Fuimos - Abril 2011.
Dos meses después
Sabela
Dos horas la noche anterior buscando la frase perfecta. Y ahora llevaba desde el mediodía agregando globos a los bordes. En algún momento se coló uno con forma de corazón y lo borré hasta de la librería.
Ladeaba la cabeza cerrando un poco los ojos, como si así pudiera evaluar mejor el nivel de cursilería de aquella postal de cumpleaños.
—¡Ah! —suspiró Lía mientras se lanzaba de bruces a mi cama.
Bajé los pies de la silla giratoria para no caer del susto. Estaba tan centrada en la pantalla de mi ordenador que no la escuché entrar.
Me apresuré a cerrar la ventana de Photoshop y en el fondo de pantalla quedó la foto de nosotras en la playa.
—¿Y ese suspiro? —le pregunté—. ¿A quién hay que agradecerle tanta felicidad?
Se sentó en el centro de la cama con las piernas cruzadas y se adueñó de uno de mis cojines para abrazarlo contra su pecho. Sus mejillas estaban más rojas de lo normal.
—Pasó, lo hice con Neo.
Apretó un poco más el cojín. Su sonrisa parecía atascada.
—¿Quéee? ¿Cuándo? ¿Cómo? —solté en seguidilla.
—Anoche —dijo y bajó la mirada— nos quedamos solos en su casa.
Me lancé encima de ella de un salto, nunca podría aplastarla teniendo en cuenta que me sacaba diez centímetros y veinte libras, pero si podía hacerle cosquillas.
Terminamos las dos acostadas de lado, cada una abrazada a un cojín.
—¿Cómo fue? —le pregunté.
No quería detalles, pero sí tenía curiosidad de saber que se sentía. Laura me había contado que era una liberación, nada más, pero supongo que hacerlo con alguien que conociste la misma noche no fue el mejor plan. Mi madre en cambio fingió no acordarse de la suya. Solo dijo que no me apresurara y que le avisara para comprarme pastillas anticonceptivas. Días más tarde aparecieron tres condones en mi cartera.
—Bel me da pena contar eso —dijo Lía y escondió la cara en el cojín.
—Venga ya, si me sé hasta el color de tus tangas.
—Ok, te cuento, pero no te puedes reir.
—Prometido.
Apreté un poco más el cojín esperando el chisme.
—Al principio dolió un poco —susurró— pero después fue genial, como mil choques eléctricos recorriendo todo el cuerpo.
Escondí mi boca tras el cojín para no romper mi promesa de no reir.
—¿Choques eléctricos? Pero como eso va a ser bueno Lía.
—Ay no sé, tú preguntaste, no sé cómo explicarlo.
—¿Y te cuidaste? —le pregunté preocupada.
—Claro.
La vibración del móvil en mi escritorio nos interrumpió. Lía estiró la mano y me lo alcanzó. La pantalla aún estaba encendida.
—¿Bebé? —preguntó— No te creo Bel.
Volví a esconderme detrás del cojín. Lía agarró el cojín para quitármelo de la cara. Estuvimos forcejeando por unos minutos entre risas.
—No seas cobarde, te estoy preguntando que hace Zion escribiéndote.
Bajé el cojín y traté de mostrar ojos de cachorro herido lo mejor que pude.
—A ver como te cuento —Intenté ganar tiempo—. Le propuse ser amigos con beneficios.
Se quedó en silencio unos segundos, mirando hacia arriba con la boca hacia un lado.
—¿Desde cuándo están con eso? —preguntó.
—Hace dos meses.
—¿Y no me habías contado?
La realidad es que ya no pasábamos tiempo juntas, nunca encontré el momento.
—No quería morir —le dije.
Nos reimos.
—Tienes razón, te iba a regañar —agregó— pero hoy estoy feliz.
—Escogí un buen día para confesar entonces.
Volvió a girarse hacia mí. Me miró a los ojos.
—¿Tú estás bien con esa situación? —preguntó.
Por unos segundos solo se escuchó el zumbido de la computadora y mi madre llamando a papá desde la cocina.
No sabía bien qué responder, ni cómo me sentía. Sí, lo había propuesto yo, no fue impulsivo, fue mi plan para estar con él sin estar. Yo no podía confiar y estaba segura que él no quería comprometerse. Juraba que ese fue su motivo para dejarlo en septiembre.
—Si no tienes a alguien no lo puedes perder —le dije.
Me miró con los ojos entrecerrados.
—Sabes que ninguna frase filosófica te va a salvar de volver a llorar por él.
Hubo silencio otra vez hasta que le lancé el cojín a la cara.
—Qué llorar ni llorar —le dije.
Ella me lanzó el cojín de vuelta.
—¿Quieres que tu primera vez sea con él?
—No puede ser con él.
Si era con él, ya no podría sacarlo de mi vida.
Mis ojos se humedecieron. Ella estiró los brazos. Me acerqué y quedé enroscada en su pecho.
—Sabes que siempre estoy, aunque esté con Neo —susurró— tú eres mi tata, eres prioridad.
La apreté por la cintura hasta dejarla sin aire.
—Hey yo quiero abrazo también —soltó mi madre entrando por la puerta de mi habitación.
Ambas le estiramos un brazo y le abrimos hueco entre nosotras. Ella se lanzó a la cama. Siempre caía en nuestra trampa de cosquillas.
Estuvimos varios minutos riendo juntas. Había olvidado cuánto extrañaba tener a mi tata en casa.
—Vamos a merendar —dijo mi madre.
Nos levantamos de la cama y recordé que Zion me había escrito.
“Hoy no salgo, tengo cena en casa”
Me pregunté si sería cena buena o cena mala.
“Espero que vaya bien”
Le respondí.
Enseguida llegó otro mensaje.
“ :) ”
Esa noche decidí salir con el grupo. Después de más de dos meses de conversaciones me convencieron de ir al bar del otro pueblo. Eso sí, no podían soltar nada delante de mis padres.
Los últimos dos meses había compartido los fines de semana saliendo unos días con ellos y otros con Zion. Algunas noches nos separábamos antes porque me iba con algún chico, o él con alguna chica. Pero la mayoría de las veces nos íbamos juntos.
Las sillas en el portal de casa se volvieron cómplices. Le preguntaba como le había ido con las otras solo para ver cómo el rojo subía a su cara. Sabía que no me contaría nada, pero siempre conseguía sacarle información. Él no preguntaba por los demás pero le contaba igual. Era una forma sencilla de conseguir que me mordiera el labio al besarme, aunque él juraba que no era por eso.
Editado: 06.03.2026