Piezas Faltantes

1

Había misiones que exigían infiltrarse en edificios protegidos, memorizar rutas de escape y calcular cuántas personas podían intentar matarte antes de alcanzar una salida.

Y luego estaban aquellas.

Llevaba casi dos horas sentado junto a la ventana de una cafetería, con una taza de café entre las manos y la única instrucción de observar el edificio del otro lado de la calle.

Eso era todo.

No acercarme al objetivo, no seguirlo si decidía marcharse y mucho menos intervenir. Solo necesitaban saber con quién se reunía y a qué hora abandonaba el edificio.

Una tarea tan sencilla que empezaba a sospechar que alguien dentro de la organización me odiaba particularmente aquella semana.

Di otro sorbo al café mientras deslizaba el dedo por la pantalla del teléfono. Había elegido aquella mesa porque desde allí podía vigilar la entrada principal sin girarme cada treinta segundos como un idiota empeñado en anunciar que estaba espiando a alguien.

La cafetería, al menos, no estaba mal.

Era pequeña, cálida y lo suficientemente concurrida como para que nadie prestara demasiada atención a un hombre que llevaba demasiado tiempo ocupando una mesa junto a la ventana.

Mi ropa también ayudaba.

Pantalones beige, tenis blancos y un suéter azul claro ligeramente holgado. El abrigo crema descansaba sobre el respaldo de la silla y las mangas del suéter me cubrían parte de las manos cada vez que levantaba la taza.

Era ropa apropiada para el lugar.

Perfectamente apropiada.

—Todavía no entiendo qué llevas puesto.

Cerré los ojos durante un segundo.

Había hablado demasiado pronto.

—Ropa.

—Eso lo veo.

—Entonces no entiendo el comentario.

La voz en mi auricular soltó una risa contenida.

—Parece que asaltaste el armario de un estudiante de arte.

Miré discretamente mi reflejo en el cristal.

No veía absolutamente nada malo.

El azul era discreto, el beige también. Además, el suéter era cómodo y bastante más cálido que la ropa táctica que solía terminar usando en misiones normales.

—Es parte de la cobertura.

—¿La cobertura exige colores pastel?

Apreté un poco más la taza.

—Paso desapercibido.

—Aris, podrías haber usado una sudadera gris.

—Eso llamaría más la atención.

La carcajada que recibí a cambio resultó considerablemente más molesta de lo que debería.

—Claro. El gris, famosísimo por atraer multitudes.

Estuve a punto de explicarle que el tono del suéter combinaba perfectamente con el abrigo pero me detuve a tiempo, ella no necesitaba saber eso.

—¿Vas a dejarme trabajar?

—Estás mirando una puerta.

—Estoy trabajando.

—Con un suéter azul bebé.

—Corta la comunicación.

—Qué sensible.

Ignoré el auricular y levanté la vista hacia el edificio.

Nada.

Ningún movimiento importante, nadie entrando o saliendo que mereciera atención y ninguna señal de que la misión fuera a volverse mínimamente interesante.

Perfecto.

Regresé al café.

Cuando intenté beber descubrí que la taza estaba vacía.

Fruncí el ceño.

Eso me decepcionó más de lo razonable.

Levanté una mano cuando una camarera pasó cerca y pedí otro. Ella recogió la taza y, antes de marcharse, señaló la vitrina junto al mostrador.

—¿Quieres algo para acompañarlo?

Iba a decir que no pero entonces vi el pastel de chocolate.

Me quedé observándolo un instante.

—Una rebanada de ese.

La camarera siguió mi mirada.

—¿Chocolate?

—Sí.

Se marchó, así que continué mirando la vitrina unos segundos más.

No me gustaban especialmente los postres. Tampoco tenía nada personal contra el chocolate, pero podía pensar en decenas de cosas que preferiría comer antes.

Probablemente tenía hambre.

No había desayunado bien.

Volví a concentrarme en la calle y olvidé el asunto hasta que la camarera dejó frente a mí una taza nueva y una porción bastante generosa de pastel.

Le di las gracias y tomé el tenedor.

Estaba bueno.

Probé otro bocado mientras revisaba la entrada del edificio.

Luego otro.

Cuando volví a mirar el plato quedaba menos de la mitad.

—¿Estás comiendo?

La voz regresó a mi oído.

—Estoy en una cafetería.

—Escucho el tenedor.

—Fascinante.

—¿Qué estás comiendo?

—¿Ahora también supervisas mi alimentación?

—Me estoy aburriendo.

Eso, al menos, podía entenderlo.

—Pastel.

Hubo un silencio.

—¿Qué?

—Pastel.

—¿Tú?

Bajé lentamente el tenedor.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Que odias el pastel.

—No lo odio.

—Una vez dijiste que el betún sabía a azúcar mezclada con grasa.

—Ese pastel era malo.

—También dijiste que no entendías por qué alguien arruinaría harina perfectamente buena convirtiéndola en postre.

Recordaba haber dicho aquello y seguía pareciéndome una crítica válida.

—Este está bien.

—¿De qué es?

Miré el plato.

—Chocolate.

El silencio fue todavía más largo.

—Estás enfermo.

—Estoy trabajando.

—Aris, tampoco te gusta el chocolate.

—No tengo que justificarte lo que como.

—No pero ahora quiero saber cómo termina esto.

Terminé el último pedazo únicamente porque empezaba a molestarme la conversación.

El problema fue que seguía teniendo hambre.

Miré hacia la barra. En una segunda vitrina había sándwiches, paninis y otras cosas saladas.

Eso era lo lógico.

Necesitaba comida de verdad.

La camarera apareció para recoger el plato.

—¿Quieres algo más?

—Sí, quisiera…

Mis ojos se desviaron hacia una pequeña tarta cubierta de fresas.

—La tarta de fresas.

La mujer asintió y se alejó.

Me quedé mirándola.

Había querido pedir un sándwich.

¿Por qué demonios había pedido fresas?



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En el texto hay: mafia, omegaverse, espias

Editado: 22.09.2026

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