—Está estable —dijo el médico, secándose el sudor de la frente —Tuvimos que extraer la bala y reparar una arteria, pero es un hombre fuerte. Despertará en unas horas.
Nikos soltó un aire que no sabía que estaba reteniendo. No era afecto lo que sentía, sino una fría necesidad de justicia. Entró en la habitación de la unidad de cuidados intensivos y vio a Matteo conectado a una red de cables y tubos.
—Ya lo oíste, italiano. Vas a vivir —dijo Nikos, sentándose junto a la cama —Pero más te vale despertar pronto. Amir se ha llevado a Elena al desierto, y mis satélites han detectado movimiento en las fronteras. No somos los únicos que la buscan.
De repente, la mano de Matteo se movió levemente, buscando la de Nikos. El griego frunció el ceño, pero permitió el contacto. Matteo abrió los ojos apenas un milímetro, sus labios moviéndose sin emitir sonido.
Nikos se inclinó, pegando el oído a la boca del italiano.
—Varga... —susurró Matteo con un esfuerzo sobrehumano —Nikos... Varga está vivo. No confíes... en nadie... en Dubái.
Nikos se enderezó, sintiendo un escalofrío. Si Matteo, quien siempre había sido el más informado de los tres, confirmaba lo que Amir le estaba diciendo a Elena en ese mismo momento, significaba que la guerra apenas comenzaba. Los tres hombres ya no peleaban por una mujer o un negocio; peleaban contra un fantasma que quería destruirlos a todos.
La luz del amanecer no trajo claridad, sino un resplandor cobrizo que hacía que el desierto pareciera estar empapado en sangre. Dentro del refugio de piedra, el silencio fue abruptamente roto por el zumbido de una tableta satelital que Amir había extraído de un compartimento oculto bajo el suelo.
No necesitó encender la radio para saber que el mundo estaba ardiendo. Las notificaciones inundaban la pantalla en una cascada de titulares en rojo, negro y dorado.
En los rascacielos de cristal de Londres, en las oficinas de la inteligencia italiana en Roma y en los salones de té de Estambul, solo había un nombre en las pantallas: Amir Al-Hadid.
—Mira esto —murmuró Amir, extendiendo la tableta hacia Elena.
El titular de la BBC World parpadeaba con una urgencia aterradora.
"ATENTADO EN DUBÁI, EL PALACIO AL-HADID EN LLAMAS. SE TEME POR LA VIDA DEL EMIR Y SU NUEVA CONCUBINA."
La noticia no se detenía ahí. En cuestión de horas, el relato había sido moldeado por manos invisibles. La cadena Al-Jazeera mostraba imágenes granuladas tomadas por drones civiles del incendio devorando el ala del harén. Pero lo más impactante era la narrativa que Matteo había logrado filtrar antes de colapsar, se hablaba de una "insurrección interna" y de cómo la presencia de una ciudadana europea, Elena Rossi, había sido el detonante de una guerra civil latente.
—Nos están convirtiendo en mártires o en criminales, dependiendo de quién lea la noticia —dijo Elena, recorriendo con el dedo la pantalla. Su propio rostro, una foto de sus días como fotógrafa en Milán, aparecía junto a la de Amir —Dicen que fuiste tú quien inició el fuego para ocultar un golpe de estado.
—Es Varga —gruñó Amir, golpeando la mesa de madera —Está usando el caos para que el Consejo de Estado me declare incapacitado. Si el mundo cree que estoy muerto o que he perdido el juicio por una mujer, mis activos serán congelados y él podrá absorberlos a través de sus empresas fachada.
La televisión satelital mostraba ahora a un analista político internacional.
"La desaparición de Elena Rossi, la supuesta nueva favorita del Emir, ha puesto a Italia en alerta máxima. Fuentes cercanas sugieren que ella poseía información sensible que ponía en riesgo la estabilidad energética de la región. El atentado no fue contra un hombre, sino contra la verdad que ella portaba".
Mientras las noticias ponían al mundo en vilo, en la habitación 402 del hospital privado, el aire estaba cargado de la tensión de los secretos. Matteo finalmente había abierto los ojos por completo. Su mano buscó instintivamente el costado de su cama, encontrando el metal frío en lugar de su arma.
—Despiertas justo a tiempo para ver el funeral de tu reputación, De Luca —dijo Nikos, que no se había movido de la silla. Tenía un televisor frente a él, mostrando la misma noticia del atentado.
Matteo tosió, sintiendo que el pecho le ardía, pero su mente ya estaba calculando.
—Las noticias... —susurró Matteo —Son demasiado precisas. Varga está moviendo los hilos de la prensa. Quiere que el mundo crea que Elena ha muerto para que, cuando la encuentre, nadie la busque.
Nikos se levantó y caminó hasta la cama de Matteo. La rivalidad de años parecía un juego de niños comparada con la gravedad de la situación.
—Mis barcos han sido incautados bajo la sospecha de haber transportado a los terroristas que quemaron el palacio —dijo Nikos con una calma aterradora —Estoy perdiendo millones por minuto, Matteo. Y tú... tú eres oficialmente un hombre buscado por la Interpol por tu supuesta implicación en el suministro de armas para el atentado.
Matteo soltó una risa amarga que terminó en una mueca de dolor.
—Varga nos ha tendido la trampa perfecta. Nos dio a Elena para que nos peleáramos por ella mientras él preparaba el cerillo para quemarnos a todos.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Nikos, inclinándose sobre él —No puedo volver a mis barcos y tú no puedes volver a Italia.
—Hacer lo que mejor sabemos hacer —respondió Matteo, sus ojos azules recuperando su brillo depredador —Dejar de pelear por quién la posee y empezar a pelear por quién la mantiene viva. Necesitamos contactar a Adar. Él es el único que sabe dónde Amir esconde sus secretos cuando el mundo se vuelve cenizas.
En la soledad de la montaña, Elena observaba a Amir. El hombre que hace solo unas horas parecía un dios todopoderoso ahora estaba cubierto de hollín, con una herida abierta y su imperio desmoronándose en tiempo real por televisión.
—Dijiste que Varga era el socio de mi padre —dijo Elena, dejando la tableta a un lado —Dime por qué mi padre guardó esos archivos. Si eran tan peligrosos, ¿por qué no los entregó a la policía?
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Editado: 21.07.2026