Pétalos y Espinas

Capítulo 7: Lo que no estaba en el contrato

El apartamento olía a caldo de pollo y a algo más.

Algo que Ricardo no supo identificar al principio, pero que lo envolvió en cuanto cruzó la puerta. Era un aroma cálido, reconfortante, como el de una casa de verdad. No como el perfume frío de su colonia o el olor estéril de los productos de limpieza que usaba su asistenta. Era… humano.

Y eso lo descolocó.

—¿Camelia? —llamó, dejando las llaves sobre la mesa de la entrada con manos temblorosas. La fiebre le quemaba la piel, pero el sudor en su nuca era frío, pegajoso. Se quitó el abrigo con dificultad, sintiendo cómo el peso del agotamiento le hundía los hombros.

No hubo respuesta.

Se dirigió al salón, arrastrando los pies sobre el suelo de mármol, y entonces la vio.

Camelia estaba junto al sofá, con una manta en las manos y el pelo recogido en un moño desordenado. Llevaba puesto un delantal que él no reconoció —uno de esos con estampado floral que parecían sacados de otra época— y en la mesita de centro humeaba un bol de algo que olía a cielo y a infancia.

—Llegas temprano —dijo ella, con una sonrisa que no le llegó a los ojos. No era su sonrisa habitual, esa que iluminaba toda la habitación. Esta era más pequeña, más frágil, como si temiera que él la rechazara—. O quizá tarde. Depende de cómo lo mires.

Ricardo parpadeó, confundido.

—¿Qué es todo esto?

—Caldo de pollo —respondió Camelia, señalando el bol con una cuchara de madera—. Mi abuela decía que cura hasta el mal de amores. Aunque, en tu caso, quizá solo cure la gripe.

Ricardo sintió un nudo en la garganta. ¿Mal de amores? ¿De dónde sacaba esas ideas? Él no creía en esas tonterías. El amor no era más que un contrato social, algo que la gente usaba para justificar debilidades. Como Estefanía, que lo había dejado porque no era capaz de sentir lo suficiente.

Pero entonces, ¿por qué el calor del caldo le quemaba los ojos?

—No tenías que… —empezó, pero las palabras se le atascaron en la garganta.

—Lo sé —Camelia lo interrumpió, acercándose con la manta—. Pero quería hacerlo.

Sus dedos rozaron los de él al pasarle la manta, y Ricardo sintió un escalofrío que no tuvo nada que ver con la fiebre. Era su piel. Su tacto. El hecho de que, por primera vez en años, alguien lo tocaba sin esperar nada a cambio.

—Siéntate —ordenó ella, con una voz que no admitía réplicas—. Antes de que te caigas.

Ricardo obedeció, más por sorpresa que por convicción. Se dejó caer en el sofá, sintiendo cómo el cuero crujía bajo su peso. Camelia se arrodilló frente a él —¿cuándo había hecho eso?— y le colocó la manta sobre las piernas con movimientos suaves, casi reverentes.

—Tienes fiebre —murmuró, tocándole la frente con el dorso de la mano—. Y estás helado.

—Estoy bien —mintió él, aunque su voz sonó débil incluso para sus propios oídos.

Camelia lo miró con escepticismo, pero no dijo nada. En lugar de eso, tomó el bol de caldo y se lo ofreció.

—Bebe.

Ricardo miró el bol como si fuera un objeto alienígena.

—No tengo hambre.

—No es una pregunta —replicó ella, acercándole la cuchara a los labios—. Abre.

Y él lo hizo.

El caldo estaba caliente, casi demasiado, pero el sabor lo golpeó con una intensidad inesperada. Era casero, con trozos de zanahoria y pollo desmenuzado, y algo más que no supo identificar. ¿Amor? No, eso era ridículo. Pero era… cuidado. Alguien se había tomado el tiempo de prepararlo. Para él.

—¿Qué tiene? —preguntó, después de tragar.

—Un poco de todo —Camelia sonrió, esta vez con más calidez—. Cebolla para la fiebre, jengibre para la congestión, y un toque de miel para que no sepa a medicina. Y, por supuesto, mucho amor.

Ricardo sintió que el corazón le daba un vuelco.

—No digas eso —murmuró, apartando la mirada.

—¿Por qué no? —Camelia inclinó la cabeza, estudiándolo con curiosidad—. Es solo caldo, Ricardo. No es una declaración de intenciones.

—Porque no es verdad —replicó él, con más dureza de la que pretendía—. No hay amor en esto. Solo…

—¿Solo qué? —Camelia dejó el bol sobre la mesa, cruzando los brazos—. ¿Solo un trato? ¿Solo un contrato? ¿Solo quince mil euros?

Ricardo cerró los ojos, sintiendo cómo la cabeza le palpitaba.

—Sí.

—Mientes —Camelia se acercó más, hasta que sus rodillas rozaron las de él—. Porque si esto fuera solo un trato, no estarías aquí, dejándome cuidarte. No estarías bebiendo mi caldo ni dejando que te tape con una manta. Estarías en tu habitación, solo, como siempre.

—No sabes lo que dices —Ricardo abrió los ojos, pero evitó mirarla—. Esto no cambia nada.

—Claro que no —Camelia asintió, aunque sus ojos brillaban con algo que él no quiso identificar—. Porque tú no dejas que nada te cambie, ¿verdad? Ni siquiera cuando alguien te trata como si fueras importante.

—No lo soy —las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas—. No para ti. No para nadie.




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