La cocina olía a café y a algo más.
Algo que Ricardo no quiso nombrar, pero que se le enredó en la garganta en cuanto entró y la vio allí. Camelia estaba de espaldas, con el pelo recogido en un moño desordenado que dejaba al descubierto la curva de su cuello. Llevaba puesto un pijama de franela —uno de esos que parecían hechos para abrazar, no para seducir—, pero en ese momento, con la luz tenue de la lámpara reflejándose en su piel, le pareció lo más erótico que había visto en su vida.
—No podía dormir —dijo ella sin girarse, como si supiera que era él—. Pensé en hacer café. ¿Quieres?
Ricardo asintió, aunque sabía que ella no podía verlo. Se acercó a la encimera, sintiendo cómo el mármol frío bajo sus manos le recordaba que debía mantener el control. Pero el control era lo último que sentía en ese momento.
—Gracias —murmuró, cuando Camelia le tendió una taza humeante.
Sus dedos se rozaron al pasársela, y ambos se quedaron paralizados. Fue un contacto mínimo, casi accidental, pero suficiente para que el aire entre ellos se cargara de algo eléctrico, peligroso.
Camelia retiró la mano con rapidez, como si se hubiera quemado, y se giró hacia la cafetera, dándole la espalda. Ricardo la observó, sintiendo cómo el calor de la taza se le filtraba por los dedos hasta llegar al pecho. ¿Qué estaba pasando? No era la primera vez que estaban solos. No era la primera vez que se tocaban. Pero esta vez era diferente. Esta vez, ambos lo sabían.
—¿Tú tampoco podías dormir? —preguntó ella al fin, rompiendo el silencio.
—No —admitió Ricardo, llevándose la taza a los labios. El café estaba fuerte, amargo, como a él le gustaba. Pero en ese momento, le supo a poco—. Demasiado ruido en la cabeza.
Camelia asintió, como si entendiera exactamente a qué se refería. Y quizá lo entendía. Quizá, por primera vez, alguien lo entendía de verdad.
—A mí me pasa igual —confesó, apoyándose contra la encimera—. Desde lo de ayer… no puedo dejar de pensar.
Ricardo sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿En qué? —preguntó, aunque no estaba seguro de querer saber la respuesta.
Camelia lo miró, y sus ojos verdes brillaron con una intensidad que lo dejó sin aliento.
—En lo que pasaría si dejáramos de fingir —dijo en voz baja—. Solo por un momento.
El aire se espesó entre ellos. Ricardo sintió cómo su cuerpo se tensaba, cómo cada músculo se preparaba para lo que estaba por venir. No debería. No podía. No con ella. No cuando Estefanía seguía siendo su objetivo. No cuando Camelia solo era un medio para un fin.
Pero entonces, Camelia se acercó un paso más, y el aroma de su perfume —floral, dulce, como el de las flores que tanto amaba— lo envolvió por completo.
—Camelia —advirtió, con una voz que no reconoció como suya—. No.
—¿Por qué no? —ella inclinó la cabeza, sonriendo con tristeza—. ¿Porque no está en el contrato?
—Porque no puede ser —Ricardo apretó los dedos alrededor de la taza, sintiendo cómo el calor le quemaba la piel—. Porque esto no es real.
—¿Y si lo fuera? —Camelia dio otro paso hacia él, hasta que solo los separaron unos centímetros—. ¿Y si, por una vez, dejáramos de pensar y solo… sintiéramos?
Ricardo cerró los ojos, sintiendo cómo su cuerpo traicionaba cada una de sus palabras. Podía sentir el calor de Camelia, su aliento cerca de sus labios, la suavidad de su piel bajo la luz tenue de la cocina. Un paso más. Solo uno. Y todo cambiaría.
—No puedo —murmuró, pero su voz sonó débil, incluso para él.
—Sí puedes —Camelia levantó una mano y la acercó a su mejilla, sin llegar a tocarlo—. Pero tienes miedo.
—No tengo miedo —replicó él, abriendo los ojos de golpe.
—Claro que sí —ella sonrió, y esta vez hubo algo más en su mirada. Algo que lo aterrorizó—. Tienes miedo de admitir que sientes algo. Que yo te importo. Que esto… Hizo un gesto entre los dos—. …ya no es solo un trato.
Ricardo sintió que el suelo se movía bajo sus pies. ¿Importarle? ¿Cómo podía importarle? Ella era solo… solo…
Pero entonces, Camelia se acercó aún más, hasta que sus labios estuvieron a un suspiro de los suyos, y Ricardo supo que estaba perdido.
—Un beso —susurró ella, con los ojos cerrados—. Solo uno. Para saber cómo se siente.
Y Ricardo, por primera vez en su vida, no supo cómo decir que no.
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Sus labios se rozaron.
Fue un contacto mínimo, casi imperceptible, pero suficiente para que el mundo entero se detuviera. Ricardo sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones, cómo su cuerpo se inclinaba hacia el de Camelia sin que pudiera evitarlo. Ella olía a café y a flores, a algo cálido y reconfortante, y por un segundo, se permitió olvidar todo lo demás.
Solo por un segundo.
Pero fue suficiente.
Porque en ese instante, Ricardo supo que no habría vuelta atrás.
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POV Ricardo