→ THE WINNER TAKES IT ALL (ABBA)
"El ganador se lleva todo
El perdedor debe caer
Es simple y cruel
¿Por qué debería quejarme?"

10 DE NOVIéMBRE, 1998
10:30pm
Galería "Evalia's Arts"
Azotadas eran las calles de Lucellia por ráfagas secas de frío nocturno, anunciando la aproximación del invierno.
Las pocas personas que quedaban rondando por las calles se podían resumir en borrachos, gente que se iba de fiesta o simplemente personas en asuntos que a nadie le convenían.
En los altos muros de la galería del pueblo, el silencio reinaba. Las pocas personas que pasaban a aquella hora se podían quedar largos ratos admirando las pinturas, las esculturas... O simplemente se quedaban para admirar la última función de la sala de proyecciones.
Normalmente pasaban las películas contemporáneas, las que estaban de moda tardaban mucho en distribuirse hasta Lucellia, cómo Harry Potter o Star Wars IV. De resto normalmente las salas de proyección mostraban películas musicales o documentales.
Pero esa noche, era diferente, a altas horas de la noche, algunas personas se encontraban sentadas admirando una de las proyecciones, y entre ellas, se divisaba la pequeña silueta de un lobo.
Dicha silueta perteneciente a nada más ni nada menos que al pequeño William, admirando casi embobado a la proyección. Le había empezado a atraer el cine de suspenso, y justamente había ido esa noche por el estreno de "El silencio de los inocentes", película que había esperado por meses. Cómodo en su asiento y siempre cargando su peluche de burro.
Estar viendo esa película era mil veces mejor que estar en su casa, prefería cualquier cosa antes de ir a aquella pocilga de engaños y gritos.
La película había llegado a la tan dichosa escena de Clarice y Hannibal Lécter en la cárcel, escena que los periódicos habían elogiado a montones desde su estreno en Estados Unidos. Sus ojos y oídos se centraron en la gran pantalla de la sala.
"¿Es un chiste? La mayoría de los asesinos guardan trofeos de sus víctimas" - Miró Clarice desde los exteriores de la jaula impacible ante el comentario anterior"
La película estaba poniéndose más interesante, y las actuaciones eran verdaderamente dignas de un Óscar.
"Yo no" - Respondió Hannibal con una mezcla de locura y tranquilidad en su faz
"No, no. Usted se las comió" - Dió por terminada la conversación la detective.
William se quedó boquiabierto ante aquella declaración.
Justo en el momento en que acabó la escena, las puertas de la sala se abrieron de un portazo, dejando pasar a uno de los guardias del cine examinando con total cuidado la habitación, como si estuviera buscando a alguien.
William desvió su atención y trató de esconderse en su asiento, pero el guardia lo notó y juzgando por la silueta pequeña sabía muy bien que ese niño no tenía la edad para estar en dicha función y mucho menos a tan altas horas de la noche.
- ¡Hey, niño! ¡Ven aquí! - Exclamó el toro guardia directamente
William no perdió tiempo, guardó su peluche, tomó su bolso y salió disparado de su asiento hacia la salida de la sala. El toro trató de agarrarlo pero el pequeño lo esquivó con facilidad. Siguió corriendo, y para evitar ser perseguido, se escondió detrás de una estantería cercana a la salida.
Tras ella podía asomarse y ver si venía en guardia, pero en vez de eso vió al dueño de la galería y a su hija, recostada en una pared y agitando su espada en el aire, no recordaba muy bien su nombre... ¿Zaza? ¿Ziggy? Lo único que recordaba sobre acerca de ella era el hecho de que es una zebra.
─ Ya es de tarde, deberías irte, Zizzy ─ Dijo el mayor.
─ No es necesario, no tengo nada mejor que hacer ─ Respondió la zebra con un tono frio.
El toro se acercó a los dos con notable cansancio.
─ Es ese niño, otra vez... No sé cómo hace para burlar a la seguridad cada vez que viene... ─ Murmuró el toro.
─ Ese niño me preocupa, a veces siento que pasa más tiempo aquí que en su propia casa... ¿Cuántas veces ha venido ya esta semana, mi querida Zizzy? ─ Bromeó el mayor
William no escuchaba más que murmuros, se intentaba asomar más por curiosidad, pero eso lo dejó un tanto expuesto. La cebra dejó de jugar con su espada y por un segundo miró a aquella estantería, dónde el pequeño se escondía.
Rápidamente la zebra volvió su mirada a la conversación ─ No sé, creo que ya es costumbre que venga todos los días, lo ví yendo hacia la caramelearía ─ Billy se dió cuenta de ello y dejó de hablar por un momento, desvió la mirada y vió al pequeño, escondiéndose en la estantería.
William bajó la cabeza, pero sabía que ya lo habían visto.
El toro miró a la cebra buscando algún tipo de aprobación de su parte. Está última exhaló en respuesta y se resignó recostando su cabeza en la pared de la galería. William volvió a asomarse lentamente. Vió como Billy lo observaba estando de espaldas para que el dueño no sospechara nada, mientras que con las manos en sus manos le indicaba que se fuera.
El pequeño sonrió aliviado y sin que nadie se diera cuenta salió disparado fuera de aquella galería.
─ ¿Billy? ¿Billy? ¿Me estabas escuchando? ¿Tienes alguna idea de dónde puede estar? ─ Interrogaba el mayor al toro.
Este último volvió a mirar hacia el frente, solo había alcanzado a escuchar lo último que dijo su jefe.
─ Ehh, no lo sé... Iré a buscar de nuevo a la sala de proyecciones, ese niño es demasiado ágil ─ Tras decir eso, el toro abandonó la conversación para irse y no crear sospechas en su jefe, siendo seguido por la cebra.
Ya afuera, la noche era clara, la luna brillaba cómo en ninguna otra noche. Sintió el frío helado en cada parte de su cuerpo. Corrió lejos, hacia las carreteras que daban salida a la ciudad. Lo único que quería era irse lejos de Lucellia y nunca volver.
Una sensación de que alguien lo estaba observando le respiraba en la nuca, pero ya no había vuelta atrás. No pensaba devolverse. Era ahora o nunca, ya había visto suficiente sobre esa ciudad. Adiós a su hermana, adiós a su banda criminal, adiós a esos estúpidos policías que no se molestaron ni por un segundo en conseguirles una nueva familia cuándo asesinaron a sus padres siendo menores de edad...