Pinceladas de Sentimientos

I

Mi reflejo en el espejo me devolvía la imagen de una extraña. La falda escocesa de tablas perfectas y la chaqueta con el escudo del colegio, bordado en hilos que brillaban como el oro de verdad, se sentían como una armadura demasiado pesada para alguien que estaba aprendiendo a usar de nuevo su propia voz.

Hacía dos años que el silencio había dejado de ser mi única manta. Dos años desde que las palabras, esas que se quedaron atrapadas en el fondo de mi garganta aquel día del accidente, decidieron volver a salir. Pero hoy, frente al espejo de mi habitación que olía a aguarrás y a mis sueños de óleo, sentía que el nudo en mi garganta volvía a apretarse.

— Pareces un pingüino de la alta sociedad, Lucía. Pero si no sueltas el aire, te vas a poner del color de ese azul cobalto que tanto te gusta usar.

Me sobresalté. Por el espejo vi a mi abuela, Doña Sofía. Estaba sentada en su silla de ruedas, tan impecable como siempre, con sus anillos de diamantes centelleando bajo la luz de la mañana. Ella siempre sabía cuándo yo estaba a punto de "romper de nuevo".

— Abuela… —mi voz sonó pequeña, como el roce de un pincel seco—. ¿Y si se me olvidan las palabras? ¿Y si los otros niños ven que estuve "muda"?

Ella movió su silla hasta quedar a mi lado. Tomó mi mano; la suya estaba fría, pero su tacto era firme.

— Escucha bien, mi pequeña artista —me dijo, y sus ojos grises brillaron con esa picardía que siempre me hacía sonreír—. Las personas que han estado "rotas" son las únicas que dejan pasar la luz de una forma especial. Además, si alguien intenta molestarte, solo dímelo. Todavía sé usar este bastón de plata para algo más que para señalar cuadros feos.

Solté una risita ahogada. Justo entonces, mi tío Sebastián entró en la habitación. Él siempre caminaba como si fuera el dueño del mundo, pero cuando me miraba, sus hombros se relajaban. Se arrodilló frente a mí, sin importarle que sus pantalones de sastre se arrugaran contra la alfombra persa.

— Lulú, hoy empieza tu verdadera aventura —me dijo, extendiéndome un estuche de cuero suave—. Dulce y yo estamos muy orgullosos de ti. Recuerda que, pase lo que pase afuera, aquí siempre seremos tu refugio.

Dentro del estuche había una pluma fuente de plata con mi nombre grabado: Lucía. La apreté contra mi pecho como si fuera un amuleto. Detrás de él, mi tía Dulce María nos observaba desde el umbral. Ella no decía mucho, pero su presencia, que siempre olía a jazmines frescos y a la paz de los conventos, era lo que me mantenía en pie.

— Es hora, mi niña —susurró Dulce con esa dulzura que le hacía honor a su nombre—. El mundo está esperando a ver todos esos colores que guardas dentro.

Asentí, respirando hondo. Bajé las escaleras de mármol, pasando por delante de los retratos de mis padres. Sus ojos pintados al óleo parecían seguirme, dándome una bendición silenciosa. Salí al jardín, donde el coche negro de mi tío ya me esperaba.

Me subí, sintiendo el aroma a cuero del asiento y el peso de mi nueva mochila. Mientras el coche se alejaba de los portones de hierro de la mansión, me prometí a mí misma que no volvería a esconderme en el silencio.

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El colegio no era un edificio; era un palacio de piedra gris y jardines que parecían recortados con tijeras de manicura. Al bajar del coche, el perfume de mi tía Dulce seguía pegado a mi chaqueta, pero el aire frío de la mañana se encargó de recordarme que ya no estaba en mi burbuja de cristal.
Caminé por los pasillos pulidos, apretando la correa de mi mochila. Todos parecían conocerse. Había grupos de chicas riendo, chicos corriendo con balones de fútbol y un bullicio que, por un segundo, me hizo querer volver a mi silencio. Pero entonces recordé la pluma de plata en mi bolsillo y seguí adelante.
— ¡Cuidado con el caballete! —gritó una voz chillona.
Entré en el salón de Artes Plásticas y me quedé paralizada. Era el lugar más hermoso que había visto: techos altos, ventanales inmensos y el aroma embriagador a trementina y lápices recién tajados.
— Tú debes de ser la chica nueva, Lucía, ¿verdad? —me preguntó una niña que parecía tener un motor eléctrico por dentro.
Tenía el uniforme un poco desaliñado y una mancha de pintura verde en la mejilla.
— Soy Valeria —continuó sin darme tiempo a responder—. Y ella es Martina.
Martina, una niña de ojos soñadores y trenzas perfectas, me saludó con la mano mientras sostenía un libro de poemas.
— Hola, Lucía. Qué nombre tan romántico tienes —dijo Martina con una voz suave—. Significa "luz".
Me senté entre las dos, sintiendo que el nudo en mi garganta se aflojaba un poco. El profesor nos pidió que dibujáramos "nuestro lugar favorito". Mientras el resto de la clase dibujaba casas de campo o playas de vacaciones, yo cerré los ojos. Recordé el jardín de mi casa bajo la lluvia, cuando el mundo se vuelve de un gris azulado y las flores parecen llorar de alegría.
Empecé a trazar. Mi mano se movía sola, recuperando el tiempo perdido.
No dibujé una casa; dibujé una explosión de colores: un jardín que nacía de un corazón que se estaba abriendo.
— ¡Vaya! —susurró Valeria, asomándose sobre mi hombro—. Eso no parece una tarea de clase, parece... un paraiso.
— Es precioso, Lucía —añadió Martina, acercándose también—. Parece que tus flores tienen sentimientos.
Me sonrojé. Hacía mucho tiempo que no compartía mis dibujos con nadie que no fuera mi familia.
— Es que... a veces las palabras no alcanzan —logré decir, y mi voz sonó firme, casi musical.
— Pues a nosotras nos sobran palabras —rio Valeria—. ¿Quieres ser nuestra amiga? Mi hermano dice que soy un terremoto, pero Martina es el sismo que viene después. ¡Seremos el equipo perfecto!
Miré a mis dos nuevas amigas. Valeria era pura energía y Martina era la calma romántica. Por primera vez en años, sentí que el mundo fuera de mi mansión no era un lugar aterrador, sino un lienzo en blanco esperando a ser pintado.
— Me encantaría —respondí con una sonrisa que me dolió en las mejillas de tanto tiempo que la sostuve.
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El trayecto de vuelta a casa se me hizo eterno. Mis manos no paraban de jugar con el borde de mi falda y sentía una electricidad recorriéndome la espalda que no me dejaba estar quieta. En cuanto el coche cruzó los portones de hierro y se detuvo frente a la escalinata, no esperé a que el chófer me abriera la puerta. Salté del asiento y corrí hacia la entrada como si mis zapatos tuvieran alas.
— ¡Tío Sebastián! ¡Tía Dulce! —grité mientras empujaba las pesadas puertas de roble.
El eco de mi propia voz en el vestíbulo de mármol me sorprendió. Antes, ese sonido me habría asustado, pero hoy se sentía como una música triunfal. Escuché el repique de los tacones de mi tía Dulce y los pasos firmes de mi tío bajando las escaleras.
— ¡Cielo santo, Lucía! Parece que traes un motor encendido —dijo mi tía Dulce, atrapándome en un abrazo que olía a vainilla y hogar.
— ¡Tengo amigas! ¡Dos amigas de verdad! —las palabras se atropellaban en mi boca, saliendo con una urgencia que me hacía jadear—. Se llaman Valeria y Martina. Valeria es como un fuego artificial, siempre brillante y moviéndose, y Martina... ella lee poesía y dice que mi nombre significa luz. ¡Y el profesor de arte dijo que mis flores tenían sentimientos!
Mi tío Sebastián se reía, apoyado en el pasamanos, mirándome con una mezcla de asombro y alivio. Sé que para él, oírme hablar así, sin miedos, era el mejor negocio de su vida.
— Despacio, pequeña saltamontes —bromeó él, dándome un beso en la frente—. Si sigues a este ritmo, te vas a quedar sin oxígeno antes de la cena.
— Déjala, Sebastián —intervino una voz aguda desde el pasillo. Era mi abuela Sofía, avanzando en su silla de ruedas con una sonrisa de suficiencia—.Cuéntame más, Lucía. ¿Esa Valeria es de buena familia? ¿Y qué es eso de que Martina lee poesía? Espero que no sea de esa que da dolor de cabeza.
Nos dirigimos al comedor, donde la mesa de caoba ya estaba servida con vajilla de porcelana fina que tintineaba suavemente. Mientras cenábamos, les conté cada detalle: el olor del salón de arte, el dibujo del jardín que hice y cómo nos reímos en el recreo.
— Valeria me invitó a su casa este sábado —dije de pronto, bajando un poco el ritmo—. Dice que tienen un jardín enorme y un perrito nuevo al que todavía no le ponen nombre. ¿Puedo ir?
Mi tío y mi tía se miraron. Vi una chispa de duda en los ojos de él —su instinto protector siempre estaba alerta—, pero Dulce le tomó la mano por debajo de la mesa y le sonrió con esa paz que solo ella poseía.
— Creo que es una idea maravillosa, Lulú —respondió mi tío finalmente—. Pero irás con seguridad, por supuesto. No quiero que nada interrumpa esta racha de felicidad.
— ¡Y llévate tus mejores pinceles! —añadió la abuela Sofía, guiñándome un ojo—. Si el jardín de esa niña es tan grande como dices, necesitarás mucho papel para atraparlo todo. Y si el perro te muerde un zapato, me avisas; iré personalmente a darle un bastonazo.
Esa noche, cuando me acosté en mi cama de sábanas de seda, no pude dormir de inmediato. Me quedé mirando el techo, imaginando el jardín de Valeria. En mi mente, ya estaba mezclando los colores para pintarlo: verde esmeralda para el césped, azul cristalino para el estanque que ella menciono.
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