Miró hacia arriba y vio cómo las enormes lámparas de cristal oscilaban peligrosamente mientras las vigas de madera noble crujían bajo el asedio de las llamas que Zahra había provocado.
—¡Déjenme! —gritó Elena, logrando zafarse de Amir en el momento en que una parte del techo colapsó entre ellos, creando una barrera de escombros ardientes—. ¡Todos van a morir si no dejan de pelear por quién me posee!
La imagen era dantesca. Amir a un lado del fuego, con el rostro iluminado por las llamas y la corona de su imperio desmoronándose. Nikos al otro, con la ropa de gala desgarrada y la mirada de un hombre que ha perdido el juicio. Y Matteo, cayendo de rodillas mientras la herida de su costado comenzaba a manchar de carmesí el mármol blanco.
En ese momento de terror puro, Elena no miró hacia la salida. Miró hacia el ala del harén. Sabía que Layla y las otras mujeres estaban atrapadas en el epicentro del incendio iniciado por el despecho de Zahra.
—¡Layla! —exclamó Elena.
Sin pensarlo, se rasgó el bajo del vestido de seda para poder moverse con libertad y corrió en dirección contraria a la seguridad, internándose en el humo hacia las habitaciones de las mujeres.
—¡Elena, vuelve! —la voz de Amir sonó desesperada, despojada de toda su arrogancia real. Por primera vez en su vida, el Emir de Dubái sintió el verdadero significado de la palabra pérdida.
Nikos y Matteo, viendo que la mujer que amaban se lanzaba hacia una muerte segura por salvar a otros, intercambiaron una última mirada de rivalidad. No hubo palabras. El griego saltó sobre las llamas para seguirla, y el italiano, reuniendo sus últimas fuerzas, comenzó a despejar el camino con su arma.
La Gala de Oro se había convertido en un infierno de cenizas. Los tres hombres más poderosos del mundo de Elena ahora no luchaban por un contrato o un archivo encriptado. Luchaban contra el tiempo y el fuego para no dejar que la luz de Elena se apagara en el corazón del desierto.
En el fondo del pasillo, Zahra observaba desde las sombras, con el rostro deformado por una sonrisa de triunfo maníaco. No le importaba arder, siempre y cuando Elena Rossi ardiera con ella.
El humo negro se arremolinaba en el Gran Salón, convirtiendo la opulencia en una trampa mortal. Nikos, con los pulmones ardiendo, logró alcanzar a Elena justo antes de que ella se internara en el ala del harén. La tomó del brazo con desesperación, pero ella se soltó con una fuerza nacida del pánico y la determinación.
—¡Vete, Nikos! ¡Están atrapadas! —gritó Elena antes de desaparecer tras una cortina de chispas y ceniza.
Nikos estuvo a punto de lanzarse tras ella, pero un gemido de dolor a sus espaldas lo detuvo. Al girarse, vio a Matteo colapsar. La herida del italiano se había abierto y la sangre empapaba su camisa de gala; sus ojos estaban nublados, perdiendo el conocimiento en medio del caos.
Nikos maldijo en griego, mirando la dirección por la que Elena se había ido y luego al hombre que había sido su rival de toda la vida. Sabía que si intentaba entrar por Elena ahora, cargando con un Matteo moribundo, los tres perecerían. Con una decisión pragmática y amarga, Nikos cargó a Matteo sobre sus hombros.
—Volveré por ti, mélissa. Lo juro por mi vida —susurró hacia las llamas.
Aprovechando que los guardias de Amir estaban distraídos conteniendo a la multitud y combatiendo el fuego, Nikos se abrió paso hacia las salidas de servicio. Su prioridad ahora era poner a Matteo a salvo y sacar sus activos de Dubái; no podían rescatar a nadie si terminaban muertos o en una celda subterránea. Debían reagruparse lejos del alcance del Emir para lanzar un ataque final y definitivo.
Mientras tanto, en el corazón del harén, el escenario era dantesco. Elena llegó al patio central solo para encontrarse con una muralla de fuego que devoraba las cortinas de seda y las vigas de madera tallada.
—¡Layla! ¡Zahra! —clamó Elena, cubriéndose la boca con un trozo de su vestido.
Al otro lado de la barrera de llamas, pudo distinguir a las mujeres del harén. Estaban agrupadas en el centro de la estancia, llorando y rezando. La puerta principal del ala femenina había sido bloqueada desde fuera, y el fuego rodeaba la única salida hacia los jardines.
Layla, al ver a Elena entre el humo, estiró la mano con terror.
—¡No puede pasar, Saidi! ¡El techo va a caer!
Elena buscó desesperadamente a su alrededor. Vio una de las pesadas fuentes de mármol que aún contenía agua. Sin pensarlo dos veces, comenzó a empapar las alfombras que no se habían quemado, tratando de crear un camino húmedo sobre el suelo ardiente.
Desde el piso superior, Zahra observaba la escena con una mirada vacía. Había iniciado el incendio para destruir a Elena, pero las llamas no distinguían entre rivales y aliadas. El fuego que ella misma había encendido ahora la rodeaba, dejándola atrapada en su propio odio.
—¡Amir! —el grito de Elena resonó con fuerza, esperando que el Emir, quien conocía cada rincón de su palacio, apareciera entre el humo para salvar lo que decía amar —¡Ayúdanos!
En ese momento, una viga maestra cedió sobre la entrada, sellando casi por completo el acceso al harén. Elena se quedó del lado de las llamas, mirando a Layla y a las demás mujeres. El lujo se había convertido en cenizas, y en medio del desastre, la fotógrafa comprendió que ya no era una prisionera de Amir, sino la única esperanza de aquellas que el mundo había olvidado.
El calor era una entidad viva, una presión física que amenazaba con derretir los zafiros sobre el pecho de Elena. El aire se había vuelto irrespirable, una mezcla tóxica de seda quemada y barniz antiguo. A través del rugido de las llamas, los gritos de las mujeres del harén se volvieron más agudos, una sinfonía de terror que golpeaba los oídos de Elena con más fuerza que el estruendo de las vigas colapsando.
—¡Busquen las mantas! —gritó Elena, su voz desgarrándose por el humo —¡Empápenlas en la fuente! ¡Ahora!
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Editado: 27.06.2026