Piezas Faltantes

Prólogo

Los alfas miraban primero el cuello.

Podían intentar disimularlo detrás de una copa de champaña, una sonrisa educada o alguna conversación sobre inversiones que movían más dinero del que una persona normal vería en toda su vida, pero tarde o temprano sus ojos terminaban bajando. Era apenas un instante. La garganta, el espacio bajo la mandíbula, el pedazo de piel que desaparecía detrás del cuello de la camisa. Después venía el aroma y, si tenían suficiente confianza o eran lo bastante idiotas, también el acercamiento.

Había aprendido a reconocer ese patrón hacía años.

El hombre frente a mí llevaba varios minutos hablando de unas propiedades en alguna costa que no me interesaba en absoluto. No estaba escuchándolo de verdad, aunque asentía cuando correspondía y sonreía en los momentos precisos. Una de las primeras cosas que había aprendido era que no necesitabas prestar atención a toda una conversación. Bastaba con conservar algunas palabras, nombres o cifras para poder recuperarlas después y hacer creer a la otra persona que habías estado pendiente de cada cosa que decía.

Incliné un poco la cabeza cuando hizo una pausa y sostuve su mirada durante un par de segundos antes de apartarla. Relajé apenas los hombros.

Lo justo.

Parecer accesible y parecer disponible eran dos cosas muy distintas, aunque muchos alfas parecían tener problemas para entender la diferencia.

La sonrisa del hombre se ensanchó.

Bien.

Había funcionado.

—¿Y dices que conoces al anfitrión?

Su mano terminó en mi cintura mientras hablaba.

Tuve que contener el impulso de mirarla.

No sentí miedo. Tampoco interés. Solo esa irritación seca que me provocaba que alguien me tocara sin permiso y que, durante un segundo, me hizo imaginar lo fácil que sería sujetarle la muñeca, girarla en el ángulo adecuado y enseñarle de una forma mucho menos amable a mantener las manos donde correspondían.

En vez de hacerlo, sonreí.

—Nuestros padres hicieron negocios hace algunos años.

Mentira.

—Entonces debes conocer bastante bien este círculo.

Su pulgar volvió a moverse contra mi costado.

Mi atención se desvió de inmediato al bolsillo interior de su saco. La tarjeta magnética sobresalía apenas por encima de la tela.

Diecisiete centímetros.

Tal vez dieciocho si volvía a inclinarse.

—Lo suficiente para saber que todos aquí fingen conocer a todos.

Se rio y yo acompañé la risa, más baja.

Me gustaban los hombres que se reían mucho durante una misión. Eran fáciles de leer y, casi siempre, todavía más fáciles de hacer hablar. En cuanto creían que estaban impresionando a alguien, comenzaban a regalar información sin darse cuenta.

Dejé escapar un poco de aroma pero solo una pequeña grieta en el efecto del supresor.

La manzana apareció entre nosotros, lo suficiente para mezclarse con el aire sin quedarse pegada a mi ropa ni llamar la atención de nadie más. Vi el momento exacto en que él la percibió. Sus pupilas se abrieron ligeramente y su propia fragancia, especiada y demasiado fuerte, aumentó antes de que consiguiera controlarla.

No podía culparlo del todo.

Yo había hecho aquello a propósito.

Mi casta nunca había sido tratada como una desventaja dentro de la organización. Ni siquiera nos daban la oportunidad de pensar en ella de esa manera. Las debilidades eran inútiles, y allí nada tenía permitido ser inútil.

Mucho menos nosotros.

Descubrieron pronto que un omega podía entrar en lugares a los que un agente enorme, armado y con aspecto amenazante jamás tendría acceso. Algunos hombres hablaban demasiado cuando creían que estaban seduciendo a alguien. Otros confundían docilidad con estupidez y muchos alfas poderosos bajaban la guardia frente a un omega atractivo que sonriera de la manera correcta.

Así que me enseñaron a hacerlo.

Me enseñaron dónde poner las manos, cuánto inclinar la cabeza, cuánto tiempo sostener una mirada antes de que pareciera interés y cuándo apartarla para conseguir que la otra persona quisiera recuperarla. Aprendí a cambiar ligeramente mi voz, a retroceder medio paso cuando alguien invadía mi espacio y a dejar que una mano permaneciera sobre mi cintura mientras pensaba en cuántas formas diferentes podía romperla si era necesario.

Controlar las feromonas había sido bastante más desagradable.

Los supresores ayudaban, pero depender de ellos por completo podía arruinar una misión. O matarte.

El miedo podía cambiar tu aroma. También el estrés, la adrenalina, el deseo, una aceleración brusca del corazón o una respuesta involuntaria del cuerpo. Habíamos pasado meses respirando de determinadas maneras, soportando estímulos y aprendiendo a controlar cosas que, hasta entonces, yo ni siquiera sabía que podían controlarse.

Con suficiente práctica, tu propia casta terminaba convirtiéndose en otra herramienta.

Aquella noche llevaba un supresor de potencia media. Lo bastante fuerte para evitar que mi aroma llenara el salón, pero no tanto como para desaparecerlo.

Un omega sin olor despertaba preguntas.

Un omega que olía ligeramente a manzana despertaba otro tipo de interés y yo necesitaba precisamente eso.

—¿Quieres otra copa? —preguntó el hombre.

Miré su vaso cuando hizo una seña a uno de los camareros.

La tarjeta seguía allí.

—Claro.

Esperé hasta que giró la cabeza.

Mis dedos entraron en su saco, encontraron el borde de plástico y regresaron a mi costado antes de que volviera a mirarme.

Ni siquiera un segundo.

—Aunque, pensándolo mejor… —levanté mi copa, todavía casi llena—. Creo que voy demasiado rápido.

La expresión que apareció en su cara fue tan predecible que casi me dio risa.

—Podríamos ir a un lugar más tranquilo.

Por supuesto.

Siempre terminábamos llegando a esa parte.

Apoyé dos dedos sobre su antebrazo y me acerqué lo suficiente para dejar escapar otra pequeña nota de manzana. Esta vez acompañé el gesto con una sonrisa más tímida, menos segura, cuidadosamente medida.



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En el texto hay: mafia, omegaverse, espias

Editado: 12.09.2026

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