𝙰ñ𝚘 𝟸𝟸𝟶 𝙰𝚗𝚝𝚎𝚜 𝚍𝚎 𝙲𝚛𝚒𝚜𝚝𝚘
"¿Por que?"
"¿Por que lo han hecho?"
"¿Por que han osado llenar de fe y ilusión a quienes abandonaron sin ningún apuro?"
"¿Como se han atrevido? a predicar de compasión y esperanza cuando han dejado sufrir a quienes dicen amar"
"Padre..."
"¿Por que lo haz hecho?"
"Nos has visto llorar con amargura, gritar de dolor y rabia, revolcarnos en la miseria mientras suplicamos a tus pies una migaja de esperanza, para ser testigos de tu silencio y el nauseabundo precio de la realidad"
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"Una realidad que te supera con creces, haciendo de este mundo... el infierno que es"
Puedo sentir la helada brisa de la tormenta contrastando con el calor de las llamas que devoran el mundo que alguna vez conocí, la imparable llovizna no es suficiente para extinguir el caos que se extiende hasta cada rincón de mi hogar, el hedor de la ceniza y la fétida fragancia de la carne ardiendo entre la ruina, rellenando mis pulmones junto aquel tizne negro, recubriendo todo el paraje en su densa oscuridad, ahogando cualquier brote de luz, entre las tinieblas.
El peso que sostengo sobre mis brazos, la humedad que impregna mis manos en ese sutil temblor inconsciente, el cálido rubor de su piel se desvanece, como agua de rio que se cuela por entre mis dedos, su vida se diluye en mi manos, mientras me aferro inútilmente en contener lo inevitable, en aceptar... que no, no había esperanza, solo ira.
Puedo sentir el vibrar de mi voz sobre mis labios resecos, puedo sentir el ardiente aullar de la rabia en mi garganta, raspando mis pulmones, puedo sentirlo en el fondo de mi contorsionado pecho, la angustia, la furia y la desilusión, el eco de mi propia colera azotando las puertas de mi corazón, mi fe, mi esperanza, la devoción, fueron mi propia condena, me alejaste, me retardaste para ver el abismo con mis propios ojos, para sentir el odio corriendo por mis venas, para maldecir con la fuerza de mi alma tu nombre, hasta quedarme sin voz, hasta regurgitar las memorias del pasado en un pulsante ardor en mi frente.