frente. No sabía si era capaz de romper ese espacio. No lo hice.
La miré y sus ojos estaban clavados en mi mano.
En ese momento recordé que aún tenía el cigarro. De inmediato lo apagué contra el suelo. Me estiré un poco y lo tiré a la papelera al lado del banco.
Ella solo me miraba, abría la boca y la volvía a cerrar.
Apoyé los codos en mis piernas para mirar al frente. No sabía cómo sostenerle la mirada.
—¿Cenaste? —preguntó.
Podía decirle que sí, que tuve una cena familiar, pero no iba a creerme.
—Mi pizza favorita y un café cargado —le respondí.
Apretó un poco la boca.
—Tu madre no pudo venir —y no fue una pregunta, fue una afirmación.
Negué con la cabeza aún mirando al frente. Mordí tan fuerte que sentí un breve chillido en mis dientes.
—¿Quieres dejar el tema? —me preguntó.
Por un momento quise decir que sí, era más fácil, ella lo sabía. Pero esa vez necesitaba seguir.
—No es eso —le dije.
—¿Y entonces?
—Nunca dejo que me afecte, pero hoy me sentí muy solo —solté casi sin pensar.
Respiré más despacio. Mis dientes se separaron.
Ella se inclinó apenas hacia mí y se detuvo a medio camino. Su mano terminó más cerca sobre una de las tablas del banco.
Por unos segundos solo se escuchaba el ruido de fondo de la música en la disco. En el banco al frente una pareja no para de besarse. Un grupo de chicos pasó frente a nosotros en bici.
Me giré un poco para mirarla de frente y fue cuando recordé su pierna. Estiré mi mano demasiado rápido. Me detuve antes de tocarla.
—¿Puedo? —le pregunté.
No dijo nada. Abrió los ojos más de lo normal.
Asintió.
Toqué despacio su pierna, directo al lugar donde había sentido antes las bolas. Al instante se le erizó la piel. Enseguida dejé de tocarla.
—Ya no tienes las bolas —afirmé.
Ella negó con la cabeza.
—Desaparecieron hace poco más de un mes.
Aquel día que las descubrí pensé que el internado era el motivo y no me equivoqué.
—¿Después que dejaste el internado?
—Sí, al parecer era el estrés —me confirmó.
Sabía que se presionaba demasiado, que necesitaba notas perfectas, pero eso era llegar demasiado lejos.
—Siento mucho que lo hayas dejado después de…
—No lo dejé por ti —Me interrumpió—. En realidad no me gustaba estar allí.
No entendía por qué hacía algo que no quería cuando nadie la obligaba.
—¿Por qué no te fuiste antes? —le pregunté.
Respiró profundo antes de responder.
—Pensaba que era por mi madre, pero al final era solo yo presionándome.
—¿Y el nuevo instituto?
Enseguida se le dibujó una sonrisa en el rostro.
—Bien, muy bien.
—Si, ya vi lo bien que te va.
Ambos reímos.
—No sabía que fumabas —me dijo y me tomó por sorpresa.
—No tenías como, nunca fumé mientras estaba contigo.
Pude ver sus mejillas rosadas antes de que bajara la mirada.
—¿Cómo te va tu internado? —me preguntó.
Tuve ganas de contarle todo, desde los experimentos en el laboratorio, hasta los nuevos entrenamientos que estaba probando en el gym. Incluso corrió por mi mente la idea de hablarle de aquella chica que no duró.
No le conté nada.
—Fue duro por un tiempo, pero ahora estoy bien —le respondí.
Por unos segundos nos quedamos sin decir palabra. La idea de regresar a casa volvió a pesar en mi cabeza.
—¿Es triste preferir estar en el internado que en casa? —le pregunté.
Y un escalofrío me invadió al instante.
La miré a los ojos, antes había encontrado respuestas imposibles en ellos.
Tragó saliva. Abrió y cerró la boca una, dos, tres veces.
Sin aviso me abrazó.
La rodeé por la espalda.
—No estás solo —susurró.
La apreté más fuerte hasta que sentí que aflojó el abrazo y la solté.
Me limpié los ojos rápido, antes de que ella pudiera verlo.
Esta vez no regresó a la esquina pero seguía estando lejos.
Apoyé la mano en el banco y rocé la suya sin querer. No me moví.
—Ya quiero irme a dormir —dije como excusa— deberías regresar a la fiesta.
—¿Estás mejor?
—Si doctora, estoy bien.
Logré sacarle una sonrisa.
Desde la disco se escuchaba un conteo regresivo. Sacó un móvil del bolsillo y encendió la pantalla. No sabía que tenía uno.
—Las 12 —dice y da un pequeño brinco en el banco—. ¡Feliz año nuevo!
—Feliz año nuevo.
Me incliné para besarla en la cara, pero ella hizo lo mismo y terminamos chocando.
Ella se separó un momento.
Volvió a acercarse. Me besó la mejilla muy despacio. Se quedó un segundo más cerca. Su respiración me desordenó más de lo que quería admitir.
Volvió a su esquina del banco.
No dejaba de mirar ese móvil nuevo. Pensé qué habría pasado si hubiera tenido su número semanas atrás. Fue mejor no haberlo tenido.
—Que bien que ya tienes móvil —le dije.
—Si, me lo regalaron mis padres por navidad.
—Oh, ok —dije, aunque en realidad quería pedirle el número.
Ella sonrió. Tecleó en el móvil. Intenté descifrar los números por el sonido de las teclas pero no fue necesario. El mio comenzó a vibrar en el bolsillo.
Colgó. Guardó el suyo.
—Estoy al otro lado del móvil —fue lo único que dijo.
Y por un momento quise que fuera tan simple.
—Es mejor que entres ya —le dije.
Editado: 28.02.2026