Piel De Aurora

CAPÍTULO 3

La alarma sonó antes de que mi mente terminara de ordenar los pensamientos de la noche anterior.
Abrí los ojos lentamente. Todo estaba igual que siempre: las mismas paredes, la misma ventana, el mismo cielo de la mañana…
Pero yo no era la misma.

Había algo distinto en mí.
Una inquietud suave, como si una parte de mí hubiera despertado antes que el resto.

Me quedé tendida unos segundos, respirando hondo.
No quería admitirlo, pero ya lo había hecho en silencio:
ayer cambió algo.
Algo pequeño.
Algo peligroso.
Algo hermoso.

Me levanté con esa sensación persistente en el pecho, como si llevara un secreto que ni yo entendía. Me alisté rápido y salí rumbo al colegio, intentando que el viento de la mañana despejara todo… pero no lo hizo.

Cada paso hacia el portón se sentía como un paso hacia algo que no controlaba.

RECREO

sonó el timbre del recreo, mis amigos se dispersaron en su caos normal: Lucas buscando comida, Melisa hablando con medio mundo, Sofía riéndose de algo que solo ella entendía.

Yo, en cambio, busqué un rincón tranquilo, como si mis pies ya supieran adónde quería ir.

Me senté en una banca al costado del patio, saqué mi cuaderno y lo abrí en una hoja en blanco.
No tenía intención de escribir.
No había planeado dibujar.

Pero ahí estaba él.
A unos metros.
Con su uniforme un poco desordenado, conversando con sus compañeros.

La vida tiene momentos que no pides, pero llegan igual” -pensé.
Y apenas lo vi reírse con uno de ellos, mi mano se movió sola.

Tomé el lápiz.
Lo acerqué al papel.
Y sin pensarlo… empecé a dibujarlo.

No directamente.
No como una chica descarada que observa sin pudor.
Lo hacía a escondidas, levantando la vista apenas un segundo, lo suficiente para atrapar una línea, un gesto, la curva leve de la sombra en su cuello.

Mi corazón latía fuerte.
Demasiado fuerte.
Pero aun así dibujaba.

Mientras lo hacía, las palabras vinieron solas, como si mi mente recitara en secreto una verdad que no sabía decir en voz alta:

“Hay presencias que no tocan la piel,
pero rozan el alma.
Hay miradas que no se cruzan,
pero dejan huellas.
"Hay personas que pasan una sola vez,
pero en su paso
despiertan el temblor de algo que estaba dormido.
Y aunque no sepan nuestro nombre,
su existencia nos altera…
como si el destino jugara con hilos invisibles
que uno no pidió tener."

Levanté la vista otra vez.
Él seguía ahí.
Sin imaginar que alguien lo estaba dibujando con la devoción silenciosa de quien mira lo que no debería mirar.

Había algo en su forma de estar de pie.
No arrogancia, no vanidad…
era más bien esa quietud firme que tienen las personas que parecen cargadas de pensamientos.

Y yo, escondida detrás de mi cuaderno, me descubrí preguntándome:

“¿Quién eres realmente?
¿Y por qué te siento…
como si ya te conociera de antes?”

No esperaba respuesta.
Solo seguí dibujando.

Hasta que, por un segundo mínimo, él giró la cabeza.
No hacia mí.
Solo hacia mi dirección general.

Pero ese mínimo gesto me congeló.

Cerré el cuaderno de golpe.
Mi corazón se volvió torpe.
Mi respiración también.

No me había visto, lo sabía.
Pero aun así sentí vergüenza, emoción, susto, todo mezclado.

Y entonces, con una honestidad que me asustó por dentro, pensé:

“Si él supiera que lo estoy dibujando…
si supiera que ya pensé tanto en él…
se reiría.
No entiende —no puede entender—
que este sentimiento no lo elegí.”

Seguí sentada ahí, con el cuaderno cerrado, sintiendo la presión dulce y amarga de lo que había despertado.

Ese día no pasó nada entre él y yo.
Ninguna palabra, ninguna mirada real.
Pero dentro de mí, sí pasó:

Lo dibujé.
Lo observé en silencio.
Y por primera vez…
lo admití de verdad.



#4909 en Novela romántica
#1778 en Otros
#28 en No ficción

En el texto hay: poesia, escritos, novela juveil

Editado: 30.11.2025

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.