Pétalos y Espinas

Capítulo 5: El vino y las confesiones

El apartamento estaba en silencio cuando regresaron.

Un silencio denso, cargado de todo lo que no se había dicho durante la cena. Camelia se quitó los zapatos en la entrada, sintiendo el alivio inmediato de liberar sus pies del dolor de los tacones prestados. Ricardo, en cambio, no se movió. Se quedó junto a la puerta, con las llaves aún en la mano, como si no supiera qué hacer ahora que estaban solos.

—¿Quieres vino? —preguntó al fin, rompiendo el silencio con una voz que sonó más áspera de lo habitual.

Camelia lo miró, sorprendida. No era una invitación cálida, sino más bien una oferta mecánica, como si estuviera cumpliendo con un protocolo. Pero asintió de todos modos.

—Sí, por favor.

Ricardo se dirigió a la cocina sin decir nada más. Camelia lo siguió, observando cómo sus dedos largos y precisos descorchaban una botella de vino tinto con movimientos expertos. El sonido del corcho al salir fue casi obsceno en el silencio del apartamento. Él sirvió dos copas, llenándolas hasta la mitad con un líquido oscuro que brillaba bajo la luz tenue de la lámpara.

—Toma —dijo, entregándole una copa.

Sus dedos se rozaron al pasársela, y Camelia sintió un escalofrío que no tuvo nada que ver con el frío del cristal. Ricardo apartó la mano con rapidez, como si el contacto lo hubiera quemado.

—Gracias —murmuró ella, llevándose la copa a los labios.

El vino era intenso, con notas de frutos rojos y un dejo amargo que se le quedó en la garganta. No era como los vinos baratos que solía comprar, esos que sabían a poco más que alcohol y nostalgia. Este era sofisticado, como todo en la vida de Ricardo.

—¿Te gusta? —preguntó él, observándola por encima del borde de su copa.

—Es… fuerte —admitió Camelia, dando otro sorbo—. Pero bueno.

Ricardo asintió, como si esa fuera la respuesta que esperaba. Se apoyó contra la encimera de mármol, cruzando los brazos sobre el pecho. Camelia notó cómo sus ojos grises la estudiaban, evaluando cada uno de sus movimientos. Era una mirada que la hacía sentir expuesta, como si pudiera ver más allá de su vestido prestado y su sonrisa nerviosa.

—No metas la pata otra vez —dijo al fin, rompiendo el silencio—. En la cena.

Camelia sintió que el vino se le agriaba en el estómago.

—Lo siento —murmuró, bajando la vista—. No era mi intención.

—Lo sé. Ricardo suspiró, pasándose una mano por el pelo con un gesto que delataba su frustración—. Pero esto no es un juego. Si Eugenia sospecha, todo se arruina.

—¿Y qué quieres que haga? —Camelia levantó la vista, sintiendo cómo la ira le quemaba las mejillas—. ¿Que finja mejor? ¿Que mienta con más convicción?

—Sí —respondió él, sin dudar—. Eso es exactamente lo que quiero.

Camelia apretó los dedos alrededor de la copa, sintiendo cómo el cristal le mordía la piel.

—No soy como tú —dijo, con la voz temblorosa—. No puedo apagar lo que siento solo porque un contrato me lo ordene.

Ricardo la miró fijamente, y por un momento, Camelia creyó ver algo parecido a la sorpresa en sus ojos. Pero desapareció tan rápido como había llegado, reemplazado por esa máscara de indiferencia que tanto la irritaba.

—No se trata de sentir —replicó él, con voz fría—. Se trata de sobrevivir.

___

Se sentaron en el sofá.

No porque Ricardo lo sugiriera, sino porque Camelia, de pronto, sintió que las piernas le fallaban. Se dejó caer en el cuero suave, sintiendo cómo el vino le nublaba los pensamientos. Ricardo se sentó a su lado, pero mantuvo una distancia prudente, como si temiera que su cercanía pudiera contagiarle algo.

—¿Por qué lo haces? —preguntó Camelia de repente, girándose para mirarlo—. ¿Por qué fingir una relación solo para impresionar a Estefanía?

Ricardo tensó la mandíbula, pero no apartó la vista.

—No es asunto tuyo.

—Claro que lo es —insistió ella, sintiendo cómo el alcohol le soltaba la lengua—. Porque yo soy la que está aquí, fingiendo ser alguien que no soy. Merezco saber por qué.

Ricardo la miró durante un largo momento, como si estuviera debatiendo consigo mismo si responder o no. Al final, suspiró y tomó un sorbo de vino antes de hablar.

—Estefanía me dejó porque dijo que era frío —dijo al fin, con una voz que sonaba más cansada que enfadada—. Que era como una pared. Sin emociones, sin pasión. Quería demostrarle que estaba equivocada.

Camelia sintió una punzada de algo parecido a la lástima. No por Estefanía, sino por él. Por ese hombre que creía que el amor era algo que se podía fingir, algo que se podía medir y controlar como uno de sus planos de arquitectura.

—Pero no lo estás demostrando —dijo en voz baja—. Solo estás probando que ella tenía razón.

Ricardo la miró con una intensidad que la hizo estremecer.

—¿Y tú qué sabes? —preguntó, con voz cortante—. No me conoces.

—Sé que no eres una pared —respondió Camelia, sosteniéndole la mirada—. Porque las paredes no sangran cuando las golpeas. Y tú… tú estás sangrando.




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