Kassim se detuvo frente a una pesada losa de piedra que parecía parte de la base de la montaña. Con un esfuerzo coordinado entre él y Amir, la piedra cedió, revelando una ráfaga de aire seco y frío que golpeó el rostro de Elena con la fuerza de una bofetada.
Habían salido a un desfiladero oculto, lejos de las luces del palacio y de las sirenas de emergencia que ahora rodeaban el complejo. Allí, un vehículo todoterreno de color arena esperaba, casi invisible bajo las estrellas.
Amir depositó a Amina con cuidado en el asiento trasero. La joven respiraba con dificultad, pero estaba viva. Luego, se giró hacia Elena, sus ojos, antes llenos de la arrogancia de un rey, ahora solo reflejaban la vulnerabilidad de un hombre que lo había perdido todo en una sola noche.
—Kassim la llevará a una clínica segura en el oasis de Al-Maha —dijo Amir, refiriéndose a Amina —Nadie la buscará allí.
—¿Y nosotros? —preguntó Elena, abrazándose a sí misma para protegerse del frío nocturno.
Amir señaló hacia el horizonte infinito, donde las dunas se alzaban como gigantes dormidos.
—Iremos al refugio de mi abuelo. Es el único lugar donde ni los satélites de Stavros ni los espías de De Luca pueden mirar. Allí, Elena, no habrá palacios, ni vestidos de seda, ni mentiras diplomáticas.
Él se acercó a ella, rompiendo la distancia de seguridad. El olor a humo y a sangre emanaba de su traje destrozado, pero su presencia seguía siendo magnética.
—Me pediste la verdad sobre tu padre. Te la daré. Pero debes saber que esa verdad es un desierto en sí misma, no hay sombra donde esconderse de lo que vas a escuchar.
El motor del todoterreno rugía mientras devoraba las dunas, un sonido que para Elena se sentía como el único latido de un mundo que acababa de morir. El resplandor naranja del palacio desapareció finalmente tras una montaña de arena, dejando que la oscuridad del desierto profundo los envolviera.
Amir mantenía las manos firmes sobre el volante, pero sus nudillos estaban blancos. El silencio en la cabina era denso, cargado de una tensión que superaba el cansancio físico. Sus pensamientos no lo abandonaban, el incendio no había sido un accidente, ni un simple ataque externo de Nikos o Matteo. Había una precisión quirúrgica en cómo el fuego se había centrado en el harén. Una inquietud amarga le recorría la espina dorsal; en su mundo, las coincidencias eran solo planes que aún no se habían descubierto.
—Adar se encargará de ellas —dijo Amir de repente, rompiendo el silencio con una voz que sonaba a ceniza —Mis mujeres están bajo su custodia. Estarán a salvo en el complejo del este.
Elena giró la cabeza para mirarlo. El perfil de Amir, iluminado tenuemente por las luces del tablero, parecía tallado en piedra.
—¿Incluso Zahra? —preguntó ella, con una nota de escepticismo —Ella intentó matarnos, Amir. Ella bloqueó la salida.
Amir apretó la mandíbula.
—Incluso Zahra. En el desierto, la traición se paga con sangre, pero el deshonor de dejar morir a alguien de mi propia casa es un precio que no estoy dispuesto a pagar... todavía.
A kilómetros de distancia, un convoy de tres camionetas blindadas cruzaba una ruta de tierra batida. En la segunda unidad, el ambiente era radicalmente distinto. Adar, el jefe de la guardia personal y el hombre que conocía los secretos más oscuros de la familia Al-Hadid, conducía con una calma imperturbable.
En el asiento trasero, Zahra se limpiaba con rabia una mancha de hollín en su brazo. Sus joyas, las mismas que Amir le había regalado en noches de favor, brillaban bajo la luz de cortesía del vehículo, pero su rostro era una máscara de despecho.
—Adar, ¿dónde está el Emir? —preguntó ella, su voz aguda y cargada de una molestia que apenas ocultaba su ansiedad.
Adar la observó un segundo por el espejo retrovisor. Sus ojos fríos no mostraron ni simpatía ni condena. Luego, volvió a fijar la vista en la carretera desolada.
—Mi señora, créame, el Emir se encuentra bien —contestó con voz monótona.
—¿Bien? —rio Zahra con amargura —¡El palacio está ardiendo! Esa fotógrafa extranjera lo ha hechizado. Lo ha llevado directo a las llamas y ahora él está por ahí, solo con ella, mientras a nosotras nos escoltan como si fuéramos equipaje. ¡Exijo que volvamos!
Adar no se inmutó. Sabía que su respuesta no la calmaría, pero tampoco le importaba. Él tenía órdenes directas, y entre esas órdenes estaba mantener a Zahra aislada.
—El Emir tiene asuntos que resolver en la soledad del desierto, señora. Su seguridad es mi única prioridad ahora. Le sugiero que guarde sus fuerzas; el refugio al que vamos no tiene los lujos a los que está acostumbrada.
Zahra se cruzó de brazos, mirando por la ventana hacia la negrura absoluta. No era solo rabia lo que sentía; era un miedo visceral. Ella sabía que si Elena y Amir sobrevivían a esa noche y hablaban, su cabeza sería la próxima en caer. Pero mientras Adar manejaba, ella comenzó a notar algo extraño. El convoy no se dirigía hacia el complejo del este. Estaban girando hacia el norte, hacia las tierras baldías donde el clan de Adar tenía sus propias fortalezas.
De vuelta en el vehículo de Amir, Elena seguía sosteniendo la nota. El papel ya estaba húmedo por el sudor de sus manos.
—Dijiste que fue un fantasma —insistió Elena —Dijiste que fue el hombre que te enseñó que el amor es una debilidad. ¿Quién es, Amir? ¿Es el mismo hombre que destruyó a mi padre?
Amir redujo la velocidad. El todoterreno trepó la cresta de una duna gigante y se detuvo. El motor quedó al ralentí, un ronroneo suave bajo el cielo infinito de estrellas. Él se giró hacia ella, y por primera vez en toda la noche, Elena vio miedo en sus ojos. No miedo a la muerte, sino miedo a la verdad.
—Tu padre no fue destruido por mi familia, Elena. Fue traicionado por el suyo —soltó Amir, su voz apenas un susurro —El hombre que entró en tu cuarto, el que escribió esa nota, es el mismo que orquestó la caída de la empresa de tu familia para quedarse con los archivos que tú ahora proteges.
Elena sintió que el aire se le escapaba.
—¿De qué estás hablando? Mi padre murió solo, arruinado...
—Tu padre murió creyendo que yo era su enemigo —continuó Amir, apretando el volante —Pero el "fantasma" que entró en tu habitación es alguien que creías muerto. Alguien que Nikos y Matteo también conocen. Alguien que ha estado jugando con los tres desde el principio para que nos destruyamos entre nosotros y le dejemos el camino libre.
Elena apretó la nota con fuerza. Las piezas del rompecabezas empezaban a encajar de una forma aterradora. La guerra de los tres hombres, el incendio, la obsesión... todo era una distracción.
—Dime su nombre —exigió Elena, con un hilo de voz.
Amir miró hacia el horizonte oscuro, donde las sombras del desierto parecían cobrar vida.
—Se hace llamar El Intruso ahora, pero tú lo conocías como el socio más fiel de tu padre. El hombre que te vio crecer.
En ese momento, el teléfono satelital de Amir vibró. Era un mensaje de Adar, pero no era el código de seguridad habitual. El mensaje contenía solo una ubicación y una palabra que hizo que a Amir se le helara la sangre, "Zahra lo sabe".
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Editado: 27.06.2026