Un hombre saltó a la nieve sin necesidad de escaleras. Vestía una túnica oscura que ondeaba con el viento de las hélices. Caminó hacia ellos con una elegancia que desafiaba el terreno accidentado.
Amir Al-Hadid se detuvo a pocos metros. No llevaba armas. No las necesitaba. Detrás de él, una docena de hombres armados hasta los dientes formaron un semicírculo perfecto.
—Matteo, siempre fuiste un pésimo estratega —dijo Amir, su voz resonando con una autoridad divina sobre el ruido de los motores —Has destruido un helicóptero de diez millones de dólares solo para retrasar lo inevitable.
Matteo intentó dar un paso al frente, pero se tambaleó. Elena lo sostuvo con fuerza.
—Ella no irá contigo, Amir —mascó Matteo con sangre en los dientes.
Amir ignoró al italiano y fijó su mirada en Elena. Sus ojos oscuros brillaron con una mezcla de triunfo y una ternura que resultaba más aterradora que cualquier amenaza.
—Elena Rossi. Has corrido por medio mundo para terminar exactamente donde el destino escribió que estarías —dijo Amir, extendiendo una mano enguantada hacia ella —Ven conmigo. Tu familia está a salvo. Sus deudas han sido pagadas hace una hora. Ya no eres una fugitiva. Eres mi invitada de honor.
Elena miró a Matteo, que respiraba con dificultad a su lado, y luego a la mano de Amir. Estaba atrapada entre el hombre que conocía su pasado y el hombre que acababa de comprar su futuro.
—¿Y si me niego? —preguntó Elena, con la voz firme a pesar del temblor de su cuerpo.
Amir sonrió de una manera que le heló la sangre.
—Entonces Matteo morirá aquí mismo, en esta montaña olvidada. Y tú vendrás conmigo de todos modos, pero el viaje será mucho menos placentero.
Elena sintió el peso de la decisión en sus hombros. Miró el horizonte, donde el sol empezaba a asomar tímidamente tras las cumbres nevadas. El viaje que comenzó en Roma bajo la lluvia la había llevado al borde de un abismo del que no había retorno.
—Iré —dijo Elena finalmente.
—¡No! —gritó Matteo, tratando de forcejear, pero dos de los hombres de Amir lo redujeron rápidamente contra el suelo.
Amir se acercó a Elena y la envolvió con su capa, ocultándola del frío y de la vista de Matteo.
—Sabia elección, habibti. Bienvenida a tu nueva vida.
Mientras subía al helicóptero del Emir, Elena echó una última mirada hacia atrás. Matteo estaba en la nieve, derrotado pero con los ojos fijos en ella, una promesa de venganza ardiendo en su mirada gris. En ese momento, Elena supo que la persecución no había terminado. Solo había cambiado de dueño.
El rugido de las turbinas del helicóptero de Amir era un sonido sordo comparado con el estruendo de los pensamientos de Elena. Mientras ascendían, dejando atrás la silueta herida de Matteo en la nieve, ella sintió que una parte de su alma se quedaba allí, congelada en la montaña.
Amir permanecía sentado frente a ella, observándola con una fijeza que no flaqueaba. La luz de la luna entraba por la ventanilla, iluminando sus facciones severas y la seguridad casi divina que emanaba de su postura.
—Bebe esto —ordenó Amir, extendiéndole una copa de cristal con un líquido ambarino —Tus nervios están destrozados y el frío de Europa aún no ha abandonado tus huesos.
Elena aceptó la copa, pero sus manos temblaban tanto que el cristal chocó contra sus dientes. El líquido era cálido, con notas de miel y especias que calmaron su garganta, pero no su corazón.
—¿Qué vas a hacer con él? —preguntó Elena, con la voz apenas superior a un susurro.
—Matteo está vivo porque tú lo pediste —respondió Amir, recostándose en su asiento de cuero —Mis hombres le darán atención médica básica y lo dejarán en la frontera. Pero si intenta seguirnos, Elena, ni siquiera tu intercesión podrá salvarlo. El tiempo de los juegos italianos ha terminado.
El viaje hacia el este fue un borrón de nubes y estrellas. Elena cayó en un sueño pesado y sin sueños, producto del agotamiento y, sospechaba, de algún sedante ligero en la bebida que Amir le había dado. Cuando despertó, el aire ya no era frío. Era denso, caliente y olía a salitre y combustible de aviación. Estaban en Dubái.
Desde el aire, la ciudad parecía un circuito integrado de luces doradas y neón que desafiaba la oscuridad del desierto circundante. El helicóptero descendió directamente hacia una plataforma privada en una de las torres más exclusivas del complejo Al-Hadid.
—Bienvenida a tu nuevo reino —dijo Amir, ayudándola a bajar. Su mano rodeó su cintura con una firmeza que no admitía resistencia.
Elena fue conducida a través de una suite que desafiaba toda lógica de riqueza. Paredes de mármol translúcido, cascadas de agua interiores que regulaban la temperatura y ventanales que ofrecían una vista de 360 grados sobre el Golfo Pérsico. Sin embargo, al acercarse al ventanal, Elena notó el detalle que confirmaba su situación, los cristales no tenían cerraduras y la única puerta de salida estaba custodiada por dos hombres de la guardia personal del Emir.
—Es una jaula —sentenció Elena, volviéndose hacia él con los ojos encendidos de rabia.
Amir se despojó de su capa oscura, revelando la túnica blanca impecable que parecía brillar con luz propia.
—Es una fortaleza, Elena. Afuera, Nikos y Matteo están moviendo cielos y tierra para encontrarte, no porque te amen, sino porque eres la clave de su ruina. Aquí, eres intocable.
—¡Tú también quieres lo que ellos quieren! —le recriminó Elena —El secreto de mi padre, la cuenta encriptada... ¡Me trajiste por la misma razón!
Amir caminó hacia ella con una lentitud que hizo que Elena retrocediera hasta que sus hombros tocaron el frío cristal del ventanal. Él se detuvo a centímetros de ella, rodeándola con su presencia.
—Hay una diferencia, habibti —susurró Amir, elevando su mano para rozar el cabello de Elena —Ellos quieren usar el secreto para destruir imperios. Yo ya tengo un imperio. Yo quiero el secreto para asegurarme de que nadie pueda volver a ponerte un precio.
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Editado: 12.06.2026