El partido siguió avanzando… pero yo no.
Había momentos en los que el ruido del juego llegaba amortiguado, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo y subido el de mis pensamientos.
Fue entonces cuando escuché una voz detrás de mí, una que no esperaba.
—Elara… ¿qué te pasa? —preguntó alguien mientras tomábamos agua en la pausa.
Era joel: observa más de lo que habla, pero cuando habla, apunta directo a la herida que intento disimular.
—Nada —dije, mirando al piso, como si ahí estuviera mi respuesta.
Él frunció el ceño.
No de enojo, sino de preocupación auténtica, esa que se nota en la forma en que alguien inclina un poco la cabeza y te estudia como si quisiera sostenerte con los ojos.
—No mientas, Elara —dijo en voz baja—. Hoy estás jugando fuerte… pero con el corazón en otra parte. Y yo quiero saber dónde lo dejaste.
No supe qué decir.
Yo solo parpadeé, intentando que la ansiedad no se derramara en lágrimas delante de medio equipo.
El silbato sonó.
El partido terminó poco después; ni recuerdo el marcador.
De lo que sí me acuerdo es de que al salir, Adriel caminó a mi lado sin preguntar si podía acompañarme.
Simplemente lo hizo.
—¿Vienes a comer algo? —preguntó.
No tenía hambre, pero necesitaba despejar mi mente así que asentí.
Fuimos a un pequeño puesto, uno de esos que no tienen nada especial salvo el aroma tibio que se mezcla con conversaciones sencillas.
Nos sentamos y él me miró con esa seriedad cálida que me hacía sentir… vista.
—Ahora sí —dijo—. ¿Qué está pasando contigo?
Sentí mis dedos tensarse alrededor del vaso.
—No sé, Joel —confesé finalmente—. Últimamente me siento… vacía. Ansiosa. Como si todo estuviera fuera de lugar. Como si yo estuviera fuera de lugar.
Él me escuchó sin interrumpirme, sin hacer gestos dramáticos, sin darse aires de héroe.
Solo… escuchó.
Y eso ya era más de lo que yo había recibido en mucho tiempo.
—Siento que nada me llena —seguí—. Ni siquiera el juego. Y me asusta pensar que quizá soy yo… que tal vez estoy fallando en algo.
Hubo un silencio breve.
De esos silencios que no juzgan… que reflexionan.
Entonces Joel apoyó los antebrazos sobre la mesa y me miró directamente a los ojos.
—Escúchame bien, Elara —dijo con una convicción que me obligó a levantar la cabeza—
Tú no estás vacía… estás cansada.
Y el cansancio del alma no se cura durmiendo.
Se cura dejando de cargar cosas que no te corresponden.
Sentí la respiración entrecortarse.
—Te exiges demasiado —continuó—. Quieres ser fuerte todo el tiempo, aunque estés rota. No te permites sentir mal porque crees que eso te vuelve débil.
Pero ¿sabes qué es debilidad de verdad? Fingir que estás bien cuando no lo estás.
Sus palabras me golpearon con la precisión de un tiro limpio.
—No sé cómo soltar nada… —susurré.
Adriel sonrió apenas, una sonrisa pequeña, honesta.
—Se empieza hablando —dijo—.
No con todo el mundo… pero sí con alguien que no te va a soltar cuando te escuché quebrarte.
Mi garganta ardió.
Algo dentro de mí quiso llorar desde hacía semanas, pero siempre lo reprimía.
Esta vez, sin embargo, solo bajé la mirada y dejé escapar un suspiro largo, profundo, casi dolido.
—Entonces… —agregó él, inclinándose un poco hacia mí— cuando te sientas vacía… habla conmigo.
No porque quiera que dependas de mí.
Sino porque me importa lo que te pasa, aunque tú creas que no debería.
El silencio se hizo de nuevo.
Pero esta vez no pesaba.
No era vacío, era descanso.
Por primera vez en días… respiré un poco mejor.
No estaba sola.
Aunque mi ansiedad quisiera convencerme de lo contrario.
Y eso… ya era un pequeño milagro...
Joel siguió hablándome con esa calma madura que desordenaba mis pensamientos, pero yo… yo no entendía sus intenciones.
Tampoco quería entenderlas.
Mientras comíamos, él mantenía esa expresión serena, casi imposible de descifrar.
Había algo en su mirada que parecía leerme sin permiso; y aun así, no mostraba ni una fisura que revelara si era simple preocupación de compañero… o algo más.
—A veces pareciera que cargas el mundo entero, Elara —dijo de pronto, limpiándose la frente con el dorso de la mano—. Y nadie debería cargar tanto sola.
Yo intenté reír, pero salió torcido, casi frágil.
—Yo no cargo nada —mentí.
—Claro que sí —respondió él, sin dudar—. Lo noto cuando juegas.
Juegas como alguien que quiere ganar… pero que también está intentando escapar de algo.
Sentí un pequeño nudo apretarse en mi estómago.
¿Tan evidente era?
—Yo solo juego —susurré, bajando la mirada.
Él se inclinó apenas hacia mí, con una firmeza casi imperceptible pero que se sintió demasiado cercana.
—No voy a presionarte —dijo—. Pero si algún día quieres hablar… de verdad hablar… puedes contar conmigo.
Asentí, aunque no sabía por qué.
Quizá porque su voz tenía esa cualidad que te hace sentir segura aun cuando no entiendes el porqué.
Terminanos de comer y era hora de irnos
Al despedirnos, él me tocó el hombro suavemente, un gesto breve, casi accidental.
—Nos vemos en la próxima práctica —dijo con una sonrisa
Yo asentí.
Caminé unos pasos antes de voltear.
Adriel seguía ahí, observándome mientras yo me alejaba, como si intentara asegurarse de que realmente estaba bien.
Pero cuando me vio mirarlo, volteó rápido, fingiendo que no me había visto.
Y mientras caminaba yo seguía sin entender que a veces… alguien te observa con ojos que guardan un cariño silencioso.
Un cariño que tú aún no estás lista para ver.