Piel De Aurora

CAPÍTULO 4

...

Había pasado una semana entera desde aquel día en que lo dibujé a escondidas, una semana en la que todo siguió igual por fuera… pero por dentro no.
Aun así, no quería pensar en eso.
No hoy.

Por eso fui a entrenar

No porque quisiera mejorar nada, ni porque alguien me lo pidiera.
Fui porque necesitaba escapar de mí misma, aunque fuera por un instante.

Tomé el balón entre mis manos y respiré profundo.
El aire frío entró directo a mis pulmones, como si pretendiera ordenar lo que mi cabeza llevaba días desordenando.

Boté la pelota.

Tac.
Tac.
Tac.

El sonido fue casi medicinal.
Lo repetí una vez más, y otra, como si con cada rebote arrancara de mí una preocupación.

—Otra semana —murmuré para mí misma—. Y sigo pensando en lo mismo… ¿por qué soy así?

Corrí hacia la línea de tres y lancé. El balón golpeó el aro, rebotó fuerte y cayó lejos.

—Ay, por favor —me reí sola, con frustración y humor mezclados—. Hasta el basquet me está diciendo que me calme.

Fui a recogerlo y seguí tirando.
No había nadie alrededor, y eso me gustaba.
En la cancha, nadie me veía, nadie esperaba nada de mí, nadie cuestionaba mis silencios.

Ahí, solo era Elara…
sin comparaciones, sin presiones, sin pensamientos que dolían cuando nadie los escuchaba.

El partido de calentamiento había comenzado, pero mi cabeza no.
Mi cuerpo reaccionaba casi por instinto: correr, marcar, retroceder, saltar, recuperar, lanzar.
Pero por dentro… algo no estaba siguiendo el ritmo.

El equipo rival avanzaba con fuerza, y yo intenté mantenerme firme, pero había una sensación rara detrás de mi pecho.
Un hueco.
Un silencio que hacía más ruido que todo el gimnasio junto.

Comencé a driblar, esquivando a la defensa, pero cada movimiento se mezclaba con un pensamiento distinto:

¿Desde cuándo me pesa tanto la respiración?
— ¿Por qué tengo este miedo que no sé de dónde viene?

Corrí más rápido.
Tal vez si aceleraba mis pasos, mis ideas no me alcanzarían.

Pero la ansiedad tiene otra forma de correr:
no usa piernas, usa recuerdos;
no usa velocidad, usa incertidumbre.

Me abrí paso, forcé el tiro y la pelota entró.
Mi equipo celebró.
Pero dentro de mí no hubo eco.

Es impresionante cómo puedes anotar un punto y seguir sintiéndote vacía.
La jugada continuó y tuve que volver a correr.

Mientras el equipo rival avanzaba hacia nuestra zona, sentí la misma pregunta golpeando mi mente una y otra vez:

-¿Por qué, aunque estoy rodeada de ruido, siento que estoy sola por dentro?

Respiré hondo.
Mis piernas ardían, mis pulmones pedían descanso, pero seguí.

Porque a veces jugar es más que un deporte:
es el único momento donde puedo moverme lo suficiente como para no desmoronarme.

Un pase rápido, un choque de hombros, un salto…
y mi mente otra vez:

Tengo miedo.
Miedo de que mis emociones me consuman más que el cansancio del partido.

El silbato marcó una pausa.
Me quedé quieta, con las manos en las rodillas, respirando fuerte.

No era solo cansancio físico.
Era ese tipo de agotamiento silencioso que no se nota por fuera…
pero que pesa toneladas por dentro.

Y aun así, estaba ahí, en la cancha, tratando de dar lo mejor que podía…



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En el texto hay: poesia, escritos, novela juveil

Editado: 30.11.2025

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