Pétalos y Espinas

Capítulo 10: Solo un acuerdo

El apartamento estaba en silencio.

Un silencio denso, cargado de todo lo que no se habían dicho en los últimos días. Camelia estaba sentada en el sofá, con las piernas recogidas bajo el cuerpo y una taza de café frío entre las manos. El aroma a jazmín de su champú aún flotaba en el aire, mezclándose con el olor a madera pulida y a ese perfume caro que Ricardo siempre llevaba.

Frente a ella, sobre la mesa de centro, descansaba el contrato. Ese maldito papel que había firmado con tanta ilusión y que ahora le quemaba los dedos cada vez que lo miraba. Quince mil euros. Suficiente para su sueño. Suficiente para vender su dignidad.

—No debería importarme —murmuró para sí misma, llevándose la taza a los labios. El café estaba amargo, como todo en los últimos días.

Pero le importaba.

Le importaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

___

El sonido del teléfono de Ricardo la sobresaltó.

Estaba en su habitación, con la puerta entreabierta, como siempre. Camelia lo escuchó moverse, el crujido de las sábanas al levantarse, el sonido de sus pasos sobre el mármol. Luego, su voz.

—Estefanía —dijo, con ese tono frío y calculado que reservaba para las conversaciones importantes—. ¿Qué quieres?

Camelia sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Estefanía. La sombra que siempre estaba presente, incluso cuando no la nombraban. La razón por la que todo esto había empezado.

Se quedó muy quieta, como si el simple hecho de respirar pudiera delatarla. No debería escuchar. No debería importarle. Pero no pudo evitarlo.

—No, no estoy ocupado —Ricardo hizo una pausa—. Solo estaba revisando unos planos.

Camelia cerró los ojos, sintiendo cómo el nudo en su garganta crecía. Planos. Como si ella no estuviera ahí, a solo unos metros de distancia. Como si no existiera.

—Claro que sigo con el plan —la voz de Ricardo sonó más fría de lo habitual—. ¿Por qué no iba a hacerlo?

Otra pausa. Camelia imaginó a Estefanía al otro lado de la línea, con su voz suave y calculadora, sus palabras afiladas como cuchillos.

—Porque no hay nada que sentir —Ricardo soltó una risa seca, como si la idea le pareciera ridícula—. Es solo un acuerdo, Estefanía. No siento nada.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Camelia sintió que el suelo se movía bajo sus pies. No siento nada. Las palabras resonaron en su cabeza, una y otra vez, como un eco que no podía callar. No debería dolerle. No era real. Nada de esto lo era.

Pero dolía.

Dolía como si le hubieran clavado un cuchillo en el pecho y lo hubieran retorcido sin piedad.

—No, no hay nadie más —Ricardo bajó la voz, como si temiera que alguien lo escuchara—. Solo es Camelia. Una chica que necesitaba dinero. Nada más.

Camelia apretó los dedos alrededor de la taza, sintiendo cómo el calor del café le quemaba la piel. Nada más. Como si fuera un objeto. Un medio para un fin. Como si no hubiera pasado las últimas semanas cuidándolo, riéndose con él, casi besándolo en la cocina.

Como si no hubiera empezado a sentir algo real.

—No te preocupes —Ricardo hizo una pausa—. Todo sigue según lo planeado. Cuando esto termine, volveré a ser el mismo de siempre.

Camelia sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. El mismo de siempre. Frío. Distante. Incapaz de sentir.

—Adiós, Estefanía —Ricardo colgó el teléfono con un clic seco.

Camelia se quedó inmóvil, con la respiración contenida, esperando a que él saliera de la habitación. Pero no lo hizo. En lugar de eso, lo escuchó suspirar, como si el peso del mundo acabara de caer sobre sus hombros.

—Mierda —murmuró Ricardo en voz baja, como si acabara de darse cuenta de algo.

Camelia cerró los ojos, sintiendo cómo las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Se había dado cuenta. Sabía que ella lo había escuchado.

___

El sonido de sus pasos la sobresaltó.

Ricardo apareció en el umbral del salón, con el teléfono aún en la mano y los ojos grises clavados en ella. Por un segundo, Camelia creyó ver algo parecido a la culpa en su mirada. Pero desapareció tan rápido como había llegado, reemplazado por esa máscara de indiferencia que tanto odiaba.

—Camelia —dijo, con una voz que sonó más tensa de lo habitual—. No sabía que estabas aquí.

Ella lo miró, sintiendo cómo el dolor se convertía en algo más duro, más frío.

—Claro que no —respondió, forzando una sonrisa—. No soy nadie, ¿verdad?

Ricardo frunció el ceño, como si sus palabras lo hubieran golpeado.

—No es lo que quise decir —murmuró, acercándose un paso.

—Da igual —Camelia se levantó del sofá, dejando la taza sobre la mesa con un golpe seco—. No importa. Solo es un acuerdo, ¿no?

Ricardo la miró durante un largo momento, con una expresión que Camelia no logró descifrar. Luego, asintió con la cabeza, como si aceptara su derrota.




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