La miré.
Después miré a mis padres.
-¿Qué es esto?
Mi padre respondió con una calma que me puso los pelos de punta.
-Tu nuevo destino para este verano.
Sentí que la rabia empezaba a apoderarse de mí.
-No pienso ir.
Mi padre sostuvo mi mirada.
-Eso no depende de ti.
Abrí la carpeta.
Y entonces vi una fotografía en la primera página
Era yo
Una fotografía tomada hacía apenas unos días.
No recordaba que nadie me hubiera fotografiado.
Levanté lentamente la mirada.
-¿Por qué tienen una foto mía?
Mis padres no respondieron.
Y en ese momento comprendí algo.
El curso militar no era un castigo por mi comportamiento.
Llevaban mucho tiempo preparándolo.
Y yo acababa de descubrirlo demasiado tarde.
Dos semanas después, me encontraba frente a una enorme verja de hierro.
Al otro lado se extendía un lugar que no se parecía en nada a lo que había imaginado cuando mi padre me habló de un «curso militar».
No había cabañas.
No había gente riendo alrededor de una hoguera.
Ni siquiera parecía un campamento.
Había varios edificios de piedra y hormigón, perfectamente alineados. Una enorme pista de entrenamiento ocupaba buena parte del recinto y, al fondo, se extendía un bosque que parecía no tener fin.
Todo estaba demasiado limpio.
Demasiado organizado.
Y demasiado serio.
-¿Este es el lugar? -pregunté.
Mi padre ni siquiera me miró.
-Sí.
-Me dijiste que era un curso.
-Lo es.
Lo miré de reojo.
-No parece un curso.
Esta vez no respondió.
El coche se detuvo frente al edificio principal.
Mi padre bajó y sacó mi equipaje del maletero.
-Tu madre te llamará esta noche.
-Qué bien. Así podrá preguntarme si sigo viva.
Mi padre me lanzó una mirada.
-Sarah.
-¿Qué?
-Intenta no meterte en problemas.
Solté una breve risa.
-No prometo nada.
Me dirigió una última mirada antes de volver al coche.
Ni siquiera se despidió con un abrazo.
Cuando el coche desapareció tras la verja, me quedé completamente sola.
Suspiré.
-Perfecto.
Cogí mi mochila y entré.
Lo primero que noté fue el silencio.
Había decenas de jóvenes en los pasillos, pero nadie parecía estar allí para hacer amigos.
Todos llevaban la misma ropa de entrenamiento y caminaban con una postura demasiado recta para mi gusto.
Algunos hablaban en voz baja.
Otros revisaban sus pertenencias.
Pero la mayoría se limitaba a ignorar a los demás.
Un chico pasó junto a mí sin molestarse siquiera en apartarse.
Tuve que moverme yo.
-Encantador -murmuré.
Una voz detrás de mí respondió:
-Aquí nadie viene a hacer amigos.
Me giré.
Una chica rubia me observaba con los brazos cruzados.
-¿Y tú quién eres?
-Emma.
-Sarah.
-Ya lo sé.
Fruncí el ceño.
-¿Cómo sabes mi nombre?
Emma señaló mi mochila.
Había una pequeña etiqueta con mi nombre.
-Ah.
Me encogí de hombros.
-Tiene sentido.
Ella me miró de arriba abajo.
-¿Eres nueva?
-Sí.
-Entonces eres una de las novatas.
-Supongo.
Emma sonrió ligeramente.
-¿Por qué estás aquí?
La pregunta me hizo gracia.
-Mis padres.
Ella dejó de sonreír.
-¿Te obligaron?
-Sí.
-Entonces lo vas a pasar mal.
-¿Por qué?
-Porque nadie aquí ha llegado obligado.
Antes de que pudiera responder, un grupo de chicos pasó frente a nosotras.
Todos llevaban el mismo uniforme.
Uno de ellos hablaba con orgullo sobre una prueba que había superado para conseguir entrar.
-Tardé casi un año en conseguir la plaza -decía.
Otro respondió:
-Yo tuve que superar tres fases.
Los observé.
Entonces comprendí que aquello no era un simple curso.
-Espera -dije-. ¿Qué es exactamente este lugar?
Emma me miró como si acabara de formular la pregunta más absurda del mundo.
-La Academia North Ridge.
-¿Academia?
-Preparación para cadetes.
Me quedé callada.
-¿Cadetes?
Emma asintió.
-Quienes consiguen completar el programa pueden optar a ingresar en distintos cuerpos de formación militar.
Miré a mi alrededor.
De repente, todo tenía sentido.
La disciplina.
Los uniformes.
La forma en que todos caminaban.
La seriedad.
Y entonces pensé en mi padre.
-¿Y cómo se ingresa aquí?
Emma soltó una breve risa.
-No es fácil.
-¿Qué tan difícil?
-Hay pruebas físicas y psicológicas, entrevistas, expedientes académicos...
Se detuvo.
-La mayoría de los que estamos aquí llevamos años preparándonos.
Miré mis zapatillas.
Después levanté la cabeza.
-Yo no he preparado nada.
-Ya me he dado cuenta.
No pude evitar sonreír.
-Gracias.
-No era un cumplido.
-Lo sé.
Una puerta se abrió al fondo del pasillo.
Todas las conversaciones cesaron.
Una mujer entró.
No parecía mucho mayor que algunos de los alumnos, pero había algo en ella que hizo que todo el mundo adoptara una postura recta.
Llevaba el uniforme perfectamente colocado y caminaba con absoluta seguridad.
Se detuvo frente al grupo.
-Soy la teniente Valentina Hayes.
Su voz no era especialmente fuerte.
No lo necesitaba.
Todos la escuchaban.
-Durante las próximas semanas seré responsable de vuestra formación.
Nadie respondió.
La teniente comenzó a caminar lentamente frente a nosotros.
-Algunos lleváis años esperando esta oportunidad. Habéis superado pruebas que muchos otros no lograron superar.
Pasó frente a un chico.
-Vosotros os habéis ganado el derecho a estar aquí.
Continuó caminando.
Hasta que llegó frente a mí.