Elena ocultó rápidamente la nota en su bolsillo y trató de controlar su respiración. La puerta se abrió de par en par y la figura imponente de Amir Al-Hadid recortó el umbral. Ya no vestía la túnica blanca tradicional; llevaba un traje negro de corte impecable que lo hacía ver más como un ejecutor que como un rey.
—Aún estás despierta —dijo Amir, su voz resonando con una vibración profunda que llenó la habitación.
Elena no retrocedió. Se mantuvo firme junto a la mesa de ébano, ocultando con su cuerpo la cámara que aún tenía la pantalla encendida con aquel mensaje de error.
—Es difícil dormir en un lugar donde las paredes tienen ojos, Amir —respondió Elena, inyectando en su voz toda la frialdad que pudo reunir.
Amir entró en la habitación y la puerta se cerró tras él. Caminó hacia ella con esa elegancia felina que siempre la ponía en alerta. Se detuvo a menos de un metro, observando la palidez de su rostro y la tensión en sus hombros.
—Pareces alterada —comentó Amir, entrecerrando los ojos —¿Ha ocurrido algo durante mi ausencia? Mis guardias informaron que te mantuviste en la suite.
Elena sintió un nudo en la garganta. Si le contaba lo del intruso, admitiría que alguien podía burlar su seguridad. Si guardaba silencio, se convertía en cómplice de un misterio que podía costarle la vida.
—Me siento observada —soltó ella, sin mentir del todo —Este palacio no es un hogar, Amir. Es un teatro de sombras. ¿Quién más tiene acceso a esta habitación aparte de ti?
Amir frunció el ceño. Sus ojos oscuros recorrieron el cuarto, deteniéndose por un segundo en la posición ligeramente movida de los muebles. Hubo un destello de algo parecido a la sospecha en su mirada, pero lo ocultó rápidamente bajo una máscara de control.
—Nadie entra aquí sin mi autorización expresa —sentenció Amir, dando un paso más hacia ella —Si te sientes insegura, duplicaré la guardia.
—¡No quiero más guardias! —exclamó Elena, dando un paso al frente y encarándolo —Quiero respuestas. La nota que... —se detuvo justo antes de cometer un error fatal.
—¿La nota? —preguntó Amir, su tono volviéndose peligrosamente suave —¿De qué nota hablas, Elena?
Elena apretó los dientes. El juego de poder en el que estaba atrapada era un campo de minas. Miró a Amir y, por un instante, vio en él al hombre que la había rescatado en la montaña nevada, pero inmediatamente después recordó el mensaje de la cámara, él no es quien crees.
—La nota que me dejó tu sirvienta con el té —mintió Elena con rapidez, tratando de desviar la atención —Decía que no debía salir al balcón por la noche debido a los insectos del desierto. Una nimiedad. Pero me recuerda que incluso los detalles más pequeños están controlados aquí.
Amir la observó durante un tiempo que le pareció eterno. El silencio entre ambos era una cuerda tensada al máximo. Finalmente, él extendió una mano y rozó la mejilla de Elena con el dorso de sus dedos. El contacto fue cálido, pero a ella le pareció el roce de un guante de seda sobre acero.
—Estás en Dubái, habibti. Aquí, incluso el viento me debe obediencia —susurró Amir —No te preocupes por notas ni por sombras. Mañana será un día importante. El Consejo de Estado recibirá a los embajadores europeos, y tú estarás a mi lado.
—¿Como tu trofeo? —le recriminó Elena.
—Como mi protegida —corrigió Amir —Y para que el mundo sepa que cualquier mano que intente alcanzarte, ya sea la de De Luca o la de Stavros, será cortada antes de que toque tu piel.
Amir se retiró hacia la puerta, pero antes de salir, se giró una última vez.
—Descansa, Elena. Y un consejo más, no confíes en nada de lo que encuentres en las sombras. A veces, las advertencias son solo trampas diseñadas para que corras directamente hacia el fuego.
Cuando la puerta se cerró, Elena se dejó caer en el diván. Sacó la nota de su bolsillo y la leyó de nuevo. ¿Y si Amir tenía razón? ¿Y si el intruso no era un aliado, sino alguien tratando de sembrar la desconfianza para que ella cometiera un error y escapara hacia una trampa peor?
Miró su cámara manipulada. Alguien la estaba usando como un peón en una guerra de tres frentes, Matteo y su pasado, Nikos y su libertad, y Amir y su obsesión.
Esa noche, Elena Rossi no durmió. Se quedó sentada frente al ventanal, observando las dunas que se extendían más allá de las luces de la ciudad, consciente de que la jaula se estaba cerrando y que, para sobrevivir, tendría que aprender a jugar el mismo juego cruel que sus captores.
La atmósfera en la habitación del hospital privado en Atenas era densa, cargada del olor a antisépticos y de una hostilidad que se remontaba a décadas atrás. Las máquinas que monitoreaban las constantes vitales de Matteo emitían un pitido rítmico, el único sonido que rompía el tenso silencio entre los dos hombres.
Nikos Stavros permanecía de pie junto al ventanal, con la silueta recortada contra el azul profundo del mar Egeo que tanto amaba, pero su postura no era relajada. Sus manos estaban hundidas en los bolsillos de su pantalón de sastre, apretadas en puños invisibles.
—¿Veo que no pudiste protegerla? —soltó Nikos, su voz cargada de un cinismo que intentaba ocultar una preocupación genuina. Se giró para mirar al hombre en la cama, con una chispa de desprecio en sus ojos verdes —Tanto poder, tanta seguridad blindada, y permitiste que ese buitre del desierto se la llevara delante de tus narices.
Matteo De Luca, con el rostro marcado por moretones purpúreos y una venda que le cruzaba la frente, hizo un gesto de dolor. Con mucho esfuerzo, logró incorporarse, acomodando la almohada detrás de su espalda para sostener el peso de su cuerpo herido. Cada movimiento le recordaba el frío de la montaña y la humillación de la derrota.
—Verás… no es fácil proteger a una mujer como Elena de un enemigo como el Emir del desierto —respondió Matteo, con la voz ronca pero cargada de una autoridad que ni siquiera las heridas podían borrar —Amir no juega bajo nuestras reglas, Nikos. Él no busca rutas comerciales ni contratos. Él busca posesión absoluta.
Nikos se acercó a la cama, deteniéndose justo en el borde del círculo de luz de la lámpara.
—La tiene encerrada en su palacio de cristal —siseó Nikos —Mis informantes dicen que la suite real es ahora su prisión. Tú y yo sabemos lo que Amir hace con lo que considera "suyo". La romperá antes de que podamos llegar a ella.
—Ella es más fuerte de lo que crees —replicó Matteo, apretando la mandíbula —Pero tienes razón en algo, el tiempo corre en nuestra contra. Amir no la llevó a Dubái solo por su belleza. La quiere por lo que representa, por la llave que ella ni siquiera sabe que posee.
Nikos caminó por la habitación, impaciente como un depredador enjaulado. De repente, se detuvo y miró fijamente a su rival de toda la vida.
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Editado: 12.06.2026