En cuanto llegaron al edificio, Dylan buscó las llaves en su bolsillo con manos ligeramente temblorosas. Giró la cerradura y empujó la puerta con suavidad, haciéndose a un lado para cederle el paso a Zoe con su caballerosidad habitual.
Zoe apenas cruzó el umbral cuando una imponente silueta peluda apareció en el recibidor. Milo, que parecía haber estado esperando detrás de la puerta, no dudó un segundo: trotó alegremente sobre sus tres patitas directas hacia la invitada, comenzando a frotar su robusto cuerpo contra los tobillos de ella mientras soltaba un ronroneo que vibraba con fuerza en el aire.
Zoe abrió los ojos de par en par, completamente asombrada. Jamás en su vida había visto a un gato tan grande, gordo y, sobre todo, tan sumamente tierno. La peculiar forma en que se balanceaba al caminar debido a su discapacidad le causó una ternura tan infinita que no pudo contenerse. Dejando caer su bolso al suelo sin importarle nada más, se agachó y tomó al enorme felino en brazos de inmediato.
Para sorpresa de Dylan, Milo no opuso la menor resistencia; al contrario, se acomodó en los brazos de Zoe como si la conociera de toda la vida, restregando su nariz contra la barbilla de la chica.
—¡Pero qué precioso eres! Exclamó Zoe con la voz rebosante de emoción, abrazándolo con cuidado.
—Nunca había visto a un gatito tan tierno... ¡Y míralo, está superpachoncito!
Zoe tuvo que hacer un pequeño esfuerzo debido al peso real del felino, pero logró acomodarlo contra su pecho antes de levantar la mirada hacia Dylan. El médico la observaba congelado en su lugar, con una mezcla de sorpresa y un profundo alivio instalándose en su pecho. Ver que Zoe adoraba a Milo, y que su normalmente compañero la había aceptado sin un solo zarpazo, provocó que una calidez maravillosa le inundara el corazón.
—Bienvenida, Zoe... Estás en tu casa. Dijo Dylan con una sonrisa sumamente dulce.
Se agachó de inmediato para recoger el bolso que ella había abandonado en el suelo y, con movimientos meticulosos, lo colgó con delicadeza en el perchero de la entrada.
Zoe avanzó hacia el interior del departamento con Milo aún en brazos, curioseando el entorno con ojos atentos. El lugar reflejaba a la perfección la mente de su dueño: era un espacio elegante, de líneas limpias y un minimalismo absoluto. Sin embargo, a pesar de tener muebles hermosos y acabados de lujo, a Zoe le pareció que el ambiente se sentía extrañamente vacío y frío. Contrastaba de forma radical con el caos colorido y ruidoso de su propio hogar. Guardándose sus observaciones para sí misma, continuó explorando hasta que sus ojos se posaron en la mesita de centro de la sala.
Allí, perfectamente alineadas, había un par de fotografías. En todas ellas aparecía Dylan y en cada una de ellas, Milo era su único acompañante.
Zoe sintió un sutil vuelco en el corazón. Una sonrisa impregnada de una dulce melancolía apareció en sus labios mientras depositaba con suavidad al felino sobre el sofá y se sentaba a su lado. «Así que... Milo ha sido verdaderamente su única compañía durante todo este tiempo...», pensó para sus adentros, comprendiendo un poco más el porqué de la reserva de Dylan.
—Tu casa es muy linda, Dylan. Tiene muchísimo estilo. Le dijo, rompiendo el silencio con un tono alegre para aligerar el ambiente.
Dylan se llevó una mano a la nuca, experimentando una timidez repentina que le tiñó las orejas de rojo. Sentía que su departamento no tenía mucho que ofrecer a una invitada.
—Bueno... es... Tartamudeó, aclarándose la garganta. —Lo lamento, no sé muy bien qué decir. Es la primera vez en muchísimos años que tengo visitas en casa, así que de verdad espero que te sientas cómoda. A Milo ya lo conociste... oficialmente.
Zoe asintió con entusiasmo, acomodándose en el sillón sin rastro alguno de incomodidad.
—Es un lugar maravilloso. Y, además, tienes a un dueño de casa sumamente adorable y gigante.
—Bueno... la verdad es que come demasiado. Bromeó Dylan, soltando una risita suave que contagió a Zoe.
Milo, como si entendiera que hablaban de él, soltó un maullido corto y volvió a frotar su cabeza contra el brazo de Zoe. Dylan miró al felino con complicidad y suavizó la voz.
—Milo, ve a traer uno de tus juguetes para que Zoe juegue contigo, por favor.
Para asombro absoluto de la chica, el gato se bajó del sofá con total obediencia, trotó hacia su canasta y, tras rebuscar unos segundos, regresó sosteniendo en su hocico una varita de pescar adornada con plumas de colores. La dejó caer justo a los pies de Zoe.
—¡Vaya! ¿De verdad entiende todo lo que dices? Preguntó ella, mirando al animal como si fuera una criatura mágica.
Dylan asintió, orgulloso y tímido.
—Sí, algo así. Te lo había dicho antes en la cafetería y en las cartas; es un gato bastante sabio.
Zoe soltó una risa clara y melodiosa, inclinándose hacia el felino.
—Es verdad, me lo dijiste, pero no creí que fuera para tanto. Lo siento mucho, señor Milo, por haber dudado de sus capacidades.
Milo respondió con un maullido sumamente suave, casi digno. Dylan, sintiéndose cada vez más cómodo, se sentó en el otro sofá cercano, guardando una distancia respetuosa, pero lo suficientemente cerca como para mirarla con claridad.