Perseguida Entre Jeques y Magnates

9. El Intruso desconocido

​—No quiero que te castiguen por mi culpa —dijo Elena, tomando una de las tazas para aparentar normalidad —Pero necesito saber algo. ¿Por qué Amir me tiene aquí? Él dice que es por mi seguridad, pero parece más una exhibición.
​Layla se acercó un poco más, fingiendo que arreglaba los dulces en la mesa para poder hablar más cerca del oído de Elena.
​—Él la mira de una forma que nunca ha mirado a ninguna, Saidi. Con un hambre que no es de posesión, sino de algo que perdió hace mucho —murmuró la sirvienta —Pero tenga cuidado. En el harén dicen que usted es la portadora de una maldición. Dicen que su padre robó algo que pertenecía al desierto y que usted ha vuelto para devolverlo... con su vida o con su libertad.
​Elena sintió un escalofrío. La teoría de Matteo sobre los archivos encriptados y el "socio árabe" empezaba a mezclarse con las leyendas y los miedos supersticiosos del palacio.
​—Mi padre no robó nada —sentenció Elena con firmeza, aunque por dentro se desmoronaba —Layla, necesito mi cámara. Necesito saber si hay alguna salida de este ala que no esté vigilada por los hombres de negro.
​Layla palideció, retrocediendo hacia la puerta de servicio.
​—No hay salida para una flor que ha sido plantada en el jardín del Emir —dijo Layla, con una tristeza profunda en su mirada —No intente huir por los jardines inferiores esta noche. Zahra ha puesto ojos en cada fuente. Si la ven fuera de su habitación, dirán que intentaba encontrarse con un amante... y el Emir no perdona la traición, ni siquiera la de aquellos a quienes ama.
​Antes de que Elena pudiera hacer otra pregunta, Layla hizo una reverencia apresurada y desapareció por la pequeña puerta, dejándola de nuevo en aquel silencio opulento y asfixiante.
​Elena miró el té humeante. Se sentía como un peón en un tablero donde las reglas cambiaban según el país en el que se encontraba. En Roma era una deuda; en Grecia, un trofeo; y aquí, en Dubái, era una leyenda peligrosa que despertaba el veneno de un harén que la quería muerta antes de que pudiera convertirse en reina.
Agarró su cámara y, por primera vez, no buscó la luz para una foto hermosa. Buscó los ángulos muertos de la habitación, las sombras de los pasillos que se veían desde su balcón. Si iba a ser una prisionera, sería la más informada de todas.
​"Si quieres mi libertad, Amir, tendrás que hacer algo más que encerrarme en oro", pensó Elena, mientras el sol se ocultaba tras las dunas, dando paso a una noche que prometía susurros de traición.
Elena regresó a su suite tras su breve y clandestino encuentro con Layla en los pasillos de servicio. El corazón le latía con fuerza contra las costillas; cada sombra en los pasillos del palacio parecía tener ojos, y el silencio de los guardias en la puerta principal, al dejarla pasar de nuevo, le resultó sospechosamente profundo.
​Al cerrar la pesada puerta de sándalo tras de sí, Elena se detuvo en seco.
​Un escalofrío le recorrió la nuca. El aire de la habitación, antes gélido y perfecto, se sentía viciado, como si alguien hubiera estado allí compartiendo su oxígeno hasta hace apenas unos segundos. Sus ojos recorrieron la estancia, que a simple vista parecía intacta bajo el lujo obsceno de Dubái, pero su instinto de fotógrafa, entrenado para notar el más mínimo cambio de luz y posición, detectó la intrusión de inmediato.
​Caminó hacia la mesa de ébano. Sus manos temblaban. Su cámara, su bien más preciado y su única conexión con la realidad, no estaba en el ángulo exacto donde ella la había dejado.
​—No... —susurró Elena, tomándola con dedos gélidos.
​Al inspeccionarla, notó que el dial de modo había sido girado y la tapa de la ranura de memoria estaba apenas un milímetro abierta. Al encenderla, la pantalla parpadeó con un error intermitente antes de mostrar una imagen fija que ella no había tomado: una fotografía de ella misma durmiendo en esa misma cama, capturada desde un ángulo que solo alguien escondido en las sombras del techo podría haber logrado.
​Habían manipulado el software. La cámara ya no era suya; era un testigo silencioso de su cautiverio.
​Justo al lado de la lente, sobre la superficie pulida de la mesa, encontró un pequeño trozo de papel pergamino. No tenía sobre, no tenía sello real, ni una firma que delatara su origen. Solo una caligrafía apresurada y afilada que parecía herir el papel.
​"Él no es quien crees. Los archivos que proteges son su póliza de seguro, no tu salvación. Huye antes de que la jaula se cierre para siempre. El desierto tiene muchas tumbas sin nombre y él ya ha cavado la tuya."
​Elena arrugó el papel en su puño, sintiendo que el mundo se inclinaba bajo sus pies.
​—¿Quién ha estado aquí? —se preguntó Elena en voz alta, mirando hacia las esquinas oscuras de la suite.
​¿Había sido un hombre de Matteo infiltrado para advertirle? ¿O quizás un mensaje de Nikos desde las costas griegas? Lo más aterrador era la posibilidad de que fuera un juego del mismo Amir, una táctica para desmoronar su cordura y obligarla a buscar refugio en él.
​Se acercó al ventanal. Afuera, las luces de Dubái brillaban como diamantes falsos. Elena se dio cuenta de que el peligro no estaba fuera, en las dunas, sino allí mismo, tras las paredes de mármol que juraban protegerla.
​Alguien había entrado en su santuario. Alguien conocía sus secretos. Y lo peor de todo: alguien la estaba observando en ese mismo instante, esperando a que el miedo terminara de romperla.
​Elena guardó la nota en el doble fondo de su bota y apretó su cámara contra el pecho. La jaula de oro acababa de volverse mucho más pequeña, y el aire, antes dulce por el incienso, ahora olía a una traición inminente que no tenía rostro ni nombre.
El silencio en la suite se volvió asfixiante. Elena permaneció inmóvil en el centro de la estancia, con la nota arrugada en el puño y la cámara colgando de su cuello como un peso muerto. Cada crujido del sistema de ventilación, cada reflejo del neón exterior sobre las paredes de mármol, le parecía el aviso de que el intruso seguía allí, mimetizado entre las sombras del lujo.
​De repente, el sonido de la cerradura electrónica de la puerta principal rompió la calma. Fue un clic metálico, seco y autoritario.




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