Perseguida Entre Jeques y Magnates

11. Alianzas entre dos titanes

​—Esto me duele más que a ti, De Luca, pero solos no vamos a sacarla de allí —sentenció Nikos —Mi flota puede bloquear el puerto de Jebel Ali, y tus contactos pueden asfixiar sus inversiones en Europa. Pero para entrar en el corazón del complejo Al-Hadid, necesitamos un plan que no dependa de la fuerza bruta.
​—¿Estás sugiriendo una alianza? —preguntó Matteo, entornando los ojos con sospecha.
​—Sugiero una tregua —corrigió Nikos, inclinándose sobre la cama —Sacaremos a Elena de ese agujero de oro. Y una vez que esté a salvo, en suelo neutral, dejaremos que sea ella quien decida quién de nosotros merece estar a su lado. Pero si esperamos a que tú te recuperes del todo, lo único que rescataremos será su sombra.
​Matteo observó al griego, odiaba confiar en él, odiaba admitir que el hombre que había intentado hundir sus empresas durante años era ahora su único recurso. Sin embargo, la imagen de Elena subiendo al helicóptero de Amir, envuelta en esa capa oscura, era una herida que no cerraría hasta que la tuviera de vuelta.
​—Amir está organizando una gala para el Consejo de Estado —dijo Matteo finalmente, revelando la información que había obtenido a través de sus canales privados —Va a presentarla ante el mundo como su protegida. Será la única vez que Elena esté fuera de la Suite Real en un entorno donde no puede simplemente matarnos a todos sin causar un incidente internacional.
​Nikos sonrió, pero era una sonrisa carente de alegría. Era la sonrisa de un hombre que acababa de encontrar una grieta en una fortaleza inexpugnable.
​—Una gala… —murmuró Nikos —Me encantan las fiestas formales. Especialmente aquellas a las que no he sido invitado.
​—Prepárate, Stavros —advirtió Matteo —Porque entrar en Dubái para robarle algo al Emir es una sentencia de muerte.
​—Ya estoy muerto si no la recupero —respondió Nikos con una seriedad que dejó a Matteo sin palabras —Empecemos a mover las piezas. El desierto está a punto de recibir una visita que no olvidará.
​Mientras tanto, a miles de kilómetros de allí, Elena miraba el mismo horizonte, sin saber que los dos hombres que habían marcado su pasado estaban forjando un pacto de sangre para incendiar su presente.
La luz parpadeante de los monitores médicos proyectaba sombras alargadas sobre el rostro demacrado de Matteo, dándole el aspecto de un santo caído o de un demonio en tregua. Nikos, por el contrario, resplandecía bajo la iluminación artificial, una figura de pura energía cinética que parecía a punto de estallar.
​—Si ella paga las cenizas, nosotros seremos quienes las recojan —sentenció Nikos, acercándose a la cama de Matteo con una intensidad que hizo que el aire crujiera —He movido mis fichas. En este momento, dos de mis destructores privados están virando hacia el Estrecho de Ormuz. No es solo dinero, Matteo, es el mensaje. Le estoy diciendo a Amir que su desierto no es inexpugnable. El mar siempre termina por devorar la arena.
​Matteo soltó un quejido seco mientras intentaba acomodarse. Cada respiración era una puñalada de dolor, pero su mente funcionaba con la precisión de un reloj suizo.
—Tu fuerza bruta solo lo enfurecerá, Nikos. Conozco a los Al-Hadid desde que mi padre hacía negocios con el abuelo de Amir. Son hombres que prefieren ver sus pozos arder antes que ceder por la fuerza. La presión debe venir de dentro, de su propio Consejo de Estado.
​—¿Y cómo piensas lograr eso desde una cama de hospital en Atenas? —le recriminó el griego, cruzando los brazos sobre su pecho.
​—Porque el orgullo de un Emir es su talón de Aquiles —respondió Matteo, con los ojos grises brillando con una astucia letal —Ya he enviado los dossieres a las agencias de noticias en Milán y Londres. Mañana, los titulares no hablarán de petróleo; hablarán del "Secuestro de la Musa de Europa". Los inversores odian el escándalo, y los árabes odian la deshonra. Cuando su familia vea que su capricho por Elena pone en riesgo la fortuna de la dinastía, lo obligarán a negociar.
​Nikos soltó una carcajada amarga.
—Eres un iluso, italiano. Amir no la ve como un capricho, la ve como su redención. O como su mayor pecado. He visto cómo la mira. Es la misma mirada que tengo yo cuando veo una tormenta en el horizonte, miedo, respeto y un deseo irrefrenable de lanzarme hacia ella.
​—Entonces estamos de acuerdo —dijo Matteo, extendiendo una mano pálida hacia Nikos —Una tregua de sangre, usaremos tu flota para bloquearlo y mi influencia para desprestigiarlo. Pero en el momento en que ella salga de ese palacio, Nikos… en ese momento, tú y yo volvemos a ser enemigos.
​Nikos estrechó la mano de Matteo. La presión fue suficiente para hacer que el italiano apretara los dientes.
—Hecho. Pero recuerda esto, si Elena elige la libertad antes que a cualquiera de nosotros, no la detendré. Y tú tampoco lo harás.
Mientras los dos titanes forjaban su alianza en Atenas, Dubái se preparaba para el evento del siglo. El Palacio Al-Hadid estaba rodeado de un despliegue de seguridad que rivalizaba con una cumbre del G20. Helicópteros patrullaban el cielo nocturno y guardias con uniformes de gala, pero portando armas de última generación, flanqueaban cada entrada.
​Dentro de la Suite Real, Elena observaba su reflejo en el espejo de cuerpo entero. El vestido que Amir le había obligado a usar era una obra maestra de seda negra y diamantes incrustados que imitaban las constelaciones del desierto. El escote era profundo, y el cuello estaba adornado por un collar de zafiros que pesaba sobre su piel como una cadena de oro.
​La puerta se abrió y Amir entró. Se detuvo a observar el cuadro, la mujer más deseada del Mediterráneo, atrapada en el corazón de su imperio.
​—Estás exquisita —dijo Amir, caminando hacia ella. Su voz era como el terciopelo sobre el acero —El mundo está ahí fuera, esperando a ver qué es lo que ha hecho que el Emir de Dubái pierda el juicio.
​Elena se giró, sus ojos encendidos de una rabia que ni el maquillaje más caro podía ocultar.
—No han venido a verme a mí, Amir. Han venido a ver cuánto te ha costado comprarme, soy una prisionera con alto valor.




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