El vestido le quedaba demasiado ajustado.
Camelia lo sabía en el momento en que Lucía se lo prestó, pero no tuvo tiempo de buscar otra opción. Era de un rojo intenso, el tipo de rojo que gritaba "mírame", y le ceñía la cintura como si estuviera hecho para otra persona. "Es perfecto", había dicho Lucía mientras se lo abrochaba. "Te hace parecer sofisticada, como si pertenecieras a su mundo."
Pero ahora, sentada en el asiento trasero del coche de Ricardo, Camelia solo sentía que el vestido la traicionaba. Cada vez que respiraba hondo, la tela se tensaba contra su piel, recordándole que no era más que una impostora.
—¿Nerviosa? —Ricardo no apartó la vista de la carretera, pero su voz cortó el silencio como un cuchillo.
—No —mintió ella, ajustándose el escote por tercera vez.
—Mientes. —Él giró el volante con precisión, deteniéndose frente a una casa de estilo colonial en el barrio de Salamanca—. Pero no importa. Solo recuerda: no hables de más, no des detalles innecesarios y, sobre todo, no menciones a Estefanía.
Camelia asintió, aunque las palabras de Ricardo le dejaron un sabor amargo en la boca. No mencionar a Estefanía. Como si fuera un secreto sucio, algo de lo que avergonzarse.
—¿Lista? —preguntó él, apagando el motor.
—No —admitió Camelia, esta vez sin mentir.
Ricardo la miró por primera vez en minutos, y sus ojos grises se posaron en ella con una intensidad que la hizo estremecer. No era una mirada de cariño, ni siquiera de complicidad. Era una evaluación fría, como si estuviera calculando cuánto podía arruinar ella esta noche.
—No metas la pata —fue todo lo que dijo antes de salir del coche.
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La casa de Eugenia olía a canela y a nostalgia.
Camelia lo supo en cuanto cruzó el umbral. El aroma a comida casera —a pollo asado, a puré de patatas, a ese postre de manzana que solo las abuelas saben hacer— se mezclaba con el perfume floral de Eugenia, una mujer menuda pero de presencia imponente, con el pelo plateado recogido en un moño elegante y unos ojos verdes idénticos a los de Ricardo.
—¡Querida! —Eugenia la abrazó antes de que Camelia pudiera reaccionar, envolviéndola en un abrazo cálido y ligeramente sofocante—. Por fin conoces a la futura suegra.
Camelia sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Futura suegra. Como si esto fuera real. Como si ella no fuera solo un peón en el juego de Ricardo.
—Mamá —Ricardo interrumpió con esa voz cortante que usaba para poner distancia—, no la asustes.
—Tonterías. Eugenia se apartó, pero mantuvo las manos de Camelia entre las suyas, estudiándola con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos—. Es preciosa. Y tiene una energía maravillosa. Hizo una pausa, como si hubiera estado a punto de decir algo inapropiado—. Bueno, da igual. Pasen, pasen. La cena está lista.
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La mesa estaba puesta como para una revista.
Mantel de lino blanco, cubiertos de plata, copas de cristal tallado que brillaban bajo la luz de la lámpara de araña. Camelia se sentó donde Eugenia le indicó, entre Ricardo y un tío lejano cuyo nombre ya había olvidado. Demasiado cerca de Ricardo. Podía oler su perfume —algo caro, amaderado, con un dejo de cítricos— y sentir el calor de su cuerpo a través de la tela de su traje.
—Entonces, Camelia —Eugenia sirvió vino tinto en las copas con manos expertas—, Ricardo me dijo que eres florista. Qué profesión tan… poética.
—Sí —Camelia tomó un sorbo de vino, agradecida por el calor que le recorrió la garganta—. Tengo una floristería en Lavapiés. Se llama Pétalos y Espinas.
—Qué nombre tan original —comentó Eugenia, aunque su tono decía "qué nombre tan raro"—. Y dime, ¿cómo se conocieron?
Camelia sintió que el pánico le subía por la garganta. Mierda. No habían ensayado esta parte. Ricardo le había dicho que no diera detalles, pero ¿cómo iba a evitarlo?
—En un café —intervino Ricardo, colocando su mano sobre la de ella sobre la mesa. El gesto fue tan inesperado que Camelia dio un respingo—. Ella estaba leyendo un libro sobre botánica. Yo derramé mi café sobre su mesa sin querer.
—Y en lugar de disculparte, le pediste su número —añadió Camelia, siguiendo el hilo con una sonrisa que esperaba pareciera natural—. Porque, según tú, era la única forma de compensarme.
Ricardo la miró, y por un segundo, Camelia creyó ver un destello de sorpresa en sus ojos. Pero desapareció tan rápido como había llegado, reemplazado por esa máscara de indiferencia que llevaba como armadura.
—Exacto —dijo él, apretando ligeramente su mano—. Y desde entonces, no nos hemos separado.
Eugenia los observaba con una sonrisa complacida, pero Camelia notó el brillo calculador en su mirada. No se lo creía del todo.
—Qué romántico —murmuró Eugenia—. Aunque, Ricardo, nunca me habías hablado de ese café.
—Porque no es importante —respondió él, soltando la mano de Camelia para tomar su copa—. Lo importante es el presente.
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El error llegó en el segundo plato.