Pétalos y Espinas

Capítulo 9: El fantasma del pasado

El olor a tierra mojada y a rosas frescas inundaba Pétalos y Espinas, como siempre. Pero hoy, algo era diferente. Hoy, el aire olía también a nostalgia.

Camelia estaba detrás del mostrador, arreglando un ramo de girasoles, cuando el timbre de la puerta sonó. Levantó la vista y, por un segundo, el tiempo pareció detenerse.

—¡Mateo! —exclamó, dejando las flores sobre la mesa con un movimiento brusco—. ¿Qué haces aquí?

El hombre que entró era alto, con el pelo castaño despeinado y una sonrisa que iluminaba la habitación. Llevaba una guitarra colgada al hombro y una camiseta que decía "La música es mi religión". Era el tipo de persona que llenaba cualquier espacio con su energía, como si el mundo entero estuviera invitado a su fiesta.

—Pasaba por aquí y vi la floristería —dijo, apoyando la guitarra contra el mostrador—. No podía irme sin saludar a mi florista favorita.

Camelia sintió que las mejillas le ardían. Su florista favorita. Hacía años que no lo veía, desde antes de que se mudara a Barcelona para perseguir su sueño como músico. Pero ahí estaba, como si el tiempo no hubiera pasado, con esa misma sonrisa que siempre la hacía sentir especial.

—No puedo creer que estés aquí —murmuró, limpiándose las manos en el delantal—. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Dos años?

—Tres —corrigió él, acercándose—. Pero quién lleva la cuenta, ¿verdad?

Camelia rio, sintiendo cómo el peso de las últimas semanas se aligeraba un poco. Mateo siempre había tenido ese efecto en ella: la hacía sentir ligera, como si nada malo pudiera pasar cuando estaba a su lado.

—¿Y qué te trae de vuelta a Madrid? —preguntó, intentando sonar casual.

—Un concierto —respondió él, encogiéndose de hombros—. Nada del otro mundo. Pero cuando vi tu floristería, supe que tenía que entrar.

Camelia sintió un cosquilleo en el estómago. ¿Era eso un cumplido? No estaba segura, pero le gustó. Le gustó la forma en que la miraba, como si fuera la única persona en la habitación.

—¿Y qué tal te va? —preguntó, apoyándose en el mostrador—. ¿La música?

—Mejor de lo que esperaba —Mateo sonrió, mostrando unos dientes blancos y perfectos—. Aunque echo de menos esto. Madrid. Pétalos y Espinas. Tú.

Camelia bajó la vista, jugando con los pétalos de un girasol. ¿Estaba coqueteando con ella? No estaba segura, pero la idea le aceleró el corazón.

—Yo también te extrañé —admitió en voz baja.

Y entonces, como si el universo hubiera decidido ponerse en su contra, la puerta de la floristería se abrió de nuevo.

Ricardo entró como una sombra, con su traje impecable y su expresión fría. Llevaba unas gafas de sol que ocultaban sus ojos, pero Camelia sintió su mirada clavada en ella como un cuchillo.

—Camelia —dijo, con esa voz que siempre sonaba como una orden—. Necesito hablar contigo.

—Ricardo —ella se enderezó, sintiendo cómo el calor le subía por el cuello—. No sabía que ibas a venir.

—Acabo de llegar —respondió él, quitándose las gafas—. Tenemos que revisar los detalles para la cena de mañana.

Camelia asintió, aunque no tenía ni idea de qué cena estaba hablando. Ricardo no había mencionado nada. Pero antes de que pudiera preguntar, Mateo carraspeó, recordándoles que no estaban solos.

—Ah, perdón —dijo Camelia, señalando a Mateo con una sonrisa nerviosa—. Ricardo, este es Mateo, un viejo amigo. Mateo, este es Ricardo… mi novio.

Las palabras le supieron amargas en la boca. Novio. Como si eso fuera lo que eran. Como si todo esto no fuera una farsa.

Mateo extendió la mano hacia Ricardo con una sonrisa cálida.

—Encantado, hombre —dijo, con esa facilidad que siempre había tenido para conectar con la gente—. Camelia me ha hablado mucho de ti.

Ricardo estrechó su mano con firmeza, pero Camelia notó la tensión en sus dedos. La forma en que apretaba, como si estuviera conteniendo algo.

—¿Ah, sí? —preguntó Ricardo, con una voz que sonó peligrosamente tranquila—. Qué curioso. Ella nunca me ha hablado de ti.

El silencio que siguió fue incómodo. Camelia sintió que el aire se espesaba, como si las palabras de Ricardo hubieran dejado una marca en la habitación.

Mateo, sin embargo, no pareció afectado. Se limitó a sonreír, como si no hubiera notado la tensión.

—Bueno, hay muchas cosas que Camelia no te ha contado —dijo, guiñándole un ojo a ella—. Como lo increíble que es cuando canta.

Camelia sintió que el corazón le daba un vuelco. ¿Por qué había dicho eso? Sabía que Ricardo no sabía nada de su afición por la música. No era algo que hubiera compartido con él.

—¿Cantas? —Ricardo la miró, con una expresión que no supo descifrar.

—Un poco —murmuró ella, evitando su mirada—. Pero no es gran cosa.

—Es más que un poco —intervino Mateo, riendo—. Tiene una voz increíble. Deberías escucharla alguna vez.

Ricardo no dijo nada. Se limitó a mirarla, con una intensidad que la hizo sentir desnuda. Como si pudiera ver más allá de sus mentiras, más allá de la farsa.




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