Marzo:13/24
A veces la vida no anuncia los encuentros que cambian el curso de lo cotidiano.
Simplemente, un día cualquiera, entre el murmullo del mundo, algo o alguien aparece… y el aire, sin razón aparente, empieza a tener otro peso...
Salí del colegio con una sensación extraña recorriéndome el pecho, como si mis pasos no me pertenecieran del todo. Mis amigos seguían bromeando, empujándose entre sí, hablando de cosas simples… pero yo apenas podía escucharlos. A veces la mente se queda atrapada en un solo instante, en un par de ojos, en un gesto mínimo que los demás considerarían insignificante.
Para ellos, el día fue normal.
Para mí, no.
Melisa notó mi distracción. Siempre lo hace.
—Elara, te fuiste del planeta… ¿qué pasa?
Me forcé a sonreír.
—Nada… solo estoy cansada.
Lucas arqueó una ceja.
—¿Cansada? Si en el recreo estabas más despierta que todos nosotros. Hasta parecías buscar algo… o a alguien.
Lo miré mal, y Sofía se rió bajito.
—Relájate. Solo digo que desde que ese chico apareció, tú estas… no sé… diferente.
Sentí un calor extraño en el rostro. No quería hablar de eso. Ni siquiera quería admitirlo para mí misma.
—Ni lo conozco —murmuré.
Samuel se acomodó los audífonos.
—Pero lo viste. Eso ya es algo. A veces basta ver a alguien una sola vez para que el corazón haga tonterías.
Sebastián pateó una piedrita del piso.
—Además, él ni sabe que existes. Tranquila.
Su comentario era inocente, pero me atravesó más de lo que esperaba.
Era verdad.
Él no sabe de mí.
Támara soltó un suspiro dramático.
—Ay, Elara… si vieras cómo te quedaste mirándolo…
—Ya cállense —dije riendo apenas—. Me van a hacer quedar mal.
Ellos siguieron charlando, pasando de tema en tema como siempre. Pero en mí, ese pequeño momento seguía girando, buscando un lugar donde acomodarse. Un instante tan simple… pero había cambiado algo en mi manera de mirar el día.
Cuando por fin llegamos a la salida, uno por uno se fue despidiendo. Quedé sola, como siempre cuando regreso a casa caminando.
Y ahí, en ese silencio, lo admití sin querer:
Algo había comenzado en mí sin pedir permiso.
EN CASA:
Apenas llegué, me dejé caer en la cama sin quitarme la mochila.
El cuarto estaba en silencio.
Y yo también.
Cerré los ojos y lo vi otra vez
pasando entre la multitud, sin saber siquiera que yo existía, y aun así, encendiendo algo que no entiendo.
El recuerdo era nítido.
Demasiado nítido.
Me quedé mirando el techo, intentando analizar todo como si fuera un problema de lógica, como si pudiera explicarlo. Pero no se explicaba.
Se sentía.
Y al sentirlo, aparecieron pensamientos que nunca digo en voz alta:
¿Por qué me afectó tanto?
¿Por qué se me aceleró el corazón?
¿Por qué su presencia… me desacomodó así?
Lo extraño es que él no me vio de verdad.
Al menos no como yo lo vi.
Aun así, había algo en su forma de caminar, en su expresión seria, como si cargara un mundo que no compartía con nadie… algo que me llamó. No sé si fue curiosidad, admiración o simple sorpresa. Solo sé que cuando lo vi, una parte de mí se quedó quieta, escuchando.
Y ahora, acostada en mi cama, con la tarde volviéndose sombra detrás de la ventana, tuve que aceptarlo:
Me impresionó.
Sin tocarme.
Sin hablarme.
Sin saber que yo estaba ahí.
Me interrumpió un pensamiento que dolió un poco:
> Él no sabe de mí…
pero yo ya estoy pensando demasiado en él.
Suspiré, abrazando la almohada con fuerza.
No debería importarme. No debería moverme tanto una simple mirada perdida entre pasillos, un rostro que apenas reconocí entre todos. Pero así funcionan las cosas que no esperamos: llegan sin permiso, se instalan sin explicación.
Y aunque intento sacarlo de mi mente… vuelve.
Como una pequeña chispa que no apaga el viento
Ese día terminó, pero no dentro de mí.
Aquí, en mi cuarto, con la luz apagándose de a poco, comprendí algo que me dio miedo admitir:
Hoy vi a alguien que no conozco…
y aun así cambió mi forma de respirar.
Y eso —aunque no quiera aceptarlo— significa que algo empezó.
No sé qué.
No sé cómo.
No sé si servirá para algo.
Pero empezó.
Y lo peor, o lo mejor…
es que él aún no lo sabe.