Me quedé allí, pequeña y tiritando bajo su chaqueta, que me quedaba tan grande que parecía una carpa de circo. Pero no me importaba. Sus ojos eran del color de la miel bajo el sol, y la forma en que me miraba... no era como se mira a una niña que acaba de cometer una imprudencia, sino como se mira a una heroína de leyenda. No había palabras en mi boca, solo podía mirarlo a él y sus ojos amables.
—Mateo, ¡La asustaste ! —chilló Valeria, llegando por fin a nuestro lado junto a Martina, que parecía a punto de desmayarse—. ¡Lulú, estás traumatizada! Mi hermano es un bruto, te sacó del agua como si fueras un saco de patatas. ¿Estás bien?.
—La saqué como a una valiente, Vale —respondió Mateo sin dejar de sonreír, ayudándome a ponerme en pie. Sus manos eran grandes y cálidas—. Si no fuera por ella, este pequeño no estaría contando el cuento.
El cachorro soltó un ladrido agudo y sacudió sus orejas largas, salpicándonos a ambos. Mateo soltó una carcajada limpia, un sonido que me pareció la música más hermosa que había escuchado jamás. Mi corazón latía acelerado ya no de susto sino de emoción.
—Como todavía no tiene nombre y tú eres su salvadora —dijo Mateo, inclinándose para quedar a mi altura, lo que hizo que mis mejillas ardieran más que el sol de la tarde—, tienes el honor de ser su madrina oficial. Tú eliges cómo se llamará.
Miré al perrito. Y mi pecho se llenó de orgullo al tener este privilegio. Sus manchas canela parecían pinceladas de acuarela sobre un lienzo blanco. Recordé mi habitación, mis óleos y la paz que sentía al pintar.
—Pincel —susurré, y esta vez mi voz no tembló por el frío, sino por la emoción—. Se llamará Pincel.
—Pincel... —repitió él, como si probara el sabor de la palabra—. Me gusta. Es perfecto, como tú, pequeña madrina.
En ese momento, el rugido de un motor familiar interrumpió el hechizo. El coche negro de mi tío Sebastián frenó frente a la mansión de Valeria. Mi tío bajó casi antes de que el vehículo se detuviera, con el rostro pálido, seguido de mi tía Dulce María.
—¡Lucía! —gritó el tío Sebastián, corriendo hacia nosotros. Al verme empapada y envuelta en la chaqueta de un desconocido, su instinto protector saltó como un resorte.
—Tranquilo, señor —intervino Mateo con una educación impecable, extendiendo su mano con seguridad—. Soy Mateo, el hermano de Valeria. Su sobrina es una guerrera; acaba de salvar a mi perro del estanque. Solo la estaba ayudando a no congelarse.
El ambiente se relajó un poco cuando mi tía Dulce me envolvió en sus brazos, ignorando que yo estaba hecha una sopa de lodo.
—Gracias a Dios estás bien —susurró Dulce, y su olor a jazmines se mezcló con el aroma cítrico de la chaqueta de Mateo que aún me rodeaba.
—¡Y gracias a Mateo! —añadí yo, asomando la cabeza desde el abrazo de mi tía.
Desde la ventana del coche, vi a mi abuela Sofía bajando el cristal.
—Vaya, vaya... —comentó la abuela con esa voz aguda que siempre precedía a una travesura—. Así que el "estanque de los nenúfares" resultó ser el estanque de los rescates heroicos. Súbete al coche, Lucía, antes de que tu tío le dé un síncope. Y tú, muchacho... —señaló a Mateo con su bastón de plata—, tienes buena planta. Pero no te acostumbres a prestarle ropa a mi nieta, que luego no la quiere soltar.
Mateo soltó una risita y me guiñó un ojo mientras me ayudaban a subir al coche.
—Nos vemos pronto, madrina —me dijo adiós con la mano.
Mientras el coche se alejaba, apoyé la frente contra el cristal. Mis dedos acariciaron el cuero de mi mochila, donde guardaba mi cuaderno. Sabía que esa noche no dibujaría jardines, ni flores, ni cielos. Dibujaría a un chico con ojos de miel y una chaqueta que olía a café. Mi primer gran secreto. Mi propio príncipe de cuento de hadas.
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Los meses siguientes pasaron como si alguien hubiera volcado un bote de pintura dorada sobre mi vida. El colegio ya no era un palacio de piedra frío, sino el lugar donde Valeria me contaba qué había desayunado Mateo o si "Pincel" había hecho alguna travesura nueva. Pero mi verdadero mundo, el que nadie veía, estaba encerrado en el cajón con doble fondo de mi escritorio de caoba.
Diez años. El azul de la chaqueta.
Pasé semanas tratando de mezclar el color exacto de su chaqueta universitaria. No era solo azul; era un azul profundo, como el mar de noche. Dibujé a Mateo de memoria, sentado en el borde del estanque. En el dibujo, sus manos no eran solo manos, eran escudos que me protegían del frío.
—¿Qué pintas con tanto afán, Lucía? —me preguntó mi tía Dulce una tarde, entrando con un vaso de leche tibia.
—Un... un caballero, tía —respondí, cerrando el cuaderno de golpe. Ella sonrió con esa paz que tenía. Ella creía en caballeros de armadura; yo creía en chicos que sonreian con hoyuelos en sus mejillas.
Once años: Sombras de miel.
Valeria me invitó a hacer la tarea en su casa. Mateo pasó por el pasillo, con los libros de arquitectura bajo el brazo y el cabello más revuelto que de costumbre. Me saludó con un "¡Hola, madrina!" y un apretón cariñoso en el hombro. Ese contacto fue suficiente para que, al llegar a mi mansión, pasara la noche entera dibujando sus ojos. Usé el ocre más brillante que encontré y lo mezclé con una gota de barniz para que brillaran.
La abuela Sofía entró en mi habitación sin avisar, haciendo girar su silla de ruedas con una agilidad sospechosa.
—Ese "caballero" tuyo tiene unas pestañas muy largas, Lucía —comentó, mirando de reojo el dibujo antes de que yo lo cubriera con un lienzo en blanco—. Si sigues gastando el color miel a ese ritmo, tendré que decirle a tu tío Sebastián que compre una fábrica de pinturas solo para ti.
Me guiñó un ojo y salió tarareando una canción antigua, dejándome con el corazón latiendo a mil por hora.
Dice años: El Príncipe del Estanque.
Para entonces, mi cuaderno de bocetos era un santuario dedicado a él. Había dibujos de Mateo jugando con Pincel, de Mateo riendo, de Mateo concentrado estudiando. Empecé a escribir frases pequeñas en las esquinas, inspiradas en los poemas que Martina me leía en el recreo: "El alma que habla con los ojos, también puede besar con la mirada".
Me sentía como una adulta viviendo un romance secreto, aunque mi uniforme escolar y mis coletas dijeran lo contrario. Mi tío Sebastián notaba mi felicidad y la atribuía a mi "recuperación total", pero la realidad era que mi voz no solo había vuelto para hablar, sino para suspirar en silencio.