Perseguida Entre Jeques y Magnates

13. Cenizas de Obsesión

Elena, atrapada en el epicentro, sentía el calor del cuerpo de Nikos tras ella y la mirada gélida de Amir frente a ella. Solo bastaba un leve movimiento de los dedos del "Rey del Desierto" para que el mármol se tiñera de un rojo irreversible.
​—¿No querrás convertir esta gala en una noche trágica, Amir? —dijo Nikos, su voz era un hilo de seda sobre una cuchilla. A pesar de tener una docena de láseres rojos bailando sobre su frente, no soltó la muñeca de Elena.
​Amir bajó lentamente el estrado, cada paso resonando como un veredicto. Su rostro no mostraba ira, sino algo mucho más aterrador: una decepción absoluta que se transformaba en crueldad.
​—La tragedia ocurrió en el momento en que pisaste mi suelo sin permiso, Nikos —respondió Amir, deteniéndose a solo tres metros. Luego, desvió su mirada hacia las sombras donde Matteo permanecía oculto —Y tú, De Luca... salir de una cama de hospital para morir en la arena no es la muerte heroica que imaginaba para un hombre de tu estirpe.
Matteo salió de la penumbra, con el arma firme a pesar de que el sudor de la fiebre y el dolor le perlaban la frente.
—Nadie tiene que morir hoy, Amir —dijo Matteo con la voz ronca —Solo déjala ir. El escándalo internacional de matar a dos de los hombres más poderosos de Europa en tu propia gala destruirá tu visión de Dubái para siempre. No puedes enterrar esto.
​Elena giró la cabeza, observando a los guardias. Sus dedos estaban tensos sobre los gatillos. Miró a Amir, buscando un rastro de aquel hombre que la había protegido en la montaña, pero solo encontró al soberano implacable.
​—¡Basta de hablar de mí como si fuera una moneda de cambio! —gritó Elena, logrando soltarse del agarre de Nikos y quedando en la tierra de nadie entre los tres hombres —Si disparan, me dispararán a mí también. ¿Es eso lo que quieren? ¿Poseer mi cadáver?
​Un silencio sepulcral cayó sobre el salón. Amir apretó la mandíbula, y por un segundo, la máscara de frialdad vaciló ante la visión de Elena interponiéndose entre las armas.
​—Haz que se bajen las armas, Amir —suplicó Elena, con los ojos empañados pero la voz firme —Si realmente dices que me proteges, no dejes que este lugar se convierta en un matadero.
​Amir levantó una mano, y con un gesto casi imperceptible, los guardias bajaron las bocas de sus rifles, aunque no se retiraron. El peligro no había pasado; solo había cambiado de forma.
​—Nikos, Matteo... han venido hasta aquí por ella —dijo Amir, guardando su propia arma con una lentitud tortuosa —Dicen que la aman, dicen que quieren su libertad. Pero ambos saben que afuera de estos muros, ella es un objetivo.
​Amir caminó hacia Elena y, ante la mirada furiosa de los otros dos, le tomó la mano.
—Hagamos un trato —propuso el Emir, mirando a sus rivales —Si Elena camina hacia esa puerta con alguno de ustedes, los dejaré salir del país sin que mis hombres los toquen. Pero si se queda, ustedes se marcharán y no volverán a pronunciar su nombre jamás.
​Nikos y Matteo intercambiaron una mirada de pura agonía. Era la apuesta definitiva. La libertad de Elena contra su obsesión.
​—Elena —dijo Matteo, dando un paso al frente, con la mano extendida —Ven conmigo. Tengo los archivos, tengo la forma de limpiar el nombre de tu padre. No necesitas vivir en una jaula, por muy de oro que sea.
​—Mélissa —intervino Nikos, con una urgencia que le rompía la voz —Mi barco está en el puerto. Podemos desaparecer. Sin deudas, sin pasados, solo tú y el mar. Sabes que conmigo nunca tendrás que bajar la cabeza.
​Elena miró a los tres. Amir, el hombre que le ofrecía un imperio a cambio de su sumisión; Matteo, el hombre que guardaba los secretos de su sangre; y Nikos, el caos que prometía libertad pero que siempre traía tormentas.
​Pero antes de que pudiera responder, un grito desgarrador provino del ala del harén. Una columna de humo negro comenzó a filtrarse por los conductos de ventilación del Gran Salón.
​Zahra había cumplido su amenaza. Si ella no podía tener al Emir, incendiaría el mundo que él estaba tratando de construir para otra.
​—¡Fuego! —gritó alguien entre la multitud.
​El pánico real estalló. En la confusión, la mano de Elena fue soltada. En medio del humo y los gritos, ella se dio cuenta de que esta no era solo una guerra entre hombres... era el momento en que la jaula del desierto empezaba a arder de verdad.
El caos fue inmediato. El humo denso, con un olor químico a alfombras de seda y aceites de nardo quemados, descendió desde las cúpulas del salón como una mortaja negra. Los invitados de la alta sociedad, que hace un momento eran la personificación de la elegancia, se convirtieron en una masa desesperada que empujaba hacia las salidas.
​Amir reaccionó con la velocidad de un depredador. Ignorando a Nikos y a Matteo, rodeó la cintura de Elena con un brazo de hierro.
​—¡Saquen a todos por el ala norte! —bramó el Emir a sus guardias, quienes intentaban mantener el orden en medio de la visibilidad nula —¡Activen los protocolos de supresión de incendios en el harén!
​Nikos no se quedó atrás. El humo era su aliado natural, un velo que eliminaba la ventaja numérica de los guardias. Se lanzó hacia adelante, tratando de arrebatar a Elena del agarre de Amir.
—¡No te la llevarás a sus mazmorras otra vez, Al-Hadid! —rugió Nikos, lanzando un puñetazo que el Emir esquivó por milímetros sin soltar a la mujer.
​Matteo, debilitado por sus heridas pero impulsado por una adrenalina puramente suicida, se interpuso entre los guardias que intentaban reagruparse. Disparó al aire, provocando que los soldados se cubrieran, ganando segundos vitales.
—¡Elena, corre hacia el balcón! —gritó Matteo, tosiendo violentamente por el humo que laceraba sus pulmones —¡El sistema de ventilación está colapsando, el techo no aguantará!
Elena se sentía como si estuviera en el epicentro de un huracán. El calor empezaba a ser insoportable.




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