El apartamento olía a flores.
No era un aroma intenso, ni siquiera consciente. Era algo sutil, casi imperceptible, como el rastro de un perfume que alguien hubiera dejado al pasar. Pero estaba ahí, colándose en cada rincón, en cada respiración, recordándole a Ricardo que ya nada era como antes.
Se detuvo en medio del salón, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el sofá. La manta que Camelia solía usar —una de esas con estampado de flores que él nunca habría comprado— estaba arrugada, como si alguien la hubiera dejado allí hacía solo unos minutos. Pero no había nadie. Solo él, el silencio y ese maldito aroma a jazmín que parecía burlarse de su necesidad de orden.
—Debería doblarla —murmuró, acercándose.
Pero no lo hizo.
En lugar de eso, se sentó en el sofá y pasó los dedos por la tela, sintiendo cómo el calor residual de Camelia aún persistía en las fibras. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? ¿Desde esa mañana, cuando ella se había levantado con prisa para ir a la floristería? ¿O quizá desde la noche anterior, cuando se había acurrucado bajo ella mientras veía una película que él había fingido no mirar?
Ricardo cerró los ojos, intentando recordar la última vez que su apartamento había olido a algo que no fuera limpio, frío o impersonal. Antes de Camelia, el aire acondicionado y los productos de limpieza eran los únicos aromas que conocía. Pero ahora…
Ahora olía a vida.
___
Se levantó con brusquedad, como si el sofá lo hubiera quemado, y se dirigió a la cocina. Allí, sobre la encimera de mármol, estaba la taza de Camelia. Era una de esas tazas ridículas que a él nunca le habrían gustado: blanca, con un conejito dibujado en un lado y las orejas sobresaliendo del borde. Infantil. Innecesaria. Perfecta.
La tomó entre sus manos, sintiendo cómo el asa, demasiado pequeña para sus dedos, le recordaba lo diferente que eran. Él siempre usaba tazas de cristal transparente, minimalistas, sin adornos. Pero esta… esta tenía personalidad. Esta tenía historia.
La acercó a su nariz sin pensar, como si pudiera encontrar en ella el rastro del café que Camelia solía tomar. Y entonces, el aroma lo golpeó: un dejo de vainilla y canela, mezclado con el amargor del café que ella endulzaba con demasiada azúcar.
—Mierda —murmuró, dejándola sobre la encimera con más fuerza de la necesaria.
El sonido de la cerámica al chocar contra el mármol resonó en el silencio del apartamento, como un reproche.
___
POV Ricardo
"No debería importarme.
No debería notar estos detalles.
Pero los noto.
Y eso me molesta más de lo que debería."
___
Se dirigió al baño, decidido a lavarse la cara y borrar de su mente cualquier rastro de debilidad. Pero al abrir la puerta, el aroma a flores lo golpeó de nuevo. Esta vez, más intenso. Más real.
El jabón de Camelia estaba sobre el lavabo, junto a su cepillo de dientes de cerdas gastadas y un frasco de crema que olía a rosas. ¿Cuándo había dejado de usar su jabón neutro? No lo recordaba. Pero ahora, el aroma floral se había mezclado con el suyo, creando algo nuevo, algo que no sabía si le gustaba o lo aterrorizaba.
Se miró en el espejo, buscando en su reflejo al hombre que había sido antes de que ella llegara. Pero ese hombre ya no estaba. O quizá nunca había existido.
—¿Qué me está pasando? —preguntó en voz alta, como si el espejo pudiera darle una respuesta.
Pero el espejo solo le devolvió su propia imagen: un hombre con ojeras, el pelo despeinado y una expresión que no reconoció. ¿Era confusión? ¿Frustración? ¿O algo peor?
___
El sonido de la puerta al abrirse lo sobresaltó.
—Hola —la voz de Camelia llenó el apartamento, cálida y vibrante, como si trajera consigo el sol de la calle—. ¿Ricardo?
Él no respondió. Se quedó quieto en el baño, escuchando cómo ella dejaba las llaves sobre la mesa de la entrada y sus pasos se acercaban.
—¿Estás aquí? —preguntó, asomándose por la puerta entreabierta—. Ah, hola. No te había visto.
Ricardo se giró, sintiendo cómo el corazón le latía con fuerza en el pecho. Camelia llevaba puesto un vestido floreado que le quedaba demasiado bien, y el pelo recogido en un moño desordenado del que escapaban algunos mechones. Olía a tierra, a flores y a algo dulce que no supo identificar.
—Sí —respondió, con una voz que sonó más áspera de lo que pretendía—. Estoy aquí.
Camelia frunció el ceño, como si notara que algo andaba mal.
—¿Todo bien? —preguntó, acercándose un paso—. Pareces… no sé. Tenso.
—Estoy bien —mintió, cruzando los brazos—. Solo cansado.
Ella lo miró durante un largo momento, como si estuviera evaluando si creerle o no. Luego, asintió con la cabeza, aunque sus ojos verdes brillaron con una duda que no expresó.
—Bueno, si necesitas algo, avísame —dijo, dándose la vuelta—. Voy a preparar café.