Perseguida Entre Jeques y Magnates

16. El Despertar en el Mar

Mientras el palacio ardía, un vehículo negro se deslizaba a toda velocidad por las carreteras secundarias hacia el puerto privado de Jebel Ali. En el interior, el silencio era solo interrumpido por la respiración errática de Matteo.
​Nikos conducía con una mano, mientras con la otra presionaba un vendaje improvisado sobre el costado del italiano. El odio que sentía por él seguía allí, pero la necesidad de sacarlo vivo era una cuestión de honor... y de estrategia.
​—No te mueras todavía, De Luca —gruñó Nikos, mirando por el retrovisor hacia el resplandor naranja que devoraba el horizonte —Si mueres, no habrá nadie que me ayude a desmantelar la red financiera de los Al-Hadid. Solo tú tienes las claves de sus cuentas en Suiza.
​Matteo abrió los ojos con dificultad, enfocando apenas la silueta del griego.
—¿Y... Elena? —susurró con un hilo de voz.
​—Está con él —respondió Nikos, y el volante crujió bajo su agarre —El palacio es un infierno, pero Elena es astuta. Si Amir quiere conservarla, tendrá que sacarla de allí. Mi barco está listo. Cruzaremos a aguas internacionales y desde allí lanzaremos el ataque mediático que planeaste.
​Nikos se detuvo frente a un yate de lujo que ronroneaba en la oscuridad. Sus hombres salieron a recibirlo, cargando a Matteo hacia la enfermería de a bordo. Antes de subir, Nikos miró hacia el desierto una última vez.
​—Disfruta tu victoria de cenizas, Amir —murmuró —Porque mañana, el mundo entero sabrá que tu paraíso es una pira funeraria.
Bajo el palacio, el aire era más frío, pero el sonido del incendio seguía vibrando en las paredes de piedra. Amir, Elena y la inconsciente Amina avanzaban por un pasadizo estrecho que olía a tierra y a siglos de secretos.
​—¿A dónde lleva esto? —preguntó Elena, sosteniéndose de las paredes húmedas.
​—A las antiguas cisternas —respondió Amir, sin detenerse —Desde allí hay una salida que da directamente a las caballerizas reales. Pero debemos darnos prisa. Si el Gran Salón colapsa, el peso del mármol sellará estos túneles.
​Elena miró a Amir. Él caminaba con dificultad, y notó que el costado de su túnica estaba quemado, revelando una herida en su brazo. A pesar de todo, él no soltaba a Amina. En ese túnel oscuro, despojado de sus guardias y de su trono de oro, Amir Al-Hadid no parecía un Emir. Parecía un hombre desesperado por salvar lo único que le daba sentido a su existencia.
​De pronto, un sonido metálico resonó al final del túnel. Alguien estaba abriendo la pesada puerta de hierro desde el otro lado.
​Amir se tensó, bajando a Amina al suelo y colocándose delante de Elena, con los puños cerrados.
​—¿Quién está ahí? —bramó el Emir, su voz resonando en la bóveda.
​Una silueta emergió de la penumbra, sosteniendo una linterna de alta potencia. No era un enemigo, pero su presencia era igualmente inquietante. Era el Viejo Kassim, el cuidador de los archivos secretos del palacio, el mismo que le había dado a Elena la información sobre su padre.
​—El palacio ha caído, Mi Señor —dijo Kassim con una tristeza profunda —Los hombres de Stavros han bloqueado las carreteras principales. Pero tengo un vehículo esperando en la salida del desierto.
​Amir asintió, pero antes de seguir, miró a Elena.
—Tienes una oportunidad, Elena. En la confusión, puedo dejar que Kassim te lleve a la embajada italiana. Podrías ser libre esta misma noche.
​Elena miró a la herida Amina, miró al Emir que sangraba por ella, y luego recordó la nota que aún llevaba en el bolsillo "Él no es quien crees". El misterio de su padre, la traición de Zahra y la guerra que Nikos y Matteo habían desatado estaban entrelazados en este hombre frente a ella.
​—No voy a huir en medio de la noche como una ladrona, Amir —respondió Elena, con una fuerza que lo sorprendió —Me llevarás al desierto. Me dirás la verdad completa sobre mi padre. Y luego, y solo entonces, yo decidiré si esta jaula se abre o si me quedo a ver cómo reconstruyes tu reino.
​Amir sonrió por primera vez, una sonrisa amarga y orgullosa.
—Entonces bienvenida al verdadero desierto, Elena Rossi. Donde no hay oro, solo arena y sangre.
El túnel parecía estrecharse con cada paso, como si las entrañas del palacio estuvieran colapsando bajo el peso del incendio superior. El humo, aunque menos denso, se filtraba por las grietas del techo, creando una neblina fantasmal que bailaba bajo la luz de la linterna de Kassim.
​Amir avanzaba con paso pesado, cargando a Amina con una fuerza que desafiaba su propio cansancio. A su lado, Elena caminaba con la mirada fija al frente, sintiendo el roce de la seda quemada de su vestido contra sus piernas. El silencio solo era roto por el eco de sus botas y el goteo constante de las cisternas.
​A kilómetros de allí, el yate de Nikos cortaba las aguas del Golfo con una ferocidad necesaria. En la enfermería de a bordo, el olor a antiséptico había reemplazado al del humo. Matteo abrió los ojos, soltando un gemido ahogado cuando el dolor en su costado lo golpeó como una maza.
​—No te muevas, idiota —la voz de Nikos era áspera, pero había un matiz de alivio oculto tras su sarcasmo. Estaba sentado en un taburete de metal, limpiándose la sangre de las manos con un paño —Mis hombres te han cosido. Otra pulgada más y el Emir te habría enviado directamente al infierno.
​Matteo intentó enfocar la vista. La habitación se balanceaba suavemente.
—¿Elena? —logró articular, su voz apenas un susurro.
​Nikos dejó el paño y se levantó, caminando hacia el ojo de buey. El resplandor naranja del palacio Al-Hadid aún era visible en el horizonte, una herida de fuego en la noche.
—Se quedó. Por voluntad propia o por honor, no lo sé —Nikos apretó los dientes —El palacio es una pira, Matteo. Pero mis informantes dicen que Amir conocía rutas de escape que no están en los mapas oficiales. Si sobrevivieron, están en el desierto profundo.
Matteo cerró los ojos, apretando las sábanas.
—Él no la dejará ir ahora. Usará el ataque como excusa para esconderla del mundo. Tenemos que mover la prensa, Nikos. Que el mundo crea que ella murió en el incendio... o que él la asesinó.
​—Ya está hecho —respondió Nikos con una sonrisa gélida —Para mañana, Amir Al-Hadid no será un Emir; será un paria internacional. Pero mientras el mundo lo juzga, nosotros lo cazaremos.




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