Perseguida Entre Jeques y Magnates

8. Una Jaula Dorada

Elena sintió que las paredes de mármol translúcido, bañadas por el sol dorado de Dubái, comenzaban a cerrarse sobre ella como una tumba de cristal. El aire acondicionado, perfecto y gélido, le producía escalofríos, pero no de frío, sino de una impotencia que le quemaba los pulmones. Aquel lujo no era una atención; era una mordaza de seda.
​Caminó con paso decidido hacia las imponentes puertas de madera de sándalo con incrustaciones de nácar. Sus manos temblaban ligeramente mientras accionaba el pesado picaporte de oro. Al abrirse, el eco de su desesperación se encontró con la inmovilidad de la roca.
​Dos guardias de la unidad de élite de Amir, vestidos con uniformes oscuros de corte militar y rostros que parecían tallados en granito, bloquearon el paso al instante. Sus posturas eran impecables, sus ojos ocultos tras gafas tácticas que reflejaban la imagen de una Elena desaliñada y angustiada.
​—Disculpe, my lady —dijo el guardia de la derecha, cuya voz era tan profunda y carente de emoción como el desierto mismo —Pero por órdenes directas del Emir, no tiene permitido salir de su cuarto.
​Elena retrocedió un paso, pero mantuvo la barbilla en alto, esa chispa de independencia que ni la caída del helicóptero había logrado extinguir.
​—¿"Mi cuarto"? —replicó Elena, con una risa amarga que resonó en el pasillo —Digan las cosas por su nombre. Esto es una celda y ustedes son mis carceleros. Quiero hablar con Amir ahora mismo.
​—El Emir está en una reunión del Consejo de Estado —respondió el guardia, sin mover un solo músculo —Se le notificará su deseo cuando termine. Mientras tanto, se ha dispuesto que se le sirva el almuerzo. Cualquier cosa que necesite, dentro de estos muros, le será entregada.
​—Necesito mi libertad —siseó Elena, intentando dar un paso al frente.
​El guardia de la izquierda, de forma casi imperceptible, colocó su mano enguantada sobre el pomo de la puerta, indicándole que la conversación había terminado.
​—La seguridad es la mayor libertad que el Emir puede ofrecerle en este momento, my lady. Por favor, regrese al interior.
​Las puertas se cerraron con un clic metálico que sonó en los oídos de Elena como el disparo de un arma. Se quedó de pie en medio de la inmensa estancia, rodeada de alfombras que valían más que la casa de su infancia y jarrones de la dinastía Ming, sintiéndose más pobre que nunca.
​Se acercó de nuevo al ventanal, pero esta vez no miró la belleza de la ciudad. Miró hacia abajo, hacia los patios interiores. Allí, vio un movimiento de telas coloridas y escuchó el eco lejano de risas femeninas que se cortaron en seco cuando algunas de las mujeres del harén miraron hacia arriba, hacia su balcón.
​Elena sintió las miradas de esas mujeres como dagas invisibles. No eran miradas de sororidad, sino de juicio y recelo. Ella era el cuerpo extraño en un organismo perfectamente diseñado para la obediencia.
​—¿Así que este es tu juego, Amir? —susurró Elena, apoyando la frente contra el cristal caliente —Me aíslas del mundo, me pones a tus mujeres en contra y esperas que te agradezca por la "protección".
​Su mirada se desvió hacia su cámara, que seguía sobre la mesa. Un plan comenzó a formarse en su mente. Si Amir creía que podía mantener a una fotógrafa de guerra y de viajes encerrada sin que ella encontrara una forma de documentar su propia resistencia, no la conocía en absoluto.
​Elena no solo iba a buscar la forma de salir de esa habitación; iba a descubrir qué era lo que el harén ocultaba y por qué Amir tenía tanto miedo de que ella caminara libremente por su propio palacio.
​En ese momento, la puerta pequeña lateral, la de servicio, se abrió con un chirrido suave. Una joven sirvienta, con los ojos bajos y las manos temblorosas, entró cargando una bandeja de plata.
​—Traigo... traigo el té de la tarde, Saidi —murmuró la joven en un hilo de voz. ​Elena vio en ella su primera grieta en el muro.
​—No quiero té —dijo Elena, acercándose a la chica con una suavidad que buscaba ganar su confianza —Quiero saber quién eres y por qué todas en este palacio parecen tenerme miedo.
​La joven levantó la vista solo un segundo, y en sus ojos Elena vio el reflejo de un terror que no venía de los guardias, sino de los secretos que se susurraban en las sombras de las palmeras.
La joven sirvienta dio un respingo, casi dejando caer la bandeja de plata. Sus nudillos estaban blancos por la fuerza con la que aferraba el metal. Retrocedió un paso, manteniendo la barbilla pegada al pecho, evitando a toda costa el contacto visual con Elena.
​—Yo... yo solo soy Layla, Saidi —susurró la joven, y su voz era apenas un soplido asustadizo —Por favor, beba el té. No debo hablar con usted, no está permitido.
​Elena se acercó con cautela, bajando el tono de su voz para no alertar a los guardias que, como estatuas de piedra, custodiaban la puerta principal.
​—Layla, mírame —pidió Elena con suavidad —No soy un monstruo ni una reina. Soy una prisionera, igual que tú. ¿Por qué tiemblas? ¿Amir te haría daño por hablar conmigo?
​Layla negó con la cabeza frenéticamente, pero no se movió. El tintineo de la porcelana contra la bandeja delataba su pánico.
​—No es el Emir a quien debemos temer en estos pasillos, mi lady —respondió Layla, y esta vez su voz tembló con una verdad amarga —Él es el sol, pero el sol está lejos. Son las sombras las que muerden.
​—¿Las sombras? —preguntó Elena, frunciendo el ceño —¿Te refieres a las otras mujeres?
​Layla levantó la vista solo un instante. Sus ojos oscuros estaban cargados de una advertencia silenciosa.
​—Zahra y las demás... ellas han pasado años ganándose un lugar en el corazón del palacio. Usted ha llegado como una tormenta de arena que lo cubre todo. Si yo le hablo, si yo la ayudo, ellas lo sabrán. Nada ocurre en este ala del palacio sin que las paredes lo cuenten —explicó Layla en un susurro febril.
​Elena sintió una punzada de culpa. Su sola presencia estaba poniendo en peligro a aquella muchacha que no tenía el poder de Matteo ni la flota de Nikos para protegerse.




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