Perseguida Entre Jeques y Magnates

20. Crónica de un Sacrificio Anunciado

Amir suspiró, sentándose frente a ella. El fuego de la chimenea proyectaba sombras que hacían que sus rasgos parecieran más duros.
—Porque la policía también estaba en la nómina de Varga. Tu padre no era un santo, Elena. Era un hombre de negocios que se vio envuelto en algo más grande que él. El "Proyecto Phoenix" no era solo dinero; era una base de datos de los pecados de cada líder político en el Mediterráneo. Tu padre guardó los archivos como un seguro de vida. Pero Varga se enteró.
​Amir tomó la mano de Elena. Sus dedos estaban ásperos, pero su toque era suave.
—Esa noche en el palacio, cuando Nikos y Matteo entraron... ellos no sabían que Varga los estaba usando como distracción. Él quería que ellos te sacaran para poder interceptarlos en el camino. El incendio en el harén no era para matarte, era para obligarme a sacarte por los túneles donde él tenía hombres esperando.
​Elena sintió un escalofrío. La "insurrección" que mencionaban las noticias era en realidad el equipo de limpieza de Varga eliminando testigos.
​—Estamos solos, ¿verdad? —preguntó Elena.
​—Por ahora —respondió Amir —Pero el mundo cree que estamos bajo ataque terrorista. Eso nos da una ventaja. Si Varga cree que he muerto en el incendio, bajará la guardia.
Mientras tanto, en el convoy que lideraba Adar, la situación era crítica. Zahra no era una mujer que aceptara la derrota con gracia. Ella sabía que el atentado era su oportunidad. Si lograba convencer a Adar de que Amir la había traicionado a ella primero, podría tomar el control de las otras concubinas y de la facción de la guardia que aún le era leal por herencia.
​—Adar —dijo Zahra, golpeando el cristal que la separaba del conductor —Las noticias dicen que el Emir ha muerto. Si es así, yo soy la madre de sus herederos no nacidos. Yo soy quien debe liderar este convoy.
​Adar no respondió, pero sus manos apretaron el volante. Él sabía algo que Zahra no, el mensaje que había enviado a Amir no era solo una advertencia sobre ella, sino sobre el infiltrado que venía en el tercer vehículo del convoy.
​De repente, una explosión sacudió la carretera. No fue un misil, sino una carga colocada en el eje del vehículo principal. Las camionetas chirriaron y se detuvieron en medio de la nada.
​Adar bajó del vehículo con su arma en la mano, justo cuando hombres con uniformes sin insignias, los mercenarios de Varga, emergían de las sombras de las dunas.
​—¡Protejan a las mujeres! —gritó Adar, pero fue demasiado tarde.
​Zahra bajó del coche, esperando ser rescatada, pero se encontró con la boca de un fusil apuntando a su cabeza.
—¿Dónde está la italiana? —preguntó el mercenario.
​Zahra, con una sonrisa gélida a pesar del miedo, comprendió que su moneda de cambio era la vida de Elena.
—El Emir se la llevó al refugio de las sombras. Llévenme con su jefe y les daré las coordenadas exactas.
En el refugio, la radio emitió un pitido. Era la señal de Adar, pero estaba distorsionada. Solo se escuchaban ruidos de disparos y el grito de una mujer.
​Amir se puso en pie de inmediato, su rostro transformándose en la máscara del guerrero.
—Han encontrado el convoy. Zahra nos ha vendido.
​Elena se levantó también, recogiendo su cámara y la nota de su bolsillo. Ya no era la mujer asustada que huía por los pasillos del palacio. La obsesión de estos hombres la había arrastrado al centro de una tormenta, pero ella ya no iba a ser una espectadora.
​—No vamos a quedarnos aquí esperando a que vengan por nosotros —dijo Elena con una determinación que hizo que Amir se detuviera —Dijiste que Varga quiere los archivos. Pues démosle los archivos, pero bajo mis términos.
​Amir la miró, sorprendido por el fuego en sus ojos.
—¿Qué tienes en mente?
​—Nikos tiene los barcos. Matteo tiene la prensa. Tú tienes el ejército —Elena se acercó a él, su rostro a centímetros del suyo —Y yo tengo la clave que todos buscan. Si las noticias dicen que estamos bajo ataque, hagamos que sea el ataque más documentado de la historia. Vamos a usar mi cámara para mostrarle al mundo quién es realmente el fantasma que está quemando Dubái.
​Amir la tomó por la cintura y la besó, un beso que sellaba un pacto de sangre y arena.
—Entonces vamos a cazar a un fantasma, habibti.
​Fuera del refugio, el sol finalmente rompió el horizonte, iluminando un desierto que ya no era una prisión, sino un campo de batalla. La obsesión de tres hombres poderosos había creado un monstruo, pero era la voluntad de una mujer la que estaba a punto de destruirlo.
​Las noticias seguirían hablando de atentados y traiciones, pero la verdadera historia apenas comenzaba a escribirse en el silencio de las dunas. El Emir y la fotógrafa se internaron en la inmensidad, conscientes de que para salvar su futuro, primero debían incendiar los restos de su pasado.
El silencio en el refugio fue interrumpido por el sonido metálico de Amir cargando una pistola táctica que había recuperado de un doble fondo en la mesa de madera. Su mirada ya no era la del amante que la besaba hace un momento, sino la del soberano que se preparaba para una última resistencia.
​—El convoy de Adar ha sido interceptado en la ruta norte —dijo Amir, ajustándose un chaleco de kevlar bajo su túnica desgarrada —Zahra es inteligente, pero su ambición la ciega. Cree que Varga la mantendrá con vida por su información, pero para un hombre como él, ella es solo un cabo suelto.
​Elena se colgó la correa de su cámara profesional al cuello. El peso del equipo le daba una extraña sensación de realidad en medio de la pesadilla.
—Si Zahra les da nuestra ubicación, estarán aquí en menos de una hora. Los helicópteros no tardarán en sobrevolar estas coordenadas.
​—No si pensamos como sombras —respondió Amir —Este refugio tiene un sistema de interferencia de señal que heredé de mi abuelo, pero no durará mucho contra la tecnología de Varga. Necesito que entres en la red encriptada de la tableta. Si tu padre dejó una clave, debe estar vinculada a algo que solo tú reconozcas.




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