Perseguida Entre Jeques y Magnates

12. Juegos de tronos

Amir se rió, un sonido bajo y peligroso que hizo que Elena retrocediera hasta tocar el tocador.
—¿Prisionera? Mírate, Elena. Llevas más riqueza sobre tu cuerpo de la que la mayoría de la gente verá en diez vidas.
​—¡No soy un objeto de valor! —gritó Elena, golpeando la mesa —¡Soy una mujer! ¡Soy la hija de un hombre al que tú y tu familia destruyeron!
​Amir la tomó por los hombros, atrayéndola hacia su pecho con una fuerza que la dejó sin aliento.
—Tu padre era un necio que no sabía cuándo retirarse. Pero tú… tú eres diferente. Tienes el fuego del desierto en los ojos, Elena. Me importa una mierda el petróleo, me importan una mierda las acciones en Londres. Te tengo a ti. Y esta noche, cuando entremos en ese salón, le diré al mundo que eres mía. Por contrato, por deuda y, pronto, por voluntad propia.
​—Nunca será por voluntad propia —escupió Elena.
​Amir le acarició la mejilla con una ternura aterradora.
—El tiempo es el mejor aliado del cautiverio, habibti. Aprenderás a amarme porque soy el único que puede mantenerte a salvo de hombres como Nikos y Matteo, que solo te quieren para sus propios fines políticos. Yo te quiero porque eres la única verdad que me queda.
Mientras Amir y Elena se dirigían al Gran Salón, en los niveles inferiores del ala femenina, la atmósfera era eléctrica. Zahra, la concubina que una vez fue la favorita, sostenía un pequeño dispositivo de comunicación encriptado.
​—¿Están en posición? —susurró Zahra al intercomunicador.
​—Los infiltrados de Stavros han pasado el primer control vestidos como el personal de catering —respondió una voz distorsionada —Los hombres de De Luca están hackeando el sistema de seguridad de las cámaras. En diez minutos, el palacio entrará en un apagón selectivo.
​Zahra sonrió con una maldad purísima. Ella no quería que Elena fuera rescatada; quería que fuera ejecutada por traición.
—Asegúrense de que cuando las luces se apaguen, Elena parezca que está entregando el microfilm a los hombres de Stavros. Quiero que Amir la vea dándoles la espalda. Deseo que su amor se convierta en cenizas ante sus propios ojos.
​En el harén, las otras mujeres observaban a Zahra con una mezcla de miedo y respeto. Sabían que lo que estaba a punto de ocurrir cambiaría el destino de la familia Al-Hadid para siempre. El aire olía a incienso y a una conspiración que se había cocinado durante generaciones.
La Gala era un espectáculo de opulencia sin precedentes. Embajadores, magnates de la tecnología y familias reales de todo el mundo conversaban bajo lámparas de cristal que valían fortunas. Pero cuando las puertas dobles se abrieron y el Emir entró con Elena del brazo, el silencio fue absoluto.
​Elena caminaba con la cabeza alta, pero sus ojos buscaban desesperadamente una salida, una señal, un rostro familiar.
​De repente, entre la multitud de diplomáticos, divisó a un hombre alto, de hombros anchos y cabello oscuro, que sostenía una copa de champán con una elegancia que no encajaba con el entorno. Sus ojos verdes se cruzaron con los de ella por una fracción de segundo. Es Nikos entre los círculos de Amir.
​Elena sintió que el corazón le daba un vuelco. Él estaba allí. Arriesgando su vida, y su cordura para entrar en la guarida del león.
​Pero justo cuando iba a hacer un gesto, el sistema de sonido del palacio emitió un chirrido agudo. Las luces parpadearon una, dos veces, y luego la oscuridad total envolvió el salón.
​Los gritos de sorpresa estallaron de inmediato. En medio de la negrura, Elena sintió una mano fuerte agarrar su muñeca. No era la mano de Amir. Era una mano que olía a salitre y a libertad.
​—No digas nada, mélissa —susurró la voz de Nikos en su oído —Hemos venido a por ti.
​—¿Hemos? —alcanzó a preguntar Elena.
​En ese momento, una bengala roja iluminó el centro del salón, revelando a otra figura que emergía de entre los invitados, con un arma silenciada en la mano y la mirada gris de un lobo hambriento.
​Matteo De Luca estaba allí, de pie entre el caos, sangrando bajo su traje de gala pero con una determinación que helaba la sangre.
​—Suéltala, Stavros —ordenó Matteo, apuntando no a los guardias, sino al propio Nikos —Ella viene conmigo.
​—¡Sobre mi cadáver, italiano! —rugió Nikos, protegiendo a Elena con su cuerpo.
​En el estrado, la voz de Amir tronó sobre la confusión, cargada de una furia que parecía venir de las profundidades de la tierra.
—¡Guardias! ¡Cierren todas las salidas! ¡Nadie sale de este palacio con lo que es mío!
​La guerra política había terminado. La guerra de obsesión acababa de estallar en el corazón de Dubái. Tres hombres, tres imperios, y una sola mujer atrapada en el centro de un tiroteo que estaba a punto de incendiar el desierto entero. Elena miró a su alrededor, viendo cómo los tres hombres que juraban amarla la rodeaban como depredadores peleando por una presa, y en ese momento, una verdad amarga la golpeó.
​Ninguno de ellos la veía como Elena. Para ellos, ella era el premio final en una partida de ajedrez donde el mundo era el tablero.
​—¡Basta! —gritó Elena, su voz rompiéndose en la oscuridad —¡Si realmente me aman, dejen de intentar poseerme!
​Pero el sonido de las armas siendo amartilladas fue la única respuesta. La gala se había convertido en un campo de batalla, y la jaula del desierto estaba a punto de romperse, pero el precio del escape podría ser la destrucción de todo lo que Elena alguna vez conoció.
​La obsesión había llegado a su punto de no retorno. En los pasillos del palacio, el eco de los disparos se mezclaba con los gritos de Zahra, que celebraba el caos desde las sombras. El Emir, el Magnate y el Naviero estaban a punto de descubrir que cuando se juega con fuego en el desierto, lo único que queda al final son huesos y arena.
El salón, que minutos antes era el epítome de la sofisticación, se había transformado en una olla a presión. El aire olía a pólvora, a ozono por el fallo eléctrico y al perfume costoso de invitados que ahora se agazapaban contra las paredes, aterrorizados.
​Los guardias de la unidad de élite de los Al-Hadid formaron un anillo impenetrable. Eran sombras letales con armas automáticas apuntando directamente a las sábanas del pecho de Nikos y a la posición de Matteo.




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