Mi alarma siempre suena a las cuatro y media de la mañana. Mientras el resto del mundo a mi edad duerme plácidamente, mi día comienza con el sonido seco de las alarmas y el frío cálandome los huesos.
Ser una atleta de élite a los diecisiete años no es un pasatiempo; es un trabajo de tiempo completo que no admite errores. Mi rutina es exacta, casi robótica. Desayuno un batido cargado de proteínas preparado por el nutricionista de la familia, me coloco ropa térmica de marca y subo al auto de lujo donde el chofer privado ya me espera para llevarme al complejo deportivo de alta gama.
A las seis en punto, ya estoy en la pista. El olor a humedad y hielo congelado inunda mis pulmones. Me ajusto los patines con fuerza, asegurarando los cordones como si fuera una armadura, y me deslizo hacia el centro de la superficie blanca y pulida. Cuando la música empieza a sonar por los altavoces, me olvido de quién soy. Dejo de ser la chica millonaria de las portadas; me convierto en velocidad, giros perfectos y saltos que desafían la gravedad.
Cualquiera que me viera desde las gradas diría que tengo el control absoluto de mi vida. Pero hoy, mientras practicaba una combinación de saltos complicados, la burbuja se rompió. Al aterrizar con limpieza y frenar sobre las cuchillas, levanté la vista hacia el borde de la pista. Ahí estaba ella.
Madame Vane, una de las entrenadoras principales del complejo. No es mi preparadora directa, pero siempre está merodeando. Es una mujer elegante, de mirada fría y calculadora que rara vez sonríe. Sin embargo, últimamente su actitud ha pasado de la estricta supervisión a algo mucho más oscuro.
Hoy se me quedó viendo fijamente durante todo mi recorrido. No miraba mis pies, ni corregía mi postura. Me miraba directo a los ojos, con una fijeza que me erizó la piel más que el propio hielo de la pista. Había algo en su expresión... una especie de superioridad silenciosa, como si supiera perfectamente que pasa detrás de las puertas de mi casa. Como si supiera un secreto enorme sobre mí, algo que ni yo misma he terminado de descubrir.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, ella no la apartó. Solo sostuvo la atención un par de segundos, dejó escapar una sonrisa de medio lado casi imperceptible y se dio la vuelta, anotando algo en su carpeta. Un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima me recorrió la espalda. Traté de sacudirme la mala vibra y seguir con la rutina, pero la concentración ya se había roto. Esa mirada me perseguiría el resto del día.
Intenté concentrarme en mi siguiente elemento, un Triple Axel que requería toda mi atención, pero la presencia de Madame Vane en el borde de la pista se sentía como una sombra pesada. Cada vez que pasaba cerca del ala Norte, sentía sus ojos clavados en mí. No era la mirada de un entrenadora que evalúa la técnica; era una mirada profundamente personal, cargaba un frío que superaba por mucho los cero grados del recinto.
Cuando la música llegó a sus notas finales y mi rutina terminó oficialmente, me deslicé hacia el banco para tomar mi termo de agua y mi chaqueta. Pensé que se marcharía, pero para mi sorpresa, escuché el eco de unos pasos acercándose firmemente sobre la alfombra de goma que rodea el hielo.
— Una ejecución decente— escuché su voz a mis espaldas, arrastrada con un tono elegante pero afilado como una navaja.
Me di la vuelta despacio, manteniendo la barbilla en alto, adoptando esa postura impecable que mis padres me habían pagado por tener desde niña.
—Gracias, Madame Vane. Sigo puliendo los detalles para la próxima competencia internacional—respondí con cortesía fingida.
Ella soltó una risita seca, una que no llegó a sus ojos oscuros, y cruzó los brazos sobre su carpeta de cuero.
—Ah por supuesto. Las competencias de la alta sociedad... dónde todo tiene que lucir perfecto, pulcro y reluciente—dijo, arrastrando las palabras con una ironía que me puso en alerta—. Siempre me ha parecido fascinante como las personas adineradas construyen sus mundos sobre bases tan frágiles. Creen que el hielo sobre el que caminan es sólido, cuando en realidad es tan delgado que podría romperse con el más mínimo secreto.
Fruncí el ceño sutilmente, sintiendo una punzada incomodidad en el estómago. Las indirectas en su voz eran demasiado evidentes como para ignorarlas.
— No sé a qué se refiere— contesté, intentando mantener la voz firme mientras guardaba mis protectores de cuchillas en el bolso de diseñador.
— No me hagas caso, solo son observaciones de alguien que lleva mucho tiempo viendo este deporte— añadió ella, dando un paso más hacia mí, lo suficiente para que pudiera notar la fijeza en su mirada—. A veces, los padres se esfuerzan tanto en proteger una fachada perfecta, en ocultar los errores del pasado debajo de la alfombra, que se olvidan de que la verdad siempre busca una forma de salir a la superficie. Incluso si tarda años. Disfruta del brillo mientras dure, linda. Al final del día, todo lo que sube tiene que caer, y algunas caídas son desde muy, muy alto.
Se dio la vuelta antes de que yo pudiera procesar el peso de sus palabras. La vi alejarse por los pasillos del complejo, con la espalda recta y una seguridad que me dejó completamente deslocada.
Después de ese pequeño e incómodo intercambio de palabras con Madame Vane, me di la vuelta y caminé hacia la salida, dejándola completamente deslocada. El frío de la pista se me quedó calado en los huesos, pero el calor de la duda era aún mayor. Mi chófer ya me esperaba afuera con la puerta del auto abierta, el viaje a casa fue un completo martirio. Apoyé mi cabeza contra la ventana del carro, viendo los árboles y las luces pasar. Mi mente, working a mil por hora, empezó a repasar cada indirecta de Vane, cada mirada extraña que mis papás daban cuando se mencionaba su nombre en el pasado... Los lazos se estaban uniendo en mi cabeza como un rompecabezas perfecto y aterrador. Una sospecha comenzó a tomar forma en mi pecho. Pero justo cuando la idea iba a estallar, sacudí la cabeza y la descarté por completo.