Permanente

20. Firmar

Fuimos - Febrero 2011.

Un mes después

Sabela

Mis piernas ya estaban entumecidas después de quince minutos tirada en el suelo esperando al profesor. Iba fingir que me dolían las rodillas. Mi madre ya había notificado que tenía problemas de salud y pensaba usar mi excusa. Podía incluso cojear si me ponía creativa, a ese punto odiaba las clases de educación física.

Sesenta estudiantes sudando en la misma cancha. A alguien le pareció buena idea.

Todos conversaban pero yo no estaba allí. Mi mente viajaba al momento exacto en que sentí mi pecho demasiado apretado otra vez. Si cerraba los ojos incluso podía medir el calor de sus labios en mi frente. Pero aquella palabra “siempre” me traía de vuelta. ¿Qué clase de idiota promete algo así?

Ese mes salí con mi nuevo equipo inseparable cada sábado. Pero los viernes ellos decidieron ir a otro bar en un pueblo cercano y, aunque mi madre era un amor, su “ni lo sueñes Bel” fue bastante claro como para cuestionarlo.

Fue así que empezó la costumbre del encuentro de viernes con Zion en la Plaza.

El primer viernes se acercó cuando me vio llegar. Hablamos como si no hubiera pasado nada, pero mantuve la distancia. Hasta que sonó una canción de las lentas y un chico me invitó a bailar.

Miré a Zion.

Él sonrió.

Me fui con ese chico.

El viernes siguiente él estaba nervioso por sus exámenes. Le ofrecí algunos tips que me habían servido cuando pasé esa asignatura el año anterior. Señalé a la chica que no dejaba de mirarlo y le dije que debía hablar con ella. La miró y cuando volvió a mí sonreí.

Se fue con ella.

El viernes pasado le hablé de Photoshop y él de las buenas notas que sacó. Todo parecía tranquilo hasta que me vio mirar demasiado a un chico. Me advirtió que tuviera cuidado pero igual me fui con él.

A lo lejos lo vi marcharse con otra. Esta vez la conocía, iba a la clase de Mario y Beatriz.

Esa misma chica estaba en la cancha frente a mí.

Se abrió la puerta del lugar pero no era el profesor, era la secretaria del director.

—Atiendan todos —dijo con la voz bastante alta— el profesor está enfermo y no va a venir, así que quédense aquí hasta que termine el turno.

En cuanto dio la espalda algunos salieron detrás, otros nos quedamos, tampoco había muchos más que hacer.

Miré a la otra esquina y Lía seguía con las de su clase. Las últimas semanas no fueron las mejores entre nosotras. Había considerado culpar a Neo o incluso a mis nuevos amigos de la lejanía, pero ya tenía más claro que el problema era yo. Ella tenía su propia rutina en el Instituto y yo no estaba incluida hacía tiempo. La extrañaba pero decidí no hacer nada.

Mario, Keny y Beatriz se sentaron al lado mío. Estiré las piernas para sacarme los calambres. Lo que no esperaba era que aquella chica y sus amigos también se sentarían con nosotros. No tenía nada de malo, estaba en la misma clase y no la conocía tanto, pero igual intenté no mirarla.

A Beatriz se le ocurrió la brillante idea de jugar a la botella. No perdía oportunidad para acercarse a Keny. Pero su propuesta fue rechazada por unanimidad.

En su lugar Keny propuso jugar a la cadena de preguntas, ya sabíamos las reglas: Una pregunta al oído, levantarse y preguntar otra cosa a la persona que sería tu respuesta. Nos pareció divertido gastar la próxima media hora en eso.

La cadena de preguntas comenzó por Keny. Todo fluyó tranquilo,en silencio, tratando de descifrar las preguntas que se decían al oído. Hasta que la chica de Zion se levantó y caminó hacia mí.

—¿A quién te gustaría ver sin ropa? —me preguntó al oído.

Tuve que pedirle que repitiera la pregunta. La primera vez que la hizo aún intentaba adivinar qué pregunta ella había rspondido conmigo.

Cuando por fin entendí tuve claro cuál era mi respuesta.

Me levanté y le hice otra pregunta a Mario. Él no se tomaría en serio mi respuesta. Con él era fácil.

Minutos después la cadena terminó y fue la hora de desvelar las preguntas y respuestas.

Cuando fue el turno de la chica me sostuvo la mirada antes de decir la pregunta que respondió conmigo:

—¿De quién podrías estar celosa?

Sus ojos quedaron fijos en mí y por un instante pensé si así había mirado yo alguna vez a la ex de Zion.

Nadie dijo nada. Acomodé las piernas hacia otro lado y seguí con mi pregunta.

Mario no podía creer que respondí con él.

—Eso lo resolvemos cuando quieras —dijo y me guiñó un ojo.

Cuando terminó la ronda ya era hora de irnos.

Esa noche volví a la Plaza. Zion estaba en la esquina de siempre. No pude aguantar y le conté todo el juego. Me aclaró que esa chica no era nada. Yo le aclaré que no quería ver a Mario sin ropa.

No supe si alguien me miraba o lo miraba a él ese viernes. No presté atención. La distancia seguía entre nosotros pero parecía no existir nada alrededor.

—Me voy que es tarde —le dije cuando llegó la medianoche.

No habíamos llegado a esa hora juntos los viernes anteriores.

—Suerte que vivimos cerca, así me puedes acompañar —dijo él.

Ambos reímos.

Decidimos caminar. La noche estaba despejada, hacía mucho no veía tantas estrellas.

—Sabes, hoy me comí los mejores frijoles de mi vida —soltó.

—¿Y eso?

—Mi abuela llegó ayer —contó con esa sonrisa que dejaba ver sus hoyuelos.

—¿Se va a quedar un tiempo?

—Sí, al menos unos meses.

Por un momento lo imaginé cenando delicioso y las manos de su abuela apretando sus cachetes. No pude evitar sonreír por él.

Cuando llegamos a mi casa nos detuvimos frente al portal. Estacioné la bici a mi lado como si eso me obligara a entrar más rápido. Él hizo lo mismo.

Nos separaba un metro de distancia. No era tanto teniendo en cuenta que hacía meses que no estábamos juntos en ese lugar.




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