Pétalos y Espinas

Capítulo 14: El mirador

El correo electrónico seguía abierto en la pantalla del ordenador de Camelia.

"Lamentamos informarle que, debido a recortes presupuestarios, su beca para el máster en Floricultura Avanzada en la Universidad de Ámsterdam ha sido revocada. Le deseamos éxito en sus futuros proyectos."

Las palabras se le clavaban en los ojos cada vez que las releía, como si al hacerlo pudieran cambiar. Pero no cambiaban. Seguían ahí, frías, implacables, recordándole que su sueño se desvanecía como el humo.

—No puede ser —murmuró, cerrando el portátil con más fuerza de la necesaria.

El sonido del golpe resonó en el apartamento, pero no sirvió para aliviar el nudo que tenía en el pecho. Se quedó mirando la pantalla negra, sintiendo cómo las lágrimas le quemaban los ojos. ¿Y ahora qué? ¿Cómo iba a reunir el dinero en tan poco tiempo? ¿Cómo iba a renunciar a Ámsterdam después de todo lo que había luchado?

El sonido de la puerta al abrirse la sobresaltó.

—Camelia —la voz de Ricardo llegó desde la entrada, seguida del ruido de sus llaves al dejarlas sobre la mesa—. ¿Estás aquí?

Ella no respondió. No podía. Si hablaba, si intentaba decir algo, sabía que se derrumbaría. Y no quería derrumbarse. No delante de él.

—Camelia —Ricardo apareció en el umbral de su habitación, con el ceño fruncido—. ¿Qué pasa?

—Nada —mintió, forzando una sonrisa que no sintió—. Solo… un mal día.

Ricardo la miró durante un largo momento, como si estuviera evaluando la verdad en sus palabras. Luego, sin decir nada, se acercó y se sentó en el borde de la cama, frente a ella.

—No mientas —dijo, con una voz que sonó más suave de lo habitual—. Te conozco.

Camelia sintió que el corazón se le encogía. ¿Que la conocía? ¿Cómo podía conocerla si ni siquiera ella se conocía a sí misma en ese momento? Si ni siquiera sabía cómo iba a seguir adelante.

—Es la beca —admitió al fin, con la voz quebrada—. La han cancelado. No… no voy a poder ir a Ámsterdam.

Las palabras le supieron amargas en la boca, como si al decirlas en voz alta todo se volviera más real. Más definitivo.

Ricardo no dijo nada. Se limitó a mirarla, con una intensidad que la hizo sentir expuesta. Como si pudiera ver más allá de su dolor, más allá de su frustración, hasta el lugar donde guardaba todas sus esperanzas rotas.

—Lo siento —murmuró al fin, con una voz que sonó sincera.

Camelia asintió, sintiendo cómo las lágrimas le resbalaban por las mejillas. ¿Por qué tenía que ser tan amable? ¿Por qué no podía seguir siendo el Ricardo frío y distante que conocía? Sería más fácil odiarlo si lo fuera.

—No es tu culpa —dijo, limpiándose las mejillas con el dorso de la mano—. Solo… necesitaba desahogarme.

Ricardo la miró durante un largo momento, como si estuviera debatiendo algo en su mente. Luego, se levantó de la cama y le tendió la mano.

—Ven conmigo —dijo, con una voz que no admitía réplicas.

—¿Adónde? —preguntó ella, confundida.

—A un sitio —respondió él, con una pequeña sonrisa—. Confía en mí.

___

El coche de Ricardo olía a cuero y a su perfume, ese aroma amaderado que siempre la hacía sentir segura. Camelia se quedó mirando por la ventana, observando cómo las luces de la ciudad se desdibujaban a medida que se alejaban del centro. No preguntó adónde iban. No le importaba. En ese momento, solo quería dejarse llevar.

Ricardo conducía en silencio, con las manos firmes sobre el volante y la mirada fija en la carretera. Pero Camelia notó que estaba tenso, como si él también estuviera luchando contra algo.

—¿Estás bien? —preguntó al fin, rompiendo el silencio.

Ricardo la miró de reojo, como si sus palabras lo hubieran sorprendido.

—Sí —respondió, aunque su voz sonó insegura—. Solo… no estoy acostumbrado a hacer esto.

—¿Hacer qué? —Camelia frunció el ceño.

—Compartir —admitió él, con una sonrisa amarga—. No suelo llevar a nadie a este sitio.

Camelia sintió un escalofrío recorrerle la espalda. ¿Compartir? ¿Ricardo? El hombre que se escondía detrás de contratos y cláusulas, el que nunca hablaba de sí mismo, el que había construido muros a su alrededor para que nadie pudiera acercarse… ¿estaba compartiendo algo con ella?

—¿Por qué yo? —preguntó en voz baja.

Ricardo no respondió. Se limitó a apretar los dedos sobre el volante, como si la pregunta lo hubiera golpeado.

—No lo sé —murmuró al fin—. Pero quería hacerlo.

___

El mirador apareció de repente, como si el universo hubiera decidido revelárselo en el momento justo.

Era un lugar escondido, alejado del bullicio de la ciudad, donde el cielo se abría en un manto de estrellas y las luces de Madrid brillaban a lo lejos como luciérnagas atrapadas en la oscuridad. El aire olía a tierra mojada y a hierba fresca, y el silencio era tan denso que Camelia pudo escuchar el latido de su propio corazón.

—Dios —murmuró, bajando del coche—. Es precioso.




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