El aroma a jazmín y a galletas recién horneadas envolvía la casa de Eugenia como un abrazo cálido. Camelia respiró hondo al cruzar el umbral, sintiendo cómo el peso de las últimas semanas se aligeraba un poco. No era su floristería, ni el apartamento impersonal de Ricardo, pero había algo en ese lugar que le recordaba a casa.
—¡Querida! —Eugenia la recibió con una sonrisa radiante, tomándola de las manos como si fueran viejas amigas—. Qué alegría que hayas podido venir.
—Gracias por invitarme —respondió Camelia, devolviéndole la sonrisa—. Aunque Ricardo no me dijo nada de esto.
—Oh, él no lo sabe —Eugenia guiñó un ojo, cerrando la puerta tras ella—. Los hombres no entienden de estas cosas. Además, quería hablar contigo a solas.
Camelia sintió un escalofrío recorrerle la espalda. ¿Hablar de qué? No estaba segura de querer saber la respuesta.
___
La mesa del comedor estaba impecablemente puesta: tazas de porcelana blanca con detalles dorados, un juego de té de plata que brillaba bajo la luz del sol, y un plato de galletas caseras que desprendían un aroma a vainilla y canela. Eugenia sirvió el té con movimientos elegantes, como si cada gesto estuviera calculado para transmitir calma.
—Toma, prueba estas galletas —dijo, ofreciéndole el plato—. Las hice esta mañana. Son las favoritas de Ricardo.
Camelia tomó una, sintiendo cómo el azúcar se le derretía en la lengua. ¿Las favoritas de Ricardo? No podía imaginárselo comiendo algo tan dulce, tan… humano.
—Están deliciosas —murmuró, limpiándose los dedos en la servilleta.
—Me alegra que te gusten —Eugenia sonrió, pero sus ojos verdes, idénticos a los de su hijo, se nublaron por un segundo—. Aunque hace años que no las come. Desde que se convirtió en ese hombre frío y distante.
Camelia bajó la vista, sintiendo cómo el aire se espesaba.
—Ricardo no es… —empezó, pero Eugenia la interrumpió con un gesto suave.
—No hace falta que lo defiendas —dijo, con una sonrisa triste—. Sé cómo es mi hijo. Y sé por qué es así.
Camelia sintió que el corazón le latía con fuerza en el pecho. ¿Por qué? La pregunta le quemaba en la garganta, pero no se atrevió a formularla.
Eugenia suspiró, como si hubiera leído sus pensamientos.
—Ricardo no siempre fue así —empezó, jugando con la cuchara del té—. De pequeño, era un niño alegre. Curioso, cariñoso, siempre con una sonrisa en los labios. Pero su padre… Hizo una pausa, como si las palabras le dolieran—. Su padre era un hombre muy exigente. Quería que Ricardo fuera perfecto. Que sacara las mejores notas, que ganara todos los premios, que nunca cometiera un error.
Camelia sintió un nudo en la garganta. ¿Un padre exigente? No era la respuesta que esperaba.
—¿Y Ricardo? —preguntó en voz baja—. ¿Cómo lo llevaba?
—Al principio, lo intentaba —Eugenia cerró los ojos por un segundo, como si estuviera reviviendo un recuerdo doloroso—. Pero con el tiempo, aprendió que era más fácil no sentir nada. Que si no esperaba nada, no sufriría cuando las cosas salieran mal. Así que se convirtió en lo que su padre quería: un hombre frío, controlado, perfecto.
—Pero no es perfecto —murmuró Camelia, sin poder evitarlo—. Nadie lo es.
—Lo sé —Eugenia la miró con una intensidad que la hizo estremecer—. Pero él no. O no quiere aceptarlo. Por eso es tan difícil llegar a él. Por eso se esconde detrás de esa máscara de hielo.
Camelia sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. ¿Hielo? No. Ricardo no era hielo. Era un niño herido, un niño que había aprendido a protegerse del mundo construyendo muros a su alrededor.
—¿Y su padre? —preguntó, aunque no estaba segura de querer saber la respuesta.
—Murió hace cinco años —Eugenia bajó la vista—. Pero para entonces, el daño ya estaba hecho. Ricardo ya se había convertido en lo que su padre quería. Y no sé cómo ayudarlo a volver a ser quien era.
El silencio que siguió fue pesado, cargado de palabras no dichas. Camelia miró su taza de té, ahora fría, y sintió cómo el peso de la confesión de Eugenia se le clavaba en el pecho.
—¿Por qué me cuentas esto? —preguntó al fin, con la voz temblorosa.
Eugenia la miró con una sonrisa triste.
—Porque veo cómo lo miras —dijo, extendiendo la mano para tomar la de Camelia—. Y porque creo que tú podrías ser la persona que lo ayude a derretir ese hielo.
Camelia sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. ¿Derretir el hielo? No era su trabajo. No era su responsabilidad. Ella solo estaba fingiendo, solo estaba cumpliendo un contrato.
Pero entonces, ¿por qué le dolía tanto el corazón?
___
Eugenia abrió un álbum de fotos que descansaba sobre la mesa. Las páginas crujieron al pasarlas, como si llevaran años sin ser tocadas. En la primera foto, un Ricardo de unos ocho años sonreía a la cámara, con los ojos brillantes y las rodillas llenas de raspones.
—Este era él —dijo Eugenia, señalando la foto con un dedo tembloroso—. Antes de que su padre lo convirtiera en lo que es ahora.