El despacho de Ricardo olía a papel recién impreso y a café negro, ese tipo de café que Camelia imaginaba amargo como la medicina. Él no había ofrecido nada más que silencio desde que ella entró, como si las palabras fueran un lujo que no estaba dispuesto a gastar en alguien como ella. Sobre la mesa de cristal, entre ellos, descansaba un contrato encuadernado en una carpeta de cuero negro. El documento parecía más grueso que el que había firmado el día anterior, como si las cláusulas se hubieran multiplicado en cuestión de horas.
—Quince mil euros —dijo Ricardo al fin, rompiendo el silencio con la misma naturalidad con la que uno anunciaría el pronóstico del tiempo—. La mitad ahora, la otra mitad al finalizar el acuerdo. No hay negociación.
Camelia miró el contrato, luego a él. Sus dedos, largos y pálidos, tamborileaban sobre la mesa con una precisión casi mecánica. No había calidez en ese gesto, ni siquiera impaciencia. Solo eficiencia.
—¿Y qué pasa si… si algo sale mal? —preguntó, aunque no estaba segura de qué podía salir mal. ¿Que se enamorara de él? ¿Que él se diera cuenta de que ella no era tan buena actriz como creía? ¿Que su ex la descubriera?
Ricardo inclinó ligeramente la cabeza, como si la pregunta le pareciera absurda.
—Nada saldrá mal. —Su voz era fría, pero había un dejo de algo más, algo que sonaba a advertencia—. Porque esto no es un juego. Es un acuerdo comercial. Tú finges ser mi novia, yo te doy el dinero. Fin.
—Pero… ¿y si tu ex no se lo cree? —insistió Camelia, mordiéndose el labio inferior—. Quiero decir, no nos conocemos. No hay química. No hay… nada.
Por primera vez, Ricardo la miró con algo parecido a interés. No era curiosidad, ni mucho menos diversión. Era más como si acabara de descubrir un error en uno de sus planos y estuviera calculando cómo corregirlo.
—La química se finge. —Deslizó el contrato hacia ella con un movimiento brusco—. Y tú aprenderás. Tienes una semana para memorizar los detalles de nuestra relación. Dónde nos conocimos, cómo fue nuestro primer beso, qué te gusta de mí. Todo.
Camelia sintió un escalofrío recorrerle la espalda. ¿Primer beso? No había pensado en eso. Ni en los abrazos, ni en las miradas, ni en el roce de sus manos. ¿Cómo iba a fingir algo que nunca había sentido?
—¿Y si me equivoco? —susurró.
—No te equivocarás. —Ricardo abrió un cajón y sacó un sobre blanco, grueso, que dejó caer sobre el contrato—. Porque si lo haces, el trato se cancela. Y te quedas sin el dinero.
El sobre pesaba como una losa. Camelia lo abrió con manos temblorosas y contó los billetes: siete mil quinientos euros. El olor a tinta y papel nuevo le revolvió el estómago. Era real. Todo esto era real.
—¿Y qué pasa cuando… cuando termine? —preguntó, cerrando el sobre con fuerza—. ¿Cuándo rompes conmigo?
Ricardo se recostó en su silla, cruzando los brazos sobre el pecho. Por un segundo, Camelia creyó ver un destello de algo en sus ojos, pero desapareció antes de que pudiera identificarlo.
—Cuando Estefanía vuelva. —Su voz era plana, como si estuviera hablando del clima—. Ella es la razón de todo esto. Necesito que crea que he seguido adelante, que soy capaz de tener una relación estable. Y cuando lo haga… Hizo una pausa, como si saboreara las palabras—. Cuando lo haga, tú y yo terminaremos. Sin dramas, sin escenas. Como si nunca hubiera pasado.
Camelia sintió un nudo en la garganta. Sin dramas, sin escenas. Como si ella fuera un mueble que se devuelve a la tienda después de usarlo. Como si sus sentimientos —o la falta de ellos— no importaran en absoluto.
—¿Y si ella no vuelve? —preguntó, casi sin querer.
Ricardo la miró fijamente, y por un momento, Camelia creyó ver algo parecido a vulnerabilidad en sus ojos. Pero fue tan breve que pensó que lo había imaginado.
—Volverá. —Fue todo lo que dijo.
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El contrato estaba abierto frente a ella, las letras pequeñas bailando ante sus ojos. "La parte contratada se compromete a actuar como pareja sentimental del contratante en eventos públicos y privados… La parte contratada no podrá revelar la naturaleza ficticia de la relación bajo ninguna circunstancia… El contratante se reserva el derecho de dar por terminado el acuerdo en cualquier momento si considera que la parte contratada no cumple con lo estipulado…"
—Firma aquí, aquí y aquí. —Ricardo señaló tres líneas punteadas con la punta de su bolígrafo, un objeto caro, de plata, que contrastaba con la sencillez del resto del despacho.
Camelia tomó el bolígrafo, sintiendo el frío del metal en sus dedos. ¿Cuántas veces había soñado con un momento como este? Con un giro inesperado que le diera el dinero para su máster, para su futuro. Pero ahora que lo tenía frente a ella, no podía evitar preguntarse si el precio era demasiado alto.
Respiró hondo y firmó la primera línea. El sonido del bolígrafo rasgando el papel le recordó al de una hoja seca rompiéndose bajo los pies en otoño. Demasiado frágil. Demasiado definitivo.
—Bien. —Ricardo tomó el contrato y lo guardó en un cajón con llave—. Mañana empezamos. Te recogeré a las siete en punto. No llegues tarde.
Camelia asintió, pero no se movió. Sus ojos se posaron en el sobre con el dinero, luego en las manos de Ricardo, grandes, impersonales. ¿Cómo iba a fingir que esas manos la tocaban con cariño? ¿Cómo iba a mirar a los ojos a alguien que la veía como un medio para un fin?