Layla, con los ojos desorbitados por el miedo, fue la primera en reaccionar. Arrastró las pesadas telas de terciopelo hacia el agua, mientras las otras concubinas, despojadas de su altivez y convertidas en seres vulnerables, la imitaban con movimientos erráticos. Elena, del otro lado de la barrera de fuego, buscaba frenéticamente algo para derribar la viga que bloqueaba el paso.
De repente, una figura emergió de entre las sombras del pasillo. No era un guardia, ni era Nikos regresando por ella. Era Amir.
El Emir estaba irreconocible. Su túnica estaba manchada de hollín y su rostro, siempre impecable, mostraba las huellas del combate y la ceniza. Sus ojos se fijaron en Elena con una mezcla de alivio y furia pura.
—¡Sal de aquí, Elena! —ordenó Amir, su voz tronando sobre el crepitar del incendio—. ¡El ala este va a colapsar en minutos!
—¡No me voy sin ellas! —replicó Elena, señalando hacia el grupo de mujeres atrapadas—. ¡Tú las encerraste aquí, Amir! ¡Este es tu palacio, estas son tus leyes! ¡Sálvalas!
Amir miró a las mujeres tras el muro de fuego. Por un segundo, la frialdad del soberano luchó contra el hombre que veía su imperio desmoronarse. No era solo el fuego lo que consumía el harén; era el fin de una era. Con un rugido de esfuerzo, Amir se lanzó contra la viga ardiente, usando una barra de metal que había recogido en el camino para hacer palanca. Los músculos de sus brazos se tensaron hasta el límite mientras el fuego lamía su piel.
Mientras tanto, en las afueras del palacio, el caos era absoluto. Nikos corría por los jardines privados, cargando el cuerpo casi inerte de Matteo. El aire fresco de la noche de Dubái golpeó sus rostros, pero no trajo alivio.
—Resiste, italiano... no te mueras ahora que te necesito para odiarte —gruñó Nikos, depositando a Matteo en el asiento trasero de un vehículo de lujo que había "requisado" a punta de pistola a uno de los invitados que huía.
Nikos arrancó el motor, haciendo rechinar los neumáticos sobre el pavimento decorado. Mientras se alejaba, miró por el espejo retrovisor. El palacio Al-Hadid, la joya del desierto, era una pira funeraria de mármol y luz. Una parte de él quería dar media vuelta, entrar y sacar a Elena a rastras, pero su mente estratégica ganaba la batalla: si Amir sobrevivía, los buscaría por todo el globo. Si moría, el vacío de poder en Dubái sería un campo de minas.
—Primero te pondré a salvo a ti —dijo Nikos, mirando a un Matteo inconsciente—. Luego, quemaremos el resto del mundo para sacarla de allí. Emir Al-Hadid aún no sabe lo que es perderlo todo.
Dentro del harén, el techo soltó un quejido agónico. Amir logró desplazar la viga lo suficiente para crear un hueco.
—¡Pasen! ¡Rápido! —gritó Elena, extendiendo las manos para ayudar a Layla a cruzar el umbral ardiente.
Una a una, las mujeres cruzaron, con las mantas húmedas protegiendo sus pieles. Pero cuando faltaba la última, un estallido de cristal resonó desde arriba.
Pero cuando solo quedaba la última de ellas, Amina, un estallido de cristal resonó desde las alturas. Zahra, rodeada por un anillo de fuego en el balcón superior y con la mirada perdida en la locura, soltó una carcajada que se convirtió en una tos violenta.
—¡Ella no saldrá! —gritó Zahra, señalando a Elena con un dedo acusador —¡Si yo no soy la reina, nadie lo será!
Con un último acto de despecho, Zahra se lanzó hacia adelante, arrastrando consigo una pesada cortina en llamas. La tela encendida cayó como una cascada de lava directamente sobre el camino de salida, bloqueándolo de nuevo y atrapando a la asustada Amina del otro lado.
—¡Amina! —exclamó Elena, intentando abalanzarse sobre el fuego para alcanzarla.
Amir agarró a Elena por la cintura, tirando de ella hacia atrás con una fuerza bruta justo cuando una lluvia de escombros caía donde ella estaba parada hace un segundo. El fuego ahora los separaba de la salida principal y de la joven concubina que lloraba al otro lado. Estaban atrapados en el corazón del incendio, y el oxígeno se agotaba rápidamente, reemplazado por el hedor a muerte y lujo calcinado.
—Mírame, Elena —dijo Amir, tomándole el rostro con sus manos sucias de carbón. El calor era tan intenso que el collar de zafiros parecía querer fundirse contra la piel de ella —Si este es el final, quiero que sepas que nunca fuiste una prisionera para mí. Eras la única forma que tenía de no perderme a mí mismo en este desierto de ambición.
Elena miró al hombre que lo tenía todo y que ahora no tenía nada más que las llamas y su propia obsesión.
—Entonces sácanos de aquí, Amir —sentenció Elena, con la mirada fija en las llamas que consumían su pasado —Demuéstrame que eres más que un hombre que construye jaulas. Demuéstrame que puedes salvar lo que queda de nosotros.
Amir asintió, su mirada recuperando esa determinación implacable que lo había convertido en el soberano más temido. La tomó de la mano, apretándola con una firmeza que prometía no soltarla nunca, y se dirigieron hacia los túneles inferiores, el único lugar donde el fuego aún no había reclamado su reino, dejando atrás el eco de los gritos de Amina desapareciendo entre las cenizas.
El humo se volvía más espeso, una garra negra que asfixiaba los pulmones. Elena vio a través del muro de fuego cómo Amina caía de rodillas, sollozando, con el rostro iluminado por el resplandor naranja de las cortinas que Zahra había derribado. La joven concubina no tenía la malicia de las otras; era apenas una sombra silenciosa que siempre le había llevado agua a Elena en las tardes de calor, y verla allí, a punto de ser consumida, rompió algo dentro de la fotógrafa.
—¡No la dejes morir, Amir! —suplicó Elena, tirando de la túnica del Emir —¡Ella no tiene la culpa de tu guerra con los De Luca o los Stavros!
Amir miró el fuego y luego a Elena. El conflicto en sus ojos era evidente: salvar a la mujer que amaba o arriesgarse por una pieza prescindible de su harén. Pero al ver la determinación casi suicida en el rostro de Elena, Amir comprendió que si Amina moría, él perdería a Elena para siempre, no por las llamas, sino por el desprecio.
Con un rugido que superó el crujido de las vigas, Amir se envolvió el brazo con el resto de su túnica empapada y atravesó la barrera de fuego. Elena contuvo el aliento. Fueron apenas segundos, pero parecieron una eternidad de chispas y calor insoportable. Amir emergió de las llamas cargando el cuerpo menudo de Amina, cuyo vestido comenzaba a humear.
—¡Corre, Elena! ¡Hacia las catacumbas! —ordenó Amir, su voz ahora rasposa por el humo.
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Editado: 27.06.2026