Pétalos y Espinas

Capítulo 1: La propuesta

El olor a tierra mojada y jazmines se enredaba en el aire de Pétalos y Espinas, la pequeña floristería que Camelia había heredado de su abuela. Las paredes, pintadas de un verde menta desvaído, estaban cubiertas de estanterías repletas de macetas con suculentas, ramos de peonías y girasoles que inclinaban sus cabezas hacia la luz tenue de la tarde. Era un refugio, un lugar donde el tiempo parecía detenerse entre pétalos y hojas. Pero hoy, ese refugio olía a miedo.

Camelia apretaba entre sus dedos un papel arrugado, el borde del aviso bancario cortándole la piel como si fuera cristal. "Último recordatorio: el pago de 15.000€ para la matrícula del máster en Floricultura Avanzada en la Universidad de Ámsterdam debe realizarse en un plazo máximo de 72 horas. De lo contrario, su beca parcial será revocada." Las letras bailaban frente a sus ojos, borrosas por las lágrimas que se negaban a caer. No podía perder esto. No después de años ahorrando, de noches en vela trabajando doble turno, de renunciar a salidas, a cafés, a todo lo que no fuera su sueño.

—Respira, Camelia —se dijo a sí misma, como si el consejo pudiera salir de entre las hojas de un helecho—. Piensa. Piensa.

Pero su mente era un torbellino de números rojos y fechas límite. El banco ya le había denegado el préstamo. "Demasiado riesgo para alguien con ingresos irregulares", le habían dicho con una sonrisa condescendiente. Como si vender flores fuera un capricho y no el latido de su vida.

El timbre de la puerta sonó, rompiendo el silencio. Camelia se secó las mejillas con el dorso de la mano, fingiendo ordenar un ramo de rosas blancas que ya estaban perfectas.

—Dios, Cam, ¿qué te pasa? —La voz de Lucía, su mejor amiga y socia en el caos, cortó el aire como un cuchillo. Lucía entró como un huracán, con su cabello castaño revuelto y los ojos verdes brillando de preocupación—. Te he llamado tres veces. ¿Por qué no contestas?

—Porque si lo hacía, iba a ponerme a gritar —confesó Camelia, señalando el papel sobre el mostrador—. Me quedan tres días, Lu. Tres.

Lucía tomó el aviso, lo leyó en silencio y soltó un suspiro que parecía llevar el peso del mundo.

—Vale. Respira. Sé que no es el momento, pero… escucha. —Se acercó, bajando la voz como si compartiera un secreto de estado—. Mi primo trabaja en el bufete de abogados que lleva los contratos de Varela & Asociados. Y resulta que el arquitecto más frío de Madrid, Ricardo Varela, está buscando una novia falsa.

Camelia parpadeó, segura de haber oído mal.

—¿Perdona?

—Sí, una novia de alquiler. Por contrato. Dice que necesita demostrarle a su ex que puede tener una relación seria. Lucía hizo una pausa dramática—. Paga quince mil euros.

El corazón de Camelia dio un vuelco. Quince mil euros. Exactamente lo que necesitaba. Pero la idea le supo amarga, como café frío olvidado en el fondo de una taza.

—¿Y por qué yo? No soy actriz. No sé fingir.

—Porque eres dulce, auténtica y no tienes pinta de interesada. Además, él no quiere una profesional. Quiere alguien que no levante sospechas. Lucía tomó sus manos—. Cam, es tu sueño. Ámsterdam. El máster. Todo.

Camelia miró alrededor, como si las flores pudieran darle una respuesta. Los girasoles asintieron con sus cabezas pesadas. Las orquídeas susurraron con sus pétalos sedosos. ¿Acaso tenía opción?

—¿Dónde firmo? —murmuró, aunque la pregunta sonó más como un lamento.

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El edificio de Varela & Asociados era un monstruo de cristal y acero en el corazón de Madrid, un lugar donde el aire acondicionado olía a dinero y a decisiones tomadas sin mirar atrás. Camelia se ajustó el vestido prestado de Lucía —un modelo sencillo, negro, que le quedaba un poco grande— y respiró hondo antes de empujar la puerta giratoria. El eco de sus tacones baratos resonó en el vestíbulo de mármol, y por un momento, deseó ser invisible.

—Señorita Rojas, ¿verdad? —La recepcionista, una mujer con el pelo recogido en un moño tan tirante que parecía doloroso, ni siquiera levantó la vista de su pantalla—. El señor Varela la espera en su despacho. Piso doce, puerta B.

El ascensor subió con una suavidad que le revolvió el estómago. Cuando las puertas se abrieron, se encontró frente a un pasillo iluminado por luces frías, como si el sol nunca llegara hasta allí. Al final, una puerta de madera oscura con una placa dorada: Ricardo Varela. Arquitecto.

Llamó con los nudillos, y una voz grave respondió al instante:

—Adelante.

El despacho era tan impersonal como un quirófano. Paredes blancas, muebles de líneas rectas, ni una sola planta que suavizara el ambiente. Y en el centro, detrás de un escritorio de cristal, estaba él.

Ricardo Varela.

Alto, con un traje gris que parecía hecho a medida para su cuerpo esbelto, el pelo negro peinado hacia atrás y una barba de tres días que le daba un aire de hombre que nunca se permitía desorden. Pero fueron sus ojos los que la dejaron sin aliento: grises, fríos, como el acero de los rascacielos que diseñaba. No había curiosidad en ellos, ni siquiera interés. Solo cálculo.

—Siéntese, señorita Rojas. —Su voz era tan neutra como el tono de un contestador automático.




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