Petróleo y Azúcar

Capítulo 33: Jugo de mora y un intruso peludo

Al cruzar de nuevo el umbral del departamento, Zoe experimentó una placentera sensación de renovación. Después de tantas jornadas agotadoras cargando bandejas y lidiando con el bullicio de la cafetería, aquel paseo al aire libre le había sentado de maravilla. Y más aún porque había sido con la compañía de Dylan y Milo.

Se dejó caer en el sofá de la sala con un suspiro de satisfacción. De inmediato, se inclinó para desabrocharle la pechera a Milo. En cuanto se vio libre del arnés, el robusto felino se sacudió el pelaje con energía y, sin dudarlo, se recostó pesadamente justo al lado de ella, buscando su calor.

—Buen chico. Le murmuró Zoe, esbozando una sonrisa de bastante ternura mientras comenzaba a acariciarle el lomo de forma gentil.

Mientras tanto, Dylan salió de la cocina sosteniendo un vaso de cristal. Se acercó y se lo extendió con un gesto amable.

—Es jugo de mora casero... Espero que te guste. Dijo, un tanto expectante.

Zoe lo tomó entre sus manos y le dio un sorbo. Los ojos se le iluminaron al instante; el sabor era una mezcla perfecta de acidez y dulzura, asombrosamente refrescante.

—¡Guao, Dylan! Esto está riquísimo. Lo elogió, mirándolo con auténtica sorpresa. —Tienes que pasarme la receta obligatoriamente.

Dylan soltó una risita baja, halagado, y se sentó en el sofá, esta vez mucho más cerca de ella.

—Bueno, en realidad es bastante simple, pero está bien... Sacó su teléfono del bolsillo, tecleó rápidamente con sus dedos largos y precisos y le envió un mensaje de texto.

El celular de Zoe vibró a los pocos segundos. Ella revisó la pantalla y le dedicó una mirada cargada de dulzura.

—Gracias, Dylan.

Sus miradas se cruzaron en un instante suspendido en el tiempo. El café de los ojos de Dylan se encontró con la calidez de los de Zoe, y por un breve segundo, el mundo exterior pareció desvanecerse por completo, atrapados en una especie de hechizo silencioso. Nervioso por la intensidad del momento, Dylan fue el primero en desviar la vista, rompiendo la magia mientras se aclaraba la garganta con torpeza.

—Eh... bueno... ¿Te... te gustaría comer algo? Yo... bueno, preparé un estofado de res antes de ir por ti. Y ya es mediodía, me imagino que debes estar con hambre.

Zoe sonrió de medio lado, intentando ser cortés.

—No, la verdad es que yo no tengo tanta...

Antes de que pudiera terminar la frase, un sonoro y prolongado gruñido provino directamente de su estómago, resonando con crueldad en el silencioso departamento. Zoe cerró la boca de golpe, bajando la mirada por completo con las mejillas encendidas de la pura vergüenza. Tras un par de segundos de humillación silenciosa, asintió con timidez.

—Sí... la verdad es que sí tengo hambre... Gracias.

Dylan la observó y, contagiado por el rubor de la chica, se sonrojó también, dejando escapar una risa genuina, suave y completamente desprovista de malicia.

—Está bien, no te preocupes. Enseguida te lo sirvo.

Ambos se pusieron de pie y se dirigieron a la cocina. El espacio era sumamente moderno, equipado con tecnología de punta y superficies pulcras. En el centro destacaba una mesa bastante amplia, aunque a Zoe le llamó la atención un detalle: a pesar del tamaño del mueble, solo había dos sillas dispuestas. Un recordatorio silencioso de la soledad en la que Dylan solía habitar.

Zoe tomó asiento en una de ellas mientras Dylan encendía la estufa eléctrica. En cuestión de un par de minutos, un aroma verdaderamente exquisito comenzó a inundar el aire, haciendo que el estómago de Zoe protestara de nuevo. Ella se cubrió el rostro con las manos, muerta de la pena, pero no pudo evitar mirar de reojo a Dylan a través de sus dedos. Verlo moverse por la cocina con tanta soltura, concentrado en atenderla, provocó un vuelco extraño y maravilloso en su pecho.

«Cocino solo para mí... Qué lindo detalle», divagó en sus pensamientos, sintiendo que el corazón se le ablandaba un poco más. «Sería un novio tan increíble... ¡Pero bueno! ¿En qué estás pensando, Zoe? No, no, no... él es solo tu amigo... ¿Verdad?»

Sacudió la cabeza con fuerza para espantar aquellas ideas justo en el momento en que Dylan se giraba hacia ella con una sonrisa suave. Le tendió un plato hondo y la presentación era tan impecable y elegante que parecía salida de un restaurante de alta cocina.

Zoe juntó las manos en un gesto inconsciente de gratitud y miró al médico con los ojos brillantes.

—Con tu permiso, voy a comer.

Dylan asintió, visiblemente satisfecho. Se sirvió su propia porción y se sentó en la silla contigua, comenzando a comer a la par.

—¡Guao, qué rico está esto! —exclamó Zoe tras el primer bocado, dando pequeñas bocanadas de aire debido a lo caliente que estaba la carne, pero negándose a dejar de masticar.

Dylan no pudo evitar soltar una serie de risitas ante su entusiasmo.

—Cuidado, Zoe, está demasiado caliente. Ve despacio.

—Lo siento, lo siento. Se disculpó ella, riendo también. —Es que está delicioso y calientito. Aunque me queme la lengua, vale totalmente la pena.

Dylan desvió la mirada hacia su plato, con el rubor pintándole de nuevo las orejas.




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