El café olía a traición.
Camelia lo supo en el momento en que el aroma amargo llenó la cocina, mezclándose con el perfume caro que Ricardo había dejado flotando en el aire después de ducharse. Era un olor que no pertenecía a ese lugar, a esa mañana, a ese instante en el que ella aún creía que algo había cambiado entre ellos.
Se quedó junto a la cafetera, con las manos alrededor de la taza humeante, como si el calor pudiera protegerla de lo que estaba por venir. Ricardo estaba en el salón, hablando por teléfono en voz baja. Demasiado baja. Como si no quisiera que ella escuchara, pero al mismo tiempo, como si no le importara lo suficiente como para alejarse.
—Sí, lo sé —decía él, con esa voz que Camelia ya conocía demasiado bien: fría, controlada, sin rastro de la suavidad de la noche anterior—. No, no hay problema. Todo sigue según lo planeado.
Camelia apretó los dedos alrededor de la taza, sintiendo cómo el calor le quemaba la piel. ¿Planeado? Como si ella fuera un proyecto más en su lista. Como si las confesiones de la noche anterior no hubieran significado nada.
—No te preocupes —continuó Ricardo—. No va a pasar.
Un silencio. Luego, el sonido de sus pasos sobre el mármol, acercándose a la cocina. Camelia se giró hacia la encimera, fingiendo estar ocupada con el azúcar, aunque no tenía intención de endulzar su café. No esa mañana.
—Tengo que irme —anunció Ricardo desde el umbral, con el teléfono aún en la mano—. Hay un problema en la obra. Llegaré tarde.
Camelia asintió sin mirarlo, sintiendo cómo el nudo en su garganta crecía.
—Claro —murmuró—. Como siempre.
Ricardo no respondió. Se quedó allí un segundo más, como si esperara que ella dijera algo más, que lo mirara, que le diera una razón para quedarse. Pero Camelia mantuvo los ojos fijos en la taza, en el remolino oscuro del café, en la forma en que la luz de la mañana se reflejaba en la superficie.
—Camelia —dijo él al fin, con un tono que sonó casi como una advertencia.
—¿Sí? —Ella levantó la vista, forzando una sonrisa que no sentía—. ¿Necesitas algo más?
Ricardo la miró durante un largo momento, con una expresión que Camelia no logró descifrar. Frustración, quizá. O arrepentimiento. Pero desapareció tan rápido como había llegado, reemplazada por esa máscara de indiferencia que tanto odiaba.
—No —respondió, guardando el teléfono en el bolsillo—. Nos vemos esta noche.
Y con eso, se dio la vuelta y salió por la puerta, dejándola sola con el café amargo y el eco de sus palabras.
___
El apartamento se sintió más vacío que nunca.
Camelia se quedó en la cocina, escuchando el silencio. No había risas, ni música, ni siquiera el sonido de las hojas de las plantas moviéndose con el viento. Solo el zumbido del refrigerador y el latido de su propio corazón, acelerado y doloroso.
Se llevó la taza a los labios y tomó un sorbo, pero el café le supo a ceniza. ¿Qué esperaba? ¿Que Ricardo cambiara de la noche a la mañana? ¿Que sus confesiones lo transformaran en alguien diferente? No. Él seguía siendo el mismo hombre frío y calculador que le había ofrecido un contrato en lugar de un abrazo.
Dejó la taza sobre la encimera con más fuerza de la necesaria, sintiendo cómo el líquido oscuro salpicaba el mármol impecable. Mierda. Ahora tendría que limpiarlo. Otra regla rota. Otro recordatorio de que ella no pertenecía a ese lugar.
Se dirigió al sofá y se dejó caer en él, enterrando el rostro entre las manos. ¿Por qué duele tanto? No era como si esperara algo de él. No era como si… como si se hubiera permitido sentir algo más.
Pero lo había hecho.
La noche anterior, con el vino y las confesiones, había bajado la guardia. Había creído, aunque fuera por un momento, que Ricardo la veía. Que la escuchaba. Que, tal vez, incluso le importaba.
Pero no.
Solo era un negocio.
___
El sonido de su teléfono la sobresaltó.
Lo sacó del bolsillo del vestido, esperando un mensaje de Lucía o de su madre. Pero el número en la pantalla era desconocido. Con manos temblorosas, abrió el mensaje.
"No te acostumbres, florista. Él siempre vuelve a mí."
El aire se le escapó de los pulmones como si alguien le hubiera dado un puñetazo. Estefanía. Tenía que ser ella. La ex. La razón por la que Ricardo la había arrastrado a esta farsa en primer lugar.
Se quedó mirando la pantalla, sintiendo cómo las lágrimas le quemaban los ojos. ¿Por qué? ¿Por qué le dolía tanto? No era como si estuviera enamorada de él. No podía estarlo. No después de solo unas semanas. No después de un contrato.
Pero el dolor estaba ahí, clavado en su pecho como un cuchillo.
Se levantó del sofá y se dirigió al dormitorio de invitados, donde su maleta seguía medio abierta sobre la cama. Metió la mano en el bolsillo lateral y sacó el sobre con el dinero que Ricardo le había dado. Los billetes estaban fríos al tacto, como si llevaran consigo el peso de su propia traición.
Quince mil euros.