El hotel olía a limpio y a soledad.
O quizá era solo la habitación. Una de esas habitaciones impersonales, con paredes beige, una cama king size en el centro y una ventana que daba a un paisaje urbano que ninguno de los dos miró. Camelia dejó su maleta sobre la mesa de madera oscura y respiró hondo, intentando ignorar el nudo en su estómago.
—Error en la reserva —había dicho la recepcionista con una sonrisa profesional—. Solo nos queda una habitación con una cama. Pero es muy amplia, no tendrán problemas.
Problemas. Como si el problema fuera el tamaño de la cama y no el hecho de que tendría que compartirla con Ricardo.
—Podemos buscar otro hotel —había sugerido Camelia, aunque sabía que no había tiempo. La reunión de negocios era al día siguiente, temprano, y ya era tarde.
—No hay necesidad —Ricardo había respondido con esa voz fría que usaba para cerrar discusiones—. Dormiré en el sofá.
Pero el sofá era pequeño, incómodo, y ambos lo sabían.
___
La noche cayó sobre la ciudad, arrastrando consigo un silencio que se sintió más pesado que de costumbre. Camelia se cambió en el baño, poniéndose el pijama de franela que había traído —uno de esos que usaba en invierno, con estampado de flores diminutas—. Se miró en el espejo, notando cómo sus mejillas estaban sonrojadas, como si el simple hecho de pensar en compartir la habitación con Ricardo fuera suficiente para acelerarle el corazón.
—No es gran cosa —murmuró para sí misma, aunque no se lo creía ni un poco—. Solo es una cama. Solo es una noche.
Pero cuando salió del baño, con el pelo recogido en una coleta desordenada y los pies descalzos, Ricardo ya estaba allí, de pie junto a la ventana, con la camisa desabotonada en el cuello y las mangas arremangadas. La luz tenue de la lámpara de noche bañaba su perfil, dibujando sombras bajo sus pómulos afilados.
—El baño está libre —dijo él, sin mirarla.
—Gracias —Camelia se acercó a la cama, sintiendo cómo el colchón se hundía ligeramente bajo su peso. Las sábanas eran suaves, demasiado suaves, como si estuvieran hechas para envolverla en algo más que sueño.
Ricardo no se movió. Se quedó junto a la ventana, con los brazos cruzados, como si estuviera decidiendo algo.
—No hace falta que duermas en el sofá —dijo Camelia al fin, rompiendo el silencio—. La cama es grande. Podemos compartirla sin tocarnos.
Ricardo la miró, y por un segundo, Camelia creyó ver algo parecido a la duda en sus ojos. Pero desapareció tan rápido como había llegado.
—No es apropiado —respondió, con una voz que sonó más tensa de lo habitual.
—¿Apropiado? —Camelia rio, aunque no había humor en el sonido—. Ricardo, llevamos dos meses fingiendo ser pareja. ¿Ahora te preocupa lo que es apropiado?
Él no respondió. Se limitó a mirarla, con una intensidad que la hizo sentir expuesta. Como si pudiera ver más allá de su fachada, más allá del pijama de franela y la sonrisa forzada.
—Bien —dijo al fin, acercándose a la cama—. Pero no te acerques.
—No lo haré —prometió Camelia, aunque no estaba segura de poder cumplirlo.
___
Se acostaron en silencio.
Camelia se colocó lo más cerca posible del borde, con el cuerpo rígido y los ojos cerrados, fingiendo que el simple hecho de estar tan cerca de Ricardo no le aceleraba el corazón. Él, por su parte, se tendió sobre su lado de la cama, con la espalda hacia ella, como si así pudiera crear una barrera invisible entre los dos.
El colchón era cómodo, pero Camelia no pudo relajarse. Cada vez que Ricardo se movía, cada crujido de las sábanas, cada respiración, le recordaban que no estaba sola. Que él estaba ahí, a solo unos centímetros de distancia.
—Buenas noches, Camelia —murmuró él al fin, con una voz que sonó más suave de lo habitual.
—Buenas noches, Ricardo —respondió ella, aunque no estaba segura de que él la hubiera escuchado.
___
El sueño la venció sin que se diera cuenta.
Soñó con flores, con campos verdes bajo un cielo infinito, con el sonido de la lluvia golpeando suavemente contra el cristal. Pero entonces, algo cambió. El sueño se volvió más cálido, más íntimo. Sintió un peso a su espalda, un calor que la envolvía, como si alguien la abrazara por detrás. No era un abrazo posesivo, sino uno suave, reconfortante, como si esa persona solo quisiera protegerla.
—No te vayas —murmuró en sueños, acurrucándose contra ese calor.
Y entonces, despertó.
___
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz tenue de la luna que se filtraba por la ventana. Camelia parpadeó, confundida, intentando entender por qué se sentía tan cálida, tan protegida. Hasta que lo sintió.
Ricardo.
Estaba pegado a su espalda, con un brazo rodeando su cintura de forma casi imperceptible. Su respiración era lenta, profunda, como si llevara horas durmiendo así. Pero lo más sorprendente no era eso.
Era el hecho de que sus manos, sin querer, se habían encontrado.