El apartamento de Ricardo era un lugar donde el silencio tenía peso.
Camelia lo supo en el momento en que cruzó el umbral, arrastrando su maleta de segunda mano —esa que olía a viajes baratos y a sueños a medio cumplir—. El aire acondicionado zumbaba en un tono casi imperceptible, como si hasta el clima estuviera regulado al milímetro. Las paredes, pintadas en un gris perla impecable, no tenían ni una sola marca, ni un cuadro torcido, ni siquiera un clavo oxidado que delatara la presencia de un inquilino anterior. El suelo de mármol blanco reflejaba la luz tenue de las lámparas empotradas, tan pulido que Camelia casi sintió miedo de pisarlo con sus zapatillas gastadas.
—Puedes dejar tus cosas en la habitación de invitados —dijo Ricardo a su espalda, con esa voz que siempre sonaba como si estuviera dando instrucciones a un contratista—. El baño está al final del pasillo. No uses el mío.
Camelia asintió, aunque él ya había desaparecido tras la puerta de su estudio, cerrándola con un clic suave pero definitivo. Como si quisiera dejar claro que este seguía siendo su territorio.
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La habitación de invitados era tan impersonal como el resto del apartamento. Una cama con sábanas blancas, una mesilla de noche con una lámpara de diseño minimalista y un armario vacío. Ni una mota de polvo, ni un rastro de vida. Camelia abrió su maleta y el contenido se desparramó sobre la cama como un grito de color en medio de tanta neutralidad: un vestido floreado arrugado, un suéter verde con manchas de tierra seca, un libro de botánica con las esquinas dobladas, y su neceser, del que asomaban un cepillo enredado y un frasco de perfume medio vacío.
Respiró hondo y comenzó a desempacar, colgando su ropa en el armario con manos torpes. Cada percha de madera que colocaba resonaba en el silencio como un reproche. ¿Cómo iba a sobrevivir cuatro meses aquí? En su pequeño piso, las paredes estaban cubiertas de fotos, de postales, de dibujos hechos por niños a los que les regalaba flores gratis. Las macetas se amontonaban en los alféizares, las cortinas siempre estaban un poco torcidas, y el olor a café recién hecho se mezclaba con el de la tierra húmeda. Era un desastre, pero era su desastre.
Aquí, en cambio, todo olía a limpio. Demasiado limpio. Como si el aire hubiera sido filtrado para eliminar cualquier rastro de humanidad.
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Cuando terminó de desempacar, Camelia se aventuró a explorar el resto del apartamento. La cocina era un sueño de acero inoxidable y superficies impecables. Ni una taza sucia en el fregadero, ni una miga en la encimera, ni siquiera un imán en la nevera. ¿Acaso Ricardo no comía? Abrió los armarios y encontró platos apilados con precisión milimétrica, vasos alineados por tamaño, y especias organizadas alfabéticamente. ¿Quién vivía así?
—¿Buscas algo? —La voz de Ricardo la sobresaltó. Estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, observándola como si fuera un espécimen bajo un microscopio.
—Solo… quería ver dónde guardabas las cosas —murmuró Camelia, cerrando el armario con más fuerza de la necesaria—. Por si necesito cocinar.
—No cocinas. No era una pregunta.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no tienes pinta de saber. Ricardo se acercó a la nevera y sacó una botella de agua, que abrió con un movimiento preciso—. Y porque el contrato no incluye servicios domésticos.
Camelia sintió el calor subirle a las mejillas. ¿Servicios domésticos? Como si ella fuera una empleada. Como si no estuviera compartiendo su espacio, su vida, su falsa vida.
—No te preocupes —replicó, sacando una pequeña maceta de su bolso. Era un esqueje de lavanda, su planta favorita, la que siempre llevaba consigo cuando se mudaba—. No voy a tocar nada. Solo… Colocó la maceta en el alféizar de la ventana, donde la luz del atardecer la bañaba de dorado—. Solo necesitaba un poco de verde.
Ricardo miró la maceta como si acabara de dejar un ratón muerto sobre su encimera.
—Quita eso.
—¿Perdona?
—No me gustan las plantas. Su voz era fría, pero había algo más en sus ojos, algo que Camelia no logró descifrar—. Y menos en la cocina.
—¿Por qué no? —preguntó, cruzando los brazos—. ¿Te dan alergia?
—Porque ensucian. Ricardo se acercó y tomó la maceta entre sus manos, como si estuviera evaluando un objeto contaminado—. Dejan tierra en el suelo, hojas secas, insectos. No pertenecen aquí.
Camelia sintió una punzada de indignación. ¿Insectos? Como si las plantas fueran una plaga.
—Son seres vivos —dijo, arrebatándole la maceta—. Necesitan luz, agua, un poco de cuidado. Como todo el mundo.
—Este no es su lugar. Ricardo la miró fijamente, y por un segundo, Camelia creyó ver un destello de algo parecido a vulnerabilidad en sus ojos. Pero desapareció tan rápido como había llegado—. Y tú tampoco.
Las palabras flotaron entre ellos, pesadas, incómodas. Camelia apretó la maceta contra su pecho, sintiendo el tallo áspero de la lavanda contra su piel.
—Entonces, ¿por qué me trajiste aquí? —preguntó en un susurro.
Ricardo no respondió. En lugar de eso, se dio la vuelta y salió de la cocina, dejando a Camelia sola con su planta, su maleta y la certeza de que, en este apartamento, ella siempre sería una intrusa.