A la mañana siguiente, me desperté antes de que sonara la alarma.
No porque hubiera descansado.
Todo lo contrario.
Me dolía prácticamente cada músculo del cuerpo.
Pero había algo que no podía quitarme de la cabeza.
La mirada del coronel.
Desde que lo había visto el día anterior, no había conseguido olvidarme de él.
No por su uniforme.
Ni por las insignias.
Ni siquiera por la cicatriz que atravesaba parte de su ceja.
Era su presencia.
Aquel hombre parecía capaz de hacer que una habitación entera se quedara en silencio sin pronunciar una sola palabra.
Era serio.
Frío.
Distante.
Y, por lo que había escuchado de algunos alumnos, probablemente el militar más cruel que había pasado por North Ridge.
También era, para mi desgracia, el hombre más atractivo que había visto en mi vida.
Y eso me irritaba todavía más.
Porque no entendía cómo alguien podía tener una expresión tan desagradable y, al mismo tiempo, resultar tan imposible de ignorar.
-Deja de mirarlo -susurró Emma.
Me giré.
-¿Qué?
-Llevas diez minutos mirando hacia la ventana.
-No estoy mirando al coronel.
Emma arqueó una ceja.
-Está en el patio.
-Lo sé.
-Entonces sí estabas mirándolo.
-Solo estaba pensando.
-Claro.
Le lancé una mirada.
-No empieces.
Emma sonrió.
-No he dicho nada
-Pero lo estás pensando.
-Eso sí.
Antes de que pudiera responder, la alarma sonó.
Nos levantamos rápidamente.
Cinco minutos después estábamos en formación frente al edificio principal.
El teniente Reed apareció acompañado de varios instructores.
Pero esta vez había alguien más.
El coronel.
Todos guardamos silencio.
Él se quedó unos pasos detrás del teniente, con los brazos a la espalda y la mirada recorriendo lentamente las filas.
Cuando sus ojos pasaron por mí, sentí algo extraño.
No bajé la mirada.
Él tampoco.
El teniente Reed dio un paso al frente.
-Atención.
Todos adoptamos una postura firme.
-El coronel tiene algo que comunicaros.
El coronel avanzó.
No llevaba prisa.
Tampoco parecía necesitarla.
-Como sabéis, North Ridge no es un campamento.
Nadie respondió.
-Tampoco es un lugar donde se viene a jugar a ser militar.
Su mirada recorrió nuestras caras.
-Durante los próximos días algunos de vosotros tendréis la oportunidad de demostrar si realmente estáis preparados para algo más que los entrenamientos básicos.
Me concentré.
-Dentro de una semana se llevará a cabo una misión de alto rango.
Un murmullo recorrió las filas.
El teniente Reed levantó una mano y todos volvieron a guardar silencio.
-Uno de vosotros podrá formar parte de ella.
Mi corazón dio un vuelco.
El coronel continuó.
-Será voluntario.
Algunos alumnos comenzaron a mirarse entre ellos.
-Quien consiga entrar deberá superar una serie de pruebas. La persona seleccionada recibirá una recompensa al finalizar la misión con éxito.
Un chico levantó la mano.
-¿Qué tipo de recompensa, señor?
El coronel lo miró.
-Eso no es asunto tuyo.
El chico bajó inmediatamente la mano.
El coronel continuó.
-Lo que sí debéis saber es que esta misión no es un entrenamiento.
Su voz se volvió todavía más seria.
-Es peligrosa.
El patio quedó completamente en silencio
-Por eso no busco al más rápido. Ni al más fuerte.
Hizo una pausa.
-Busco a la persona que sea capaz de mantener la cabeza fría cuando todo salga mal.
Aquellas palabras me hicieron prestar todavía más atención.
-La persona seleccionada tendrá que demostrar fuerza, agilidad, resistencia y, sobre todo, valentía.
Mi decisión estaba tomada.
Yo quería entrar.
No.
Necesitaba entrar.
No sabía exactamente por qué.
Quizá porque estaba cansada de que todos pensaran que era la menos preparada.
Quizá porque quería demostrarle a mi padre que se había equivocado al pensar que yo no podía enfrentarme a aquello.
O quizá porque simplemente no soportaba que alguien me dijera que no podía hacer algo.
El coronel dio un paso atrás.
-Las pruebas comenzarán mañana.
Entonces ocurrió.
Una voz interrumpió el silencio.
-Hay algo más.
Era el teniente Reed.
El coronel giró ligeramente la cabeza hacia él.
Reed continuó:
-Por decisión del mando, la selección tendrá algunas condiciones adicionales.
-¿Qué condiciones? -preguntó alguien.
El teniente miró a todos.
-Solo podrán presentarse aquellos que hayan demostrado un nivel suficiente durante los entrenamientos.
Mi determinación aumentó.
Hasta que el coronel habló.
-Y ninguna chica será aceptada.
Sentí que todo el cuerpo se me tensaba.
Algunos alumnos me miraron.
Emma abrió los ojos.
Yo di un paso al frente.
-¿Por qué?
El coronel giró lentamente la cabeza hacia mí.
-¿Qué has dicho?
-He preguntado por qué.
Reed cerró los ojos durante un segundo, como si ya supiera que aquello iba a acabar mal.
El coronel se acercó.
-Porque lo he decidido.
-Eso no es una razón.
El silencio fue absoluto.
El coronel se detuvo frente a mí.
De cerca resultaba todavía más intimidante
-¿Pretendes cuestionar mis órdenes?
-Pretendo entenderlas.
-No necesitas entenderlas.
-Entonces quizá debería existir una prueba para demostrar quién sirve y quién no.
Algunos alumnos contuvieron la respiración.
El coronel me observó fijamente.
-¿Crees que puedes ponerte a mi nivel?
-No.
Hice una pausa.
-Todavía no
Emma abrió la boca.
Reed me lanzó una mirada que prácticamente decía que acababa de cometer el peor error de mi vida.